La sensación más poderosa que me dejó el visionado de El Clan (Pablo Trapero, 2015) es que no
necesariamente una buena historia hace una buena película. Aunque, como ya es
sabido, en un razonamiento inverso, para tener una buena película es necesario
que esté sustentada a partir de una buena historia.
Haciendo un importante ejercicio memorístico, en el
pasado reciente identifico dos películas de las que alguna conclusión similar saqué.
Primero 12 años de esclavo (Steve
McQueen, 2013), en donde se nos contaba la historia harto sentida de Solomon
Northup (Chiwetel Ejiofor), un culto violinista que por su condición racial
–era negro— fue secuestrado y vendido como esclavo (En Estados Unidos; segunda
mitad del siglo XIX), pasando poco más de una década en cautiverio, viviendo
condiciones a lo menos dolorosas. El cineasta McQueen, en aquel caso, me dejó frío
en el peor de los sentidos. No obstante que lo filmado era muy duro, incluso con
manifestaciones violentas realmente explícitas, sentí una distancia notable hacia
los sentimientos y frustraciones expuestos por quienes eran retratados en
pantalla.
Otra cinta que me dejó una notable indiferencia fue la
húngara Hagen y yo (Kornél Mundruczó,
2014), con un argumento más que atractivo en el que se jugaba con una suerte de
metáfora en la que perros discriminados y posteriormente segregados por los
humanos se unían para llevar a cabo una especie de revuelta. En medio de ellos,
la amistad de una niña con su can, mascota que pasa a formar parte de los
“chuchos rebeldes”, padeciendo todo tipo de adversidades. Y nada, que sin ser
una película fallida en su totalidad, sí que me dejó impasible; nunca le pillé
el sentido a nada, ni la incomprendida niña protagonista ni su sufrido perro me
conmovieron.
El Clan
Cerrando 2015 llegó a la cartelera mexicana El Clan, octavo largometraje de ficción
del cineasta argentino Pablo Trapero.
En El Clan,
seguimos a la familia Puccio, aparentemente común y corriente, cuyo patriarca (Guillermo
Francella) sostiene económicamente a su estirpe a través de una actividad
ilícita: el secuestro. Sin embargo, esposa e hijos parecen aceptar mal que bien
la realidad, aunque paulatinamente las dudas morales se van apoderando de
ciertos integrantes del núcleo familiar, específicamente del hijo mayor (Peter
Lanzani), un exitoso jugador de rugby. Los hechos están ambientados en plena
etapa de transición, al final de la dictadura en Argentina, durante la década
de los 80.
Son muchas las lecturas que se pueden hacer en torno a El Clan, con un Trapero –guionista y
director— que plantea la perversidad de la familia Puccio como una suerte de
resonancia de aquella sórdida cuan lamentable etapa política, llena de torturas
y de desapariciones de aquellos disidentes que incomodaban a la milicia en el
poder (años 70). Se deduce pues que el protagonista (el patriarca) era miembro
de aquel sanguinario régimen que, una vez instaurada la democracia, tenía que explotar
de alguna forma sus punibles habilidades.
Pese a que la anécdota (basada en hechos reales) de la
“familia funcional” que esconde tras de sí un funesto secreto es muy
interesante, la manera en la que el texto es llevado a la pantalla me parece
francamente fallida, consolidándose como un producto audiovisual a todas luces
desalmado, con ganas de dar a conocer una historia original pero sin una pizca
de ímpetu por trasladar alguna inquietud concreta por parte del director. A
consecuencia de lo anterior, aquellos que apreciamos el filme en cuestión jamás
tomamos partido de nada y no hicimos propio ninguno de los personajes; en otras
palabras, el leitmotiv de la cinta
fue realmente difuso.
En términos de producción, a la puesta en escena y a la calidad
de la fotografía poco se les puede reprochar, no así a la composición de planos
y a la selección musical (en una banda sonora que contiene canciones de The Kinks, Creedence y Ella Fitzgerald,
entre otros), pareciéndome estos últimos aspectos en total carencia de sinergia
respecto a la historia contada. Y la caracterización de Guillermo Francella se
me hizo totalmente exagerada, con un énfasis en su perfil de malvado a todas
luces sobrepasado; maniqueo en última instancia.
Recuerdo que ya antes me había pasado algo similar con
alguna película de Pablo Trapero. En aquella ocasión fue el título Elefante blanco (2012), en el que dos
curas católicos se internaban en territorio peligroso bonaerense,
comprometiendo incluso sus vidas con tal de llevar beneficios a la grey. La
cinta referida –como El Clan— también me dejó pensando en todo menos en lo
que me estaba contando, aunque con la pequeña gran diferencia de que en Elefante blanco el protagonista era ese
extraordinario intérprete llamado Ricardo Darín, alguien que podría darse el
lujo de plantarse frente a la cámara leyendo un directorio telefónico y que,
aun así, lograría atraparme.
Pues eso, que la misma emoción me hubiera producido leer en
algún reportaje de la prensa escrita la historia expuesta en El Clan que lo que me supuso su
visionado en pantalla cinematográfica.
Interesante anécdota…
¿Y?

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