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martes, 8 de marzo de 2016

Interesante pero desalmada anécdota criminal


La sensación más poderosa que me dejó el visionado de El Clan (Pablo Trapero, 2015) es que no necesariamente una buena historia hace una buena película. Aunque, como ya es sabido, en un razonamiento inverso, para tener una buena película es necesario que esté sustentada a partir de una buena historia.

Haciendo un importante ejercicio memorístico, en el pasado reciente identifico dos películas de las que alguna conclusión similar saqué. Primero 12 años de esclavo (Steve McQueen, 2013), en donde se nos contaba la historia harto sentida de Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor), un culto violinista que por su condición racial –era negro— fue secuestrado y vendido como esclavo (En Estados Unidos; segunda mitad del siglo XIX), pasando poco más de una década en cautiverio, viviendo condiciones a lo menos dolorosas. El cineasta McQueen, en aquel caso, me dejó frío en el peor de los sentidos. No obstante que lo filmado era muy duro, incluso con manifestaciones violentas realmente explícitas, sentí una distancia notable hacia los sentimientos y frustraciones expuestos por quienes eran retratados en pantalla.

Otra cinta que me dejó una notable indiferencia fue la húngara Hagen y yo (Kornél Mundruczó, 2014), con un argumento más que atractivo en el que se jugaba con una suerte de metáfora en la que perros discriminados y posteriormente segregados por los humanos se unían para llevar a cabo una especie de revuelta. En medio de ellos, la amistad de una niña con su can, mascota que pasa a formar parte de los “chuchos rebeldes”, padeciendo todo tipo de adversidades. Y nada, que sin ser una película fallida en su totalidad, sí que me dejó impasible; nunca le pillé el sentido a nada, ni la incomprendida niña protagonista ni su sufrido perro me conmovieron.