Tenía amplias expectativas
por ver la cinta Leviatán (Leviathan, 2014), pues cargaba consigo
el visto bueno de la crítica internacional (casi de manera unánime), además de
que había conseguido muchos reconocimientos en los certámenes en los que había
sido presentada y, sobre todo, porque en su ficha técnica aparece el nombre del
director Andrey Zvyagintsev, alguien que hace unos años me dejó la mejor impresión
con el filme Elena (2011), siendo
éste un drama familiar urbano de la Rusia contemporánea, en donde una madre era
puesta entre la espada y la pared, teniendo que decidir sobre el bienestar de
su pareja o el de su vago hijo, cinta cuya atmósfera parca y realista se iba
enturbiando cada vez más conforme avanzaba el metraje; película con formas “tarkovskianas”
y aires “shakesperianos” de fondo.
En Leviatán damos seguimiento a una familia integrada por padre (Aleksey
Serebryakov), madrastra (Elena Lyadova) e hijo (Sergey Pokhodaev), mismos que
viven en un pueblo cercano al mar, en el norte de Rusia. Su cotidianeidad se ve
interrumpida cuando el alcalde de esa localidad (Roman Madyanov) se aferra en
hacerse del predio en el que habitan nuestros protagonistas, circunstancia que
será el leitmotiv de un relato en el que también aparecen algunas temáticas
como el adulterio, la fraternidad, la corrupción y la impunidad.
Según he leído, el director Zvyagintsev
es un crítico del actual régimen que impera en la Federación Rusa, notándose su
animadversión hacia la clase política de aquel país, concretamente de cara al
icónico Vladimir Putin quien, en más de un sentido, sale salpicado en el filme.
Sin embargo, trasladando la idea general de la narración en el que una familia puede
ser avasallada hasta su destrucción gracias a los males sistémicos, a
flagrantes atropellos que son propios de Rusia y de prácticamente todo el
mundo, es donde se asoma el principio de universalidad en el discurso de Leviatán que, aparte de generar cierta
sugestión desde los problemas más particulares, también propicia la
identificación desde lo general. Asimismo, de manera latente, somos
observadores de la eterna colusión entre poderes oficiales y poderes fácticos,
con una entelequia religiosa que, más que consolar y socorrer a la feligresía,
simplemente funge como cómplice del putrefacto orden social.
Zvyagintsev recurre
nuevamente al realismo de composición austera que, sin embargo, ostenta más de
una secuencia poderosa que te deja sin aliento, en una película tan turbadora
como desasosegante. Y en mucho abonan los actores con la naturalidad que dotan
a sus respectivos personajes, ninguno de los cuales termina cargándose
completamente al lado de los “buenos” o de los “malos” (excepto el alcalde, ese
sí que es un demonio), simplemente apelando a las circunstancias más humanas
que les han de orillar a tomar decisiones harto controvertidas.
Pese a lo bueno que
encuentro en el cine de Zvyagintsev, no es un secreto que el ritmo narrativo de
sus películas es lento por realista, característica que, junto con la carga
simbólica de los elementos que aparecen a cuadro, lo acercan en demasía al cine
de Andrei Tarkovsky (Solaris, 1972),
lo cual ha de jugar a favor y en contra suya, en el ánimo de llenar la pupila
de la crítica sesuda y de generar aburrimiento en el espectador medio,
respectivamente.
En particular, Leviatán me pareció una obra inquietante, avasalladora, ciertamente con momentos cansinos que, a final de cuentas, sólo la hacen una película muy buena aunque imperfecta.
En particular, Leviatán me pareció una obra inquietante, avasalladora, ciertamente con momentos cansinos que, a final de cuentas, sólo la hacen una película muy buena aunque imperfecta.

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