Al director ucraniano Sergei
Loznitsa sólo le tenía en el radar cinematográfico debido a la cinta Mi felicidad (2010), largometraje de
ficción en el que se retrataba una suerte de desencanto post soviético en
alguna región rusa, en donde primaban prácticas de individualismo propias de la
posmodernidad, aderezadas de un proceder violento por parte de quienes eran
retratados ante la cámara, todo ello envuelto en una trama que daba inicio con
el extravío de un transportista. Con sobriedad y realismo perfectamente
utilizados, la película lucía como una parábola social de la carencia de
valores.
