La sensación más poderosa que me dejó el visionado de El Clan (Pablo Trapero, 2015) es que no
necesariamente una buena historia hace una buena película. Aunque, como ya es
sabido, en un razonamiento inverso, para tener una buena película es necesario
que esté sustentada a partir de una buena historia.
Haciendo un importante ejercicio memorístico, en el
pasado reciente identifico dos películas de las que alguna conclusión similar saqué.
Primero 12 años de esclavo (Steve
McQueen, 2013), en donde se nos contaba la historia harto sentida de Solomon
Northup (Chiwetel Ejiofor), un culto violinista que por su condición racial
–era negro— fue secuestrado y vendido como esclavo (En Estados Unidos; segunda
mitad del siglo XIX), pasando poco más de una década en cautiverio, viviendo
condiciones a lo menos dolorosas. El cineasta McQueen, en aquel caso, me dejó frío
en el peor de los sentidos. No obstante que lo filmado era muy duro, incluso con
manifestaciones violentas realmente explícitas, sentí una distancia notable hacia
los sentimientos y frustraciones expuestos por quienes eran retratados en
pantalla.
Otra cinta que me dejó una notable indiferencia fue la
húngara Hagen y yo (Kornél Mundruczó,
2014), con un argumento más que atractivo en el que se jugaba con una suerte de
metáfora en la que perros discriminados y posteriormente segregados por los
humanos se unían para llevar a cabo una especie de revuelta. En medio de ellos,
la amistad de una niña con su can, mascota que pasa a formar parte de los
“chuchos rebeldes”, padeciendo todo tipo de adversidades. Y nada, que sin ser
una película fallida en su totalidad, sí que me dejó impasible; nunca le pillé
el sentido a nada, ni la incomprendida niña protagonista ni su sufrido perro me
conmovieron.
