viernes, 11 de septiembre de 2015

Documental que no documenta; sesgadas generalidades


Al director ucraniano Sergei Loznitsa sólo le tenía en el radar cinematográfico debido a la cinta Mi felicidad (2010), largometraje de ficción en el que se retrataba una suerte de desencanto post soviético en alguna región rusa, en donde primaban prácticas de individualismo propias de la posmodernidad, aderezadas de un proceder violento por parte de quienes eran retratados ante la cámara, todo ello envuelto en una trama que daba inicio con el extravío de un transportista. Con sobriedad y realismo perfectamente utilizados, la película lucía como una parábola social de la carencia de valores.

Maidan

El año pasado, Loznitsa realizó el documental Maidan, mismo que retrataba parte de los hechos ocurridos Ucrania entre finales de 2013 y principios de 2014, cuando una serie de manifestaciones beligerantes se produjeron en la Plaza de la Independencia de Kiev (también llamada Maidan), so pretexto de la inconformidad social luego de que el otrora presidente ucraniano Víktor Yanukóvich se negara a firmar el Acuerdo de Asociación y de Libre Comercio con la Unión Europea, situación que irritó a los sectores de derechas más extremos, quienes aducían una fuerte influencia desde Moscú sobre dicha decisión y, particularmente, mostrando una fuerte animadversión en contra del presidente ruso Vladimir Putin, todo ello desembocando con el fin del mandato del propio Yanukóvich.

He de aclarar que la información expresada anteriormente no necesariamente se revela en el documental pues, en el peor de los sentidos, el director simplemente se limitó a retratar generalidades, tanto en la forma como en el fondo. Por principio de cuentas, Sergei Loznitsa manifiesta un muy reducido apoyo de información objetiva que, puestos en el terreno de lo contrafáctico, hubiera dado al espectador claves que funcionaran como puntos ancla a partir de los cuales se pudieran valorar las imágenes que aparecen en pantalla que, como elemento formal, se exceden precisamente en planos abiertos, encuadres generales que mayoritariamente alejan al público de cualquier dejo de drama e incluso constancia sobre actos concretos, quedando la cinta totalmente distante de aquellos quienes la apreciamos.

No obstante que el director Loznitsa no tiene reparo en tomar postura en pro de las manifestaciones (integradas por partidos de derecha, iglesias ortodoxas, grupos fascistas fundamentalistas y hasta filonazis), falla precisamente abordar los “porqués” de lo que vemos y escuchamos en pantalla, limitándose a repetir secuencias en las que se oye el himno ucraniano, consignas contra la “pandilla de criminales” (el gobierno pro ruso), así como enfrentamientos casi deliberadamente vistos de reojo, descartando cualquier aspiración de crudeza, apelando sobre el final del largometraje a un fallido sentimentalismo en donde se da cuenta –siempre de reojo- de las víctimas mortales en aquellas jornadas de rebelión. En este mismo sentido, no tomo a mal que el cineasta exprese su postura por alguna corriente ideológica, sin embargo, es preciso subrayar que, al tratarse de un documental, mínimamente se esperarían elementos que pudieran precisamente documentar a aquellos quienes apreciamos el producto fílmico en cuestión, y no solamente limitarse a poner en pantalla una serie de imágenes que, si no se tenían antecedentes de lo que ocurrió en por aquellos días, son casi imposibles de abordar.


A nivel político, Maidan me deja cierto malestar en torno a la figura del director Sergei Loznitsa, quien le hace el trabajo sucio (una suerte de propaganda) a sectores tan conservadores como reaccionarios y sujetos a los poderes económicos, posicionándose a gran escala como un documento pro hegemonía estadounidense (en tanto a su antagonismo con Rusia), resultándome en el plano estrictamente cinematográfico como un soporífero trabajo y perfecta guía didáctica para saber cómo no se debe hacer un documental.

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