De norte a sur y de este a oeste, año tras año se realiza
alguna adaptación al cine de la prolífica cuan referenciada obra de “el gran
dramaturgo” que fue William Shakespeare.
Particularmente, en mi más alta clasificación shakesperiana-cinematográfica,
tengo a esa obra mayor titulada Trono de
sangre (1957), dirigida por el mítico cineasta nipón Akira Kurosawa, quien retomó
la tragedia de Macbeth dándole identidad
propia, con el genial Toshirô Mifune transmitiendo su sello de locuacidad a un
personaje tan complejo como trastornado, encaramándose en la versión referida
un apabullante halo de misterio dramático.
Macbeth
En 2015, habiendo sido parte de la selección oficial del Festival
de Cannes, llegó a las salas de cine la película Macbeth, una nueva adaptación al clásico de Shakespeare, esta vez
realizada por el director australiano Justin Kurzel (Snowtown, 2011).
En el Macbeth
de Kurzel damos seguimiento a los hechos retratados en la obra original: en
plena Edad Media, a un guerrero escocés (Michael Fassbender) un grupo de brujas
místicas le revelan que terminará ocupando el trono del reino al que pertenece,
diciéndole sin embargo que ningún descendiente suyo habrá de sucederlo como
rey, por lo que se abre la posibilidad de que sufra una traición por parte de
sus propios soldados. Para hacer realidad los dichos de las clarividentes, el
personaje principal será sonsacado por su esposa (Marion Cotillard), quien fungirá
como envión para conseguir sus objetivos.
Desde la historia que se cuenta, Justin Kurzel se ciñe
enteramente al texto original, recayendo su ímpetu revisionista en dotar al
relato de una estilización minuciosa; desde los colores, fríos en general, resaltando
el carmín producto de las batallas, así como a través de la disposición de la
imagen en movimiento, explotando ralentizaciones en las secuencias de lucha, emparentándose
en este sentido con la cinta The
Grandmaster (Wong Kar-Wai, 2013).
Evidentemente hay una intencionalidad de Kurzel por darle
un tono entre impávido y melancólico a su Macbeth,
pero es precisamente esta característica lo que no da pie a ningún contrapunto
narrativo, quedándose cortos los personajes en su trazado, especialmente con
una Marion Cotillard que haciendo de Lady Macbeth resulta cuando menos
indiferente. Y Fassbender, aunque encarnando correctamente al protagonista,
resulta un tanto fastidioso producto de la impostada solemnidad que expone,
quedándose en algún registro teatral que lo separa de la propia dinámica
cinematográfica.

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