Mi discurso automatizado referente al cine de ciencia ficción se
sustenta a partir de alabar a aquellas obras que me han marcado de manera
profunda, dejando una huella imborrable, tanto en mí como en la misma historia
de la cinematografía, con portentosas creaciones del arte de la imagen en
movimiento que siempre pongo sobre la mesa cuando se trata de hablar del género
referido; y, como las mejores obras, encuentro a títulos como Alphaville (Jean-Luc
Godard, 1965), 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick,
1968) o Blade Runner (Ridley Scott, 1982), películas
ambientadas en tiempo futuro que, al margen de las obvias temáticas sobre
elementos científicos inexistentes en sus concernientes años de producción, de
fondo exponían tratados más tendientes a lo social, filosófico, existencial y
ético, muchas veces para aludir a fenómenos de la propia realidad que las
procreaba.
En años más recientes, tengo el muy buen recuerdo de otras cintas que
también se inscriben en lo más alto de mis gustos, filmes como V de
Vendetta (James McTeigue, 2006), The Man from Earth (Richard
Schenkman, 2007), WALL•E (Andrew Stanton, 2008) o Coherence (James
Ward Byrkit, 2013) que, aunque quizás no sean tan redondas ni susceptibles al
análisis multitemático y sesudo como el primer grupo de películas que mencioné,
en el peor de los casos te hacen pasar muy buenos momentos de diversión, algo
de gran valía en esta compleja y absorbente realidad.
Ex Machina
Este año, el novelista y guionista británico Alex Garland presentó su
ópera prima Ex Machina (2015), alguien que tras de sí ya
ostentaba la autoría de los guiones para las medianamente buenas películas de
ciencia ficción 28 Días Después (2002) y Sunshine (2007),
dirigidas por su compatriota Danny Boyle, además de la a ratos turbia y
meliflua cinta Nunca me abandones (Mark Romanek, 2010).
En Ex Machina seguimos al programador informático Caleb
(Domhnall Gleeson), quien es seleccionado por Nathan (Oscar Isaac), científico
dueño de una multimillonaria compañía gigante del Internet, con el objetivo de
evaluar la inteligencia artificial de un androide que él mismo ha creado, Ava
(Alicia Vikander). La historia está ambientada en un futuro cercano, en una
casa solitaria y lujosa, postrada entre las montañas de un sitio
desconocido y resguardada por estrictas medidas de seguridad. Durante una
semana, Caleb se entrevistará con Ava, a través de diálogos capciosos que
dejarán entrever la capacidad de la máquina no sólo de poseer una inteligencia
amplia sino de, incluso, generar conciencia y sentimientos autónomos.
Ex Machina es rica en atmósferas y matices éticos. Por un lado, está la
permanente sospecha sobre algún objetivo secreto que pudiera estar guardando el
personaje de Nathan, un Oscar Isaac en el papel que más me ha agradado en toda
su carrera (misterioso al natural), además de preguntarnos sobre los orígenes
reales de Caleb y la veracidad en los dichos de Ava; y, desde otra visión,
también se presenta el dilema moral que supone el hecho de que la ciencia
traspase los límites humanos, al propiciar que las mismas personas lleguen a
ocupar el rol de dioses, así como la altamente probable capacidad de las
máquinas de que, en determinado momento, rebasen a la especie humana en
inteligencia y capacidades físicas.
Alex Garland nos regala a los aficionados del buen cine de ciencia
ficción una bocanada de aire fresco, con una cinta tan honesta como inteligente
y bien rodada, creando atmósferas enrarecidas en las que casi cualquier
hipótesis cabe sobre el desarrollo de la trama, poniendo sobre la mesa muchos
tópicos del género en el mejor sentido del término.
Y es irremediable distinguir elementos que la hacen heredera de otros
grandes títulos en la historia del cine. Ahí está la tensión que pueden
propiciar las máquinas hacia las personas, expuesta inmejorablemente por
Kubrick en 2001: Una odisea del espacio, con su computadora HAL
9000 que, a final de cuentas, se mostraba más humana que los propios humanos;
desde luego que también aparece el referente de Blade Runner, al
cuestionarse uno como espectador la condición de humanos o de máquinas que tal
o cual personaje ostenta. Asimismo, la mejor literatura del género está
presente, no pudiéndose eludir como referente seminal alguno de los relatos
salidos de la cabeza de aquel escritor ruso-estadounidense llamado Isaac Asimov
(Yo, robot, 1950).
Ex Machina tiene todo lo que le pido al cine para considerarlo de gran
calidad: lo que se cuenta es interesante, la manera de abordarlo es hipnótica,
la manufactura del filme es la adecuada y la experiencia post proyección invita
a una amplia cavilación.
Cuando las virtudes de una película son tan altas como en Ex
Machina, bien vale la pena obviar algunas trampas narrativas en aras de una
adecuada consecución del relato.
Creo que desde Her (Spike Jonze, 2013) no terminaba de
ver una cinta de ciencia ficción con tanto goce, teniendo desde ya la consigna
de volver a divisar un filme tan redondo como Ex Machina.

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