Desde la perspectiva de este
quien escribe, el cineasta que mejor ha retratado en pantalla las relaciones
del hombre con la naturaleza se llama Terrence Malick, un director que con
filmes como La delgada línea roja
(1998) o El árbol de la vida (2011)
ha dejado una huella inimitable en tanto a la simbiosis narrativa y formal
experimentada por las personas y sus correspondientes entornos.
Una temática recurrente en
la relación del ser humano y los ambientes naturales tiene que ver con el
choque de civilizaciones. Y si antes he dicho que Malick es el cineasta naturalista
por excelencia, era de esperarse que en su filmografía pudiéramos encontrar algún
retrato de ciertos contrastes culturales, en su caso tomando como punto de
partida la leyenda de Pocahontas a través de la cinta El nuevo mundo (2005), en donde atestiguamos un drama romántico
entre un conquistador y una nativa americana en el siglo XVII.
Dicho lo anterior, añado que
en el cine de las relaciones hombre/naturaleza y su variable de “encuentro de
civilizaciones”, también suele estar contenida la circunstancia de los “viajes
iniciáticos”, definidos como aquellas aventuras en las que un personaje habrá de
cambiar su cosmovisión derivado de las experiencias vividas. En este apartado,
cabe rememorar ese clásico del cine que es Dersu
Uzala. El cazador (Akira Kurosawa, 1975), en donde un soldado encuentra un
estado de armonía natural como consecuencia de su encuentro con un nómada de
los bosques siberianos. Añadiría también al filme mexicano Cabeza de Vaca (Nicolás Echevarría, 1991), en donde el conquistador
español -epónimo del relato fílmico- era tomado preso por un grupo de indígenas
americanos, recogiendo las primeras observaciones etnográficas de aquellos
grupos prehispánicos y manifestando alguna vuelta de tuerca existencial.
El abrazo de la serpiente
Con una nominación al Oscar
como mejor película de habla no inglesa, y habiendo sido reconocida en la
Quincena de Realizadores del pasado Festival de Cannes, este año llegó a las
salas mexicanas El abrazo de la serpiente
(2015), tercer largometraje del cineasta colombiano Ciro Guerra.
En El abrazo de la serpiente damos cuenta de un par de viajes
realizados en la amazonia colombiana: el primero, emprendido por un explorador
alemán (Jan Bijvoet) y, el segundo, promovido por un etnobotánico
estadounidense (Brionne Davis); en ambos casos fungirá como guía un indígena
llamado Karamakate (en juventud interpretado por Nilbio Torres y en madurez por
Antonio Bolivar), chamán retratado como el único sobreviviente de su tribu. En
ambos periplos (principios y mediados del siglo XX, respectivamente) damos cuenta de las
distintas concepciones de la vida, de la colisión que supone la imposición de
religiones, sistemas económicos y la propia esencia del ser desde los
extranjeros hacia los grupos indígenas, conjeturándose el clásico contraste entre
el “hombre blanco” y el “hombre nativo de las américas”. El filme se mueve a
partir de escalas antropológicas, filosóficas y místicas, exponiendo múltiples
aristas de interpretación para quienes fungimos como espectadores.
Avance cinematográfico de El abrazo de la serpiente
Es en la postura del guión
(autoría del propio Ciro Guerra, en compañía de Jacques Toulemonde) que
encuentro una suerte de tufillo a tópico. Y es que lo que vemos en El abrazo de la serpiente, al estar
contado desde el punto de vista de quienes visitan la región amazónica, tiene
tintes de permanente mitificación hacia los pueblos originarios, de retomar al
personaje del chamán como alguien elevado a un estado de conciencia mayor que
el de los pragmáticos científicos; es justo en ese punto en el que siento una
manipulación desde el relato a nivel de aquellos que ven a las culturas “diferentes”,
de aquí y de allá, como excentricidades místicas.
Si bien la perspectiva del
texto fílmico me pareció de algún modo fallida, encuentro harto enriquecedores
los textos subyacentes de la propia cinta. Ahí están los avasalladores motivos
económicos que terminan por destruir formas de vida distintas a lo “occidentalmente”
correcto, en este caso retratado en la figura de Karamakate y su resistencia
individual a la colonización, acercándose en ese sentido al filme español También la lluvia (Icíar Bollaín, 2010),
en donde a principios del siglo XXI, en la ciudad boliviana de Cochabamba, se
intentó hacer algo tan demencial como privatizar el agua, explotando en aquel
caso la resistencia colectiva ante el flagelo capitalista. También veo en El abrazo de la serpiente un claro
referente a los viajes iniciáticos expuestos en el pasado por el cineasta alemán
Werner Herzog, lo mismo en Aguirre, la
ira de Dios (1972) que en Fitzcarraldo
(1982); en el primer caso, ostentando similitudes en tanto a la inmersión
natural y la locuaz ambición de los personajes centrales, mientras que en la
segunda cinta referida, emparentándose a partir del contexto sociohistórico, el
de la región del Amazonas de principios del siglo XX y sus implicaciones comerciales respecto a la
explotación del caucho.

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