El llamado “holocausto judío” es ya un subgénero dentro
del cine europeo y estadounidense. Entre los distintos relatos sobre los
aconteceres en campos de concentración nazis, confluyen temáticas tan
heterogéneas en sus contenidos como diversas en la calidad lograda. Quizá el
punto más alto en términos comerciales y artísticos haya sido alcanzado con el
filme La lista de Schindler (1993),
cinta en la que el director Steven Spielberg llegó a su esplendor como
realizador, adaptando la novela autoría de Thomas Keneally en la que se
esgrimía el drama que supuso para el hombre de negocios Oskar Schindler (Liam
Neeson) el haberse ganado la confianza de altos mandos del nacismo, so pretexto
de salvar la vida de algunas decenas de judíos. Recuerdo haber tenido a esta
película en mi primera juventud como la favorita indiscutible, cayéndoseme del
“podio” tras algunos visionados y el paso del tiempo, sobre todo en lo relativo
al sentimentalismo tan consciente y manipuladoramente estampado, no pudiendo
soslayar en todo caso las virtudes técnicas de la obra en cuestión
(concretamente aquella alucinante secuencia del desalojo al gueto de Cracovia).
Para ser justo, he de mencionar otro par de filmes del
año 2002 que, por su originalidad argumental y conducción, me parecen dignos de
ser resaltados, siempre en el tema relativo al holocausto: El pianista (Roman Polanski) y Amén
(Costa-Gavras). El primero, un biopic
del músico Wladyslaw Szpilman, quien tras la invasión nazi a Polonia tuvo que
vivir a escondidas y aislado hasta su rescate; y, el segundo, que narraba la
indiferencia clerical y política ante los crímenes del Tercer Reich.



















