La baraja de cineastas
suecos que llegan a las pantallas mexicanas de cine no me parece que sea amplia
en cantidad aunque sí que grande en calidad.
Exceptuando a la deidad más
apreciable, el inmenso Ingmar Bergman (El
séptimo sello, 1957), no existe otro nombre de peso sustantivo en el mundo
de los directores de cine oriundos de Suecia, plenamente identificables y con
recorridos filmográficos extensos. Acaso ese creador de atmósferas raras que es
Roy Andersson (Canciones del segundo piso,
2000) pueda ser el siguiente en la lista de cineastas contemporáneos de aquel
país escandinavo reconocibles por el orbe fílmico, sin llegar a poseer un
carácter icónico. Y luego vienen algunos nombres de quienes he visto una o dos
películas, con carreras cinematográficas ciertamente consolidadas, cuya
distribución y/o exhibición llega a cuentagotas hasta esta parte del mundo.
Pienso en cineastas como Lukas Moodysson (Lilya
forever, 2002) Tomas Alfredson (Déjame entrar, 2008) o Niels Arden Oplev
(Millennium 1: Los hombres que no amaban
a las mujeres, 2009), cuyos filmes han abierto en recientes años algunos
espacios dadas las frescas y eficaces propuestas cinematográficas que han
desarrollado. Y a estos últimos nombres sumaría el de Ruben Östlund.
Fuerza
mayor
A Ruben Östlund me acerqué
hace unos tres años con la cinta Play
(2011), un drama adolescente desarrollado en la Suecia contemporánea, en donde
se muestra el hostigamiento entre adolescentes so pretexto de conflictos
raciales y condiciones socioeconómicas, todo en clave de realismo, pareciéndome
una película acertada en su narrativa cuasi documental, así como por sus
intrincadas disyuntivas y los complejos conflictos latentes.
En el Festival de Cannes de
2014, Östlund presentó el que es su cuarto largometraje, Fuerza mayor (Turist / Force
Majeure), mismo que fue recibido de manera positiva por la crítica
especializada, incluso mereciéndole alguna distinción del jurado en el
encuentro fílmico referido, así como varios laureles en otras premiaciones
mundiales.
Con Fuerza mayor seguimos a una familia en sus vacaciones que tienen
como escenario los nevados Alpes europeos. Mamá (Lisa Loven Kongsli), papá (Johannes
Kuhnke), hijo (Vincent Wettergren) e hija (Clara Wettergren) se dedican a
esquiar y a convivir en armonía. Sin embargo, un punto de quiebra a su idílica
dinámica recreativa se da cuando una avalancha, aparentemente controlada,
amenaza a los vacacionistas, viendo comprometida su integridad por unos
segundos; pero, de facto, el incidente no pasa a mayores, sólo fue una falsa
alarma. Sin embargo, es la reacción del papá protagonista la que desconcierta a
los familiares pues, mientras la mamá instintivamente protege la integridad de
sus hijos, al hombre en cuestión no se le ocurre otra cosa que echarse a
correr, en un acto que irá desencadenando una serie de cambios en las
relaciones familiares de nuestros personajes.
De entrada, he de decir que
esos planos de la avalancha me parecieron brillantes, dotándolos de un realismo
que llega a su punto máximo de expresión en ese instante de suspensión en el
que ni uno como espectador ni los personajes de la ficción tenemos claro en qué
terminará el hecho, remitiéndome inevitablemente a la que quizá sea la
secuencia del cine de desastres mejor rodada en la historia, aquel inicio del
filme Más allá de la vida (Clint
Eastwood, 2010), en donde atestiguamos el terror producido por un tsunami,
tanto por el espanto de lo inesperado como por la dimensión de la catástrofe.
Lo que Östlund propone en Fuerza mayor, más que las distintas
maneras que tenemos los seres humanos de acometer las variables que en la vida
irremediablemente se han de presentar, es la manera en la que se asume el pesar
suscitado tras el quebranto de la imagen que se tiene de una persona, ese
sentimiento de decepción producido porque alguien no hace lo que le
corresponde; en el relato en cuestión, hay una presuposición que nos invita a
pensar que el padre de familia (por convención social) es el primero que debe
salvaguardar la integridad de sus allegados, quedando así desmoronada la figura
del patriarca tras la huida que emprendió en la situación límite propuesta. Y
hay un pesar muy profundo principalmente en la madre, pues le resulta tremendamente
angustiante ver al marido como lo hacía en el pasado, teniendo ahora el
referente de la cobardía como principal definición de su pareja.
Östlund acierta en la
narrativa realista y en la sugerencia como arma para ir desenredando los
sentimientos de los protagonistas, algo que por cierto ya había demostrado convenientemente
en Play, encaramándose finalmente una comedia
dramática familiar (negra entre lo
blanco de los paisajes), misma que ha de tocar las fibras más profundas e
incómodas del ser humano. Quizá la prolongación del filme y alguna acción sobrante
sean las principales fallas de una cinta que requiere más de un visionado pues
invita a la permanente reflexión.
Concluyo demandando a las
exhibidoras mexicanas más películas suecas de gran calidad como Fuerza mayor.

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