Hay presencias
cinematográficas a las cuales uno siempre tenderá a seguir. Nombres que generan
una suerte de magnetismo, dejando como opción irremediable divisar todo aquello
en lo que participen.
En el rubro de las actrices,
tengo claro que siempre consumiré aquellas cintas en las que aparezcan a cuadro
intérpretes como Liv Ullmann (Persona,
1966), Isabelle Huppert (La comedia de la
inocencia, 2000) o Jessica Chastain (La
noche más oscura, 2012) que, más allá de cualquier otra característica que
juegue a favor o en contra de las cintas en las que intervengan, me será harto
atractivo el simple hecho de verlas en pantalla.
Otro de esos nombres que me conquista per se es el de la actriz francesa Juliette Binoche (Copia fiel, 2010), intérprete perteneciente a esa élite de actrices que tienen un pase asegurado a la inmortalidad, de la mano de una capacidad de encarnar a personajes profundos, de transmitir emociones, sentimientos y estados de ánimo con la mayor naturalidad. El papel al que más devoción tengo en la filmografía de Binoche es aquel que protagonizó en Tres colores: azul (Krzysztof Kieslowski, 1993), cuando encarnaba a una mujer que, tras perder a su marido y a su hija en un accidente automovilístico, tenía la pesada empresa de seguir adelante con su vida, desenvolviéndose en una personalidad lo mismo melancólica que hermética, dejando en pantalla una presencia emocional apabullante, llevando permanentemente al primer plano esa difícil sensación de nostalgia por lo contrafáctico, ateniéndose a lo que la vida le deparó. Sencillamente un papel sublime.
Clouds of Sils Maria
Otro de esos nombres que me conquista per se es el de la actriz francesa Juliette Binoche (Copia fiel, 2010), intérprete perteneciente a esa élite de actrices que tienen un pase asegurado a la inmortalidad, de la mano de una capacidad de encarnar a personajes profundos, de transmitir emociones, sentimientos y estados de ánimo con la mayor naturalidad. El papel al que más devoción tengo en la filmografía de Binoche es aquel que protagonizó en Tres colores: azul (Krzysztof Kieslowski, 1993), cuando encarnaba a una mujer que, tras perder a su marido y a su hija en un accidente automovilístico, tenía la pesada empresa de seguir adelante con su vida, desenvolviéndose en una personalidad lo mismo melancólica que hermética, dejando en pantalla una presencia emocional apabullante, llevando permanentemente al primer plano esa difícil sensación de nostalgia por lo contrafáctico, ateniéndose a lo que la vida le deparó. Sencillamente un papel sublime.
Clouds of Sils Maria
En el Festival de Cannes de
2014 Juliette Binoche apareció de nuevo en pantalla con la cinta Clouds of Sils Maria, película dirigida
por el experimentado cineasta francés Olivier Assayas (Finales de agosto, principios de septiembre, 1998).
En Clouds of Sils Maria seguimos a la actriz Maria Enders (Binoche),
intérprete en plena madurez que es invitada a protagonizar un drama teatral en
el que ya había participado cuando era joven. La obra tiene como protagonistas
a una mujer mayor y a una jovencita, la primera de ellas enamorándose
perdidamente de su contraparte, por lo que el propio paso del tiempo favorece el
que ahora Maria tenga que participar en papeles invertidos. Nuestro personaje
central convive con su asistente Valentine (Kristen Stewart), quien le convence
de tomar el papel y le ayuda a preparar su personaje. Sin embargo, en la nueva
adaptación participará la juvenil estrella del Hollywood más superficial Jo-Ann
Ellis (Chloë Grace Moretz), quien fungirá como contrapunto de Maria.
Clouds
of Sils Maria tiene su principal virtud en los vericuetos
narrativos que fungen como espejos de subtramas, dobles ficciones y realidades
multiplicadas. Igualmente, consigue de manera natural retratar el abatimiento
que puede representar el paso del tiempo en las personas, máxime en una
profesión como la de la actuación, en la que los roles para los que van
convocando a los intérpretes son delimitados en muy buena medida por el factor
edad, algo que para el personaje de Binoche supone un doloroso y progresivo
pesar.
En el lado narrativo, me
atrevo a decir que Assayas comienza por develarnos pistas del entramado de Clouds of Sils Maria desde el disímil
reparto de actrices, casi opuesto en su desarrollo profesional, con una Binoche
más tendiente a las películas de autor europeas a diferencia de sus compañeras
de reparto Stewart y Grace Moretz, adscritas éstas completamente a la industria
estadounidense comercial, trasladando esta característica a la propia ficción
cinematográfica. Asimismo, resulta delicioso ver cómo en los ensayos —por
ejemplo— los personajes de Maria y Valentine, con los diálogos de la obra de
teatro que practican, sutilmente se están diciendo una serie de verdades que se
fundamentan en la atracción de la empleadora hacia su empleada.
Aunque Juliette Binoche hace
un trabajo destacadísimo, veo como poco prolijo el ímpetu de Olivier Assayas (quien
aparte de director es guionista de Clouds
of Sils Maria) por mostrar toda la gama de estados de ánimo que pueden
confluir en una persona, pasando desde la más superficial risa hasta el momento
de tristeza más hondo. Igualmente, creo que el cineasta pierde el tiempo
intentando dotar de poesía visual a la narración, retratando espacios naturales
de la región de Sils Maria (Suiza), pretendiendo construir metáforas visuales
de no sé qué cosa, únicamente prolongando el metraje de una cinta que, bien
vale aclarar, en términos generales es satisfactoria.
Clouds
of Sils Maria me hace pensar en muchos referentes
cinematográficos que parecen nutrirla: en primera instancia me viene a la
cabeza El ocaso de una estrella (Billy
Wilder, 1950), en tanto que las dos cintas ponen el dedo sobre la llaga en el
crepúsculo de una actriz, en el camino cuesta abajo de las carreras profesionales;
ahí está también algo de Sueños de un
seductor (Herbert Ross, 1972), filmen en el que el personaje al que da vida
Woody Allen comienza a actuar e, incluso, a sacar diálogos calcados de Casablanca (Michael Curtiz, 1942), en un
ejercicio referencial que se encarama como una suerte de emulación proveniente
de un discurso distinto; también me fue inevitable considerar El ladrón de orquídeas (Spike Jonze
2002), fructificando un interesante juego de dobles realidades y dobles ficciones,
siempre en nombre de dar sustento al respectivo relato.
Más allá de la buena
experiencia que me resultó el reencontrar en pantalla a Juliette Binoche, sólo
espero que ese declive interpretativo expuesto en Clouds of Sils Maria no se materialice en la realidad, máxime
considerando que la anterior película en la que vi participar a esta gran
actriz francesa fue la burda y fallida Godzilla
(Gareth Edwards, 2014), en un muy pequeño papel de reparto que desmerece
totalmente a su espléndida carrera cinematográfica.

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