Casi siempre que se
involucra el tema de la medicina en la ficción cinematográfica, es perfilado en
tono crítico o a manera de exaltación de algunos de los dramas inherentes a las
profesiones enmarcadas en dicha ciencia.
Quizás la cinta más
representativa del “arte de los médicos” sea aquella genialidad filmada por el
maestro Akira Kurosawa, Barbarroja
(1965), filme en el que dábamos cuenta de las vicisitudes a las que un
sanatorio enclavado en un pueblo japonés del siglo XIX tenía que hacer frente,
con todas las limitaciones posibles, mostrándose un relato permeado de dureza, misericordia
y frialdad, todo en nombre del buen ejercicio de los servicios de salud.
