martes, 8 de marzo de 2016

Estilizada y fría revisión Shakesperiana


De norte a sur y de este a oeste, año tras año se realiza alguna adaptación al cine de la prolífica cuan referenciada obra de “el gran dramaturgo” que fue William Shakespeare.

Particularmente, en mi más alta clasificación shakesperiana-cinematográfica, tengo a esa obra mayor titulada Trono de sangre (1957), dirigida por el mítico cineasta nipón Akira Kurosawa, quien retomó la tragedia de Macbeth dándole identidad propia, con el genial Toshirô Mifune transmitiendo su sello de locuacidad a un personaje tan complejo como trastornado, encaramándose en la versión referida un apabullante halo de misterio dramático.
Macbeth

En 2015, habiendo sido parte de la selección oficial del Festival de Cannes, llegó a las salas de cine la película Macbeth, una nueva adaptación al clásico de Shakespeare, esta vez realizada por el director australiano Justin Kurzel (Snowtown, 2011).

En el Macbeth de Kurzel damos seguimiento a los hechos retratados en la obra original: en plena Edad Media, a un guerrero escocés (Michael Fassbender) un grupo de brujas místicas le revelan que terminará ocupando el trono del reino al que pertenece, diciéndole sin embargo que ningún descendiente suyo habrá de sucederlo como rey, por lo que se abre la posibilidad de que sufra una traición por parte de sus propios soldados. Para hacer realidad los dichos de las clarividentes, el personaje principal será sonsacado por su esposa (Marion Cotillard), quien fungirá como envión para conseguir sus objetivos.

Desde la historia que se cuenta, Justin Kurzel se ciñe enteramente al texto original, recayendo su ímpetu revisionista en dotar al relato de una estilización minuciosa; desde los colores, fríos en general, resaltando el carmín producto de las batallas, así como a través de la disposición de la imagen en movimiento, explotando ralentizaciones en las secuencias de lucha, emparentándose en este sentido con la cinta The Grandmaster (Wong Kar-Wai, 2013).

Evidentemente hay una intencionalidad de Kurzel por darle un tono entre impávido y melancólico a su Macbeth, pero es precisamente esta característica lo que no da pie a ningún contrapunto narrativo, quedándose cortos los personajes en su trazado, especialmente con una Marion Cotillard que haciendo de Lady Macbeth resulta cuando menos indiferente. Y Fassbender, aunque encarnando correctamente al protagonista, resulta un tanto fastidioso producto de la impostada solemnidad que expone, quedándose en algún registro teatral que lo separa de la propia dinámica cinematográfica.

Sin ser un filme desdeñable, Macbeth de Justin Kurzel quedará en el olvido de las adaptaciones fílmicas de Shakespeare, como aquellos fútiles ejercicios de un par de colosos de la cinematografía que también llevaron la celebérrima tragedia a la pantalla: Orson Welles, en 1948, y Roman Polanski, en 1971.

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