viernes, 3 de abril de 2015

Perturbadora tragedia sobre males sistémicos


Tenía amplias expectativas por ver la cinta Leviatán (Leviathan, 2014), pues cargaba consigo el visto bueno de la crítica internacional (casi de manera unánime), además de que había conseguido muchos reconocimientos en los certámenes en los que había sido presentada y, sobre todo, porque en su ficha técnica aparece el nombre del director Andrey Zvyagintsev, alguien que hace unos años me dejó la mejor impresión con el filme Elena (2011), siendo éste un drama familiar urbano de la Rusia contemporánea, en donde una madre era puesta entre la espada y la pared, teniendo que decidir sobre el bienestar de su pareja o el de su vago hijo, cinta cuya atmósfera parca y realista se iba enturbiando cada vez más conforme avanzaba el metraje; película con formas “tarkovskianas” y aires “shakesperianos” de fondo.
Leviatán

En Leviatán damos seguimiento a una familia integrada por padre (Aleksey Serebryakov), madrastra (Elena Lyadova) e hijo (Sergey Pokhodaev), mismos que viven en un pueblo cercano al mar, en el norte de Rusia. Su cotidianeidad se ve interrumpida cuando el alcalde de esa localidad (Roman Madyanov) se aferra en hacerse del predio en el que habitan nuestros protagonistas, circunstancia que será el leitmotiv de un relato en el que también aparecen algunas temáticas como el adulterio, la fraternidad, la corrupción y la impunidad.

Según he leído, el director Zvyagintsev es un crítico del actual régimen que impera en la Federación Rusa, notándose su animadversión hacia la clase política de aquel país, concretamente de cara al icónico Vladimir Putin quien, en más de un sentido, sale salpicado en el filme. Sin embargo, trasladando la idea general de la narración en el que una familia puede ser avasallada hasta su destrucción gracias a los males sistémicos, a flagrantes atropellos que son propios de Rusia y de prácticamente todo el mundo, es donde se asoma el principio de universalidad en el discurso de Leviatán que, aparte de generar cierta sugestión desde los problemas más particulares, también propicia la identificación desde lo general. Asimismo, de manera latente, somos observadores de la eterna colusión entre poderes oficiales y poderes fácticos, con una entelequia religiosa que, más que consolar y socorrer a la feligresía, simplemente funge como cómplice del putrefacto orden social.

Zvyagintsev recurre nuevamente al realismo de composición austera que, sin embargo, ostenta más de una secuencia poderosa que te deja sin aliento, en una película tan turbadora como desasosegante. Y en mucho abonan los actores con la naturalidad que dotan a sus respectivos personajes, ninguno de los cuales termina cargándose completamente al lado de los “buenos” o de los “malos” (excepto el alcalde, ese sí que es un demonio), simplemente apelando a las circunstancias más humanas que les han de orillar a tomar decisiones harto controvertidas.

Pese a lo bueno que encuentro en el cine de Zvyagintsev, no es un secreto que el ritmo narrativo de sus películas es lento por realista, característica que, junto con la carga simbólica de los elementos que aparecen a cuadro, lo acercan en demasía al cine de Andrei Tarkovsky (Solaris, 1972), lo cual ha de jugar a favor y en contra suya, en el ánimo de llenar la pupila de la crítica sesuda y de generar aburrimiento en el espectador medio, respectivamente. 

En particular, Leviatán me pareció una obra inquietante, avasalladora, ciertamente con momentos cansinos que, a final de cuentas, sólo la hacen una película muy buena aunque imperfecta.

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