El tema de las desapariciones forzadas en el cine ha
propiciado que se realicen algunas de las mejores películas de la historia,
casi siempre inscribiéndose dicha temática en claves que conducen por los
caminos del suspenso. Está desde aquel gran western
poético titulado Más corazón que odio
(John Ford, 1956) hasta ese perfecto relato psicológico-criminal que supuso El silencio de los inocentes (Jonathan
Demme, 1991), pasando por el poliédrico drama policiaco El infierno del odio (Akira Kurosawa, 1963), filmes que estaban
narrados desde el punto de vista de aquel que busca al raptado. Asimismo, en la
cinematografía también se ha recreado la perspectiva del secuestrado, llegándome
a la mente aquella intriga envuelta por una lírica de violencia tan singular
como fue la surcoreana Old Boy (Park
Chan-wook, 2003).
Este año llegó a salas mexicanas la cinta La habitación (Room, 2015), quinto largometraje del cineasta irlandés Lenny
Abrahamson, un director del que sólo tengo presente el filme Frank (2014), comedia dramática en la
que un joven se integraba a un grupo musical por lo menos atípico, en donde el
principal compositor y vocalista (interpretado por Michael Fassbender)
resaltaba por utilizar permanentemente la cabeza de una botarga, en un relato
tan irónico como inconsistente.
La
habitación es una película que adapta a la novela homónima de 2010
escrita por la literata irlandesa Emma Donoghue, quien funge a la vez como
guionista del texto fílmico. La cinta cuenta la historia de una joven
veinteañera (Brie Larson), quien junto con su hijo Jack (Jacob Tremblay) vive
recluida en una habitación, sin que a ciencia cierta se sepa el porqué de esta
circunstancia. La narración está contada desde el punto de vista del chico,
alguien que considera como la totalidad de su universo las delimitaciones
espaciales que comprenden al pequeño cuarto. Hasta aquí, todo lo que vemos es
el día a día en el que se desenvuelven madre e hijo, quienes eventualmente
reciben la visita de un misterioso hombre.
Para dar continuidad a esta crítica, inevitablemente he
de revelar algún aspecto importante de la narración, por lo que en lo sucedáneo
apelaré a que quienes sigan leyendo el presente texto hayan visto con
antelación la cinta referida, o por lo menos asuman que serán revelados datos
importantes de la trama.
Y es que justo a la mitad del metraje damos cuenta de la
huida emprendida por Jack, lo que propiciará posteriormente el fin del
cautiverio de su madre. Así, La
habitación pasa de ser un drama que retrataba la cotidianidad de los
protagonistas secuestrados a mostrar el proceso de adaptación de los mismos en
el mundo exterior.
Considerando al filme de Abrahamson como un relato
interesante, mucho me temo que se siente un bajón pronunciado cuando las
acciones de la narración salen justamente de la habitación y es que, una vez
libres los protagonistas, sólo me resulta interesante el matiz expuesto en la
figura del niño, alguien que en algún momento echa de menos aquel universo
limitado que compartía con su madre, viendo poco explotadas las consideraciones
del personaje al que encarna Brie Larson, lo mismo en torno a su familia que al
tiempo que estuvo secuestrada y al hecho de haber procreado a un hijo que
presumiblemente fue producto de una violación. En este sentido, el trabajo en
el guión de Emma Donoghue resulta muy poco prolijo, presentándose inicialmente
elementos que invitaban más a la sugerencia de lo que se veía en pantalla, pues
en principio no se tenía claras las razones por las cuales los protagonistas
estaban cautivos (lo que me pareció acertado), transitando el relato en una
libertad conseguida de manera atropellada y hasta inverosímil, resultando inocuo
lo mostrado en la segunda mitad de la cinta.
En el terreno de las actuaciones, debo decir que soy un
tanto alérgico a la enfatización de los niños en el cine, resultándome el
trabajo de Jacob Tremblay a ratos correcto (cuando se trataba de mostrar
desconcierto desde el gesto mínimo) y en otros momentos insoportable (sobre
todo cuando se ponía a reflexionar en plan poético). En lo que corresponde a Brie
Larson, su aparición a cuadro me pareció correcta a secas, teniendo en este
caso un déficit más por el trazado del personaje que –en mi parecer— debió
haber sido explotado con mayor profundidad. Como nota al pie, mencionar las
desperdiciadas presencias de los muy buenos actores de soporte que son William
H. Macy (Magnolia. P. T. Anderson,
1999) y Joan Allen (Siempre a tu lado.
Lasse Hallström, 2009), quienes tenían el rol de los padres del personaje de Larson
pero que, a final de cuentas, brillaron por su irrelevancia.

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