Al director ucraniano Sergei
Loznitsa sólo le tenía en el radar cinematográfico debido a la cinta Mi felicidad (2010), largometraje de
ficción en el que se retrataba una suerte de desencanto post soviético en
alguna región rusa, en donde primaban prácticas de individualismo propias de la
posmodernidad, aderezadas de un proceder violento por parte de quienes eran
retratados ante la cámara, todo ello envuelto en una trama que daba inicio con
el extravío de un transportista. Con sobriedad y realismo perfectamente
utilizados, la película lucía como una parábola social de la carencia de
valores.
Maidan
El año pasado, Loznitsa
realizó el documental Maidan, mismo
que retrataba parte de los hechos ocurridos Ucrania entre finales de 2013 y
principios de 2014, cuando una serie de manifestaciones beligerantes se
produjeron en la Plaza de la Independencia de Kiev (también llamada Maidan), so
pretexto de la inconformidad social luego de que el otrora presidente ucraniano
Víktor Yanukóvich se negara a firmar el Acuerdo de Asociación y de Libre Comercio
con la Unión Europea, situación que irritó a los sectores de derechas más
extremos, quienes aducían una fuerte influencia desde Moscú sobre dicha
decisión y, particularmente, mostrando una fuerte animadversión en contra del
presidente ruso Vladimir Putin, todo ello desembocando con el fin del mandato
del propio Yanukóvich.
He de aclarar que la información
expresada anteriormente no necesariamente se revela en el documental pues, en
el peor de los sentidos, el director simplemente se limitó a retratar generalidades,
tanto en la forma como en el fondo. Por principio de cuentas, Sergei Loznitsa
manifiesta un muy reducido apoyo de información objetiva que, puestos en el
terreno de lo contrafáctico, hubiera dado al espectador claves que funcionaran
como puntos ancla a partir de los cuales se pudieran valorar las imágenes que
aparecen en pantalla que, como elemento formal, se exceden precisamente en
planos abiertos, encuadres generales que mayoritariamente alejan al público de
cualquier dejo de drama e incluso constancia sobre actos concretos, quedando la
cinta totalmente distante de aquellos quienes la apreciamos.
No obstante que el director Loznitsa
no tiene reparo en tomar postura en pro de las manifestaciones (integradas por
partidos de derecha, iglesias ortodoxas, grupos fascistas fundamentalistas y
hasta filonazis), falla precisamente abordar los “porqués” de lo que vemos y
escuchamos en pantalla, limitándose a repetir secuencias en las que se oye el
himno ucraniano, consignas contra la “pandilla de criminales” (el gobierno pro
ruso), así como enfrentamientos casi deliberadamente vistos de reojo,
descartando cualquier aspiración de crudeza, apelando sobre el final del
largometraje a un fallido sentimentalismo en donde se da cuenta –siempre de
reojo- de las víctimas mortales en aquellas jornadas de rebelión. En este mismo
sentido, no tomo a mal que el cineasta exprese su postura por alguna corriente
ideológica, sin embargo, es preciso subrayar que, al tratarse de un documental,
mínimamente se esperarían elementos que pudieran precisamente documentar a
aquellos quienes apreciamos el producto fílmico en cuestión, y no solamente
limitarse a poner en pantalla una serie de imágenes que, si no se tenían
antecedentes de lo que ocurrió en por aquellos días, son casi imposibles de
abordar.
A nivel político, Maidan me deja cierto malestar en torno
a la figura del director Sergei Loznitsa, quien le hace el trabajo sucio (una
suerte de propaganda) a sectores tan conservadores como reaccionarios y sujetos
a los poderes económicos, posicionándose a gran escala como un documento pro
hegemonía estadounidense (en tanto a su antagonismo con Rusia), resultándome en
el plano estrictamente cinematográfico como un soporífero trabajo y perfecta
guía didáctica para saber cómo no se debe hacer un documental.

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