Hay obras cinematográficas que reivindican con creces ese dicho vertido
por el director, actor y crítico de cine francés François Truffaut (La noche
americana, 1973), eso de que «el cine es mejor que la vida». Y es que
cuando el arte de la imagen en movimiento llega a su máxima expresión, para mí
es inevitable quedar trastocado, pensar en los filmes en cuestión día, tarde y
noche, dándole vueltas a sus esencias, a la narrativa empleada, a planos en
concreto, a su sentido más profundo.
Si hay un director en la actualidad que logra conmoverme de manera
recóndita con cada una de sus obras ese es el finlandés Aki Kaurismäki (Un
hombre sin pasado, 2002), cineasta que, como muy pocos, posee un universo
propio, códigos narrativos, visuales y sonoros casi inéditos.

