Casi siempre que se
involucra el tema de la medicina en la ficción cinematográfica, es perfilado en
tono crítico o a manera de exaltación de algunos de los dramas inherentes a las
profesiones enmarcadas en dicha ciencia.
Quizás la cinta más
representativa del “arte de los médicos” sea aquella genialidad filmada por el
maestro Akira Kurosawa, Barbarroja
(1965), filme en el que dábamos cuenta de las vicisitudes a las que un
sanatorio enclavado en un pueblo japonés del siglo XIX tenía que hacer frente,
con todas las limitaciones posibles, mostrándose un relato permeado de dureza, misericordia
y frialdad, todo en nombre del buen ejercicio de los servicios de salud.
De manera tangencial, la película
Family Life (Ken Loach, 1971) ponía
el dedo sobre la llaga a cierta inoperancia de los sanatorios mentales
británicos, encaramando los perjuicios que desde el lado administrativo influyen
en la rehabilitación de los pacientes, en este caso mostrando cómo se trata a
una enferma mental, primero con una técnica de rehabilitación psíquica
armónica, de razonamiento e integración, degenerándose posteriormente en los
perversos procedimientos a base de fármacos excesivos y electroshock.
En tono distinto, en el
filme Vidas al límite (Martin
Scorsese, 1999) advertíamos la progresiva condición de trastorno mental de un
paramédico al enfrentarse con ciertos fracasos congénitos de su profesión,
perseguido por fantasmas de casos pasados que terminaron con la muerte de las
personas atendidas.
Hipócrates
En el primer largometraje del
director y guionista francés Thomas Lilti, Hipócrates
(Hippocrate, 2014), seguimos al
practicante de medicina Benjamín (Vincent Lacoste), quien inicia con sus
labores profesionales en un centro de salud parisino, cuyo director es nada
menos que su padre (Jacques Gamblin). Ahí, Benjamín se enfrentará con la
desilusión que supone ver la realidad desde sus entrañas, lidiando lo mismo con
su incompetencia que con la de algunos miembros del nosocomio, sumadas estas
condiciones a las carencias institucionales que propician nulas atenciones a
pacientes necesitados. Sin embargo, será su compañero de profesión Abdel (Reda
Kateb) quien paulatinamente le transmita las bases de la humildad y el sentido
de rigor que idealmente los galenos deben poseer. Pero serán las mismas
condiciones de precariedad al interior del hospital las que harán que el
modélico Abdel se meta en algún problema, orillando a Benjamín a respaldarle y
demostrarle su camaradería.
En Hipócrates somos testigos de situaciones universales: las permanentes
carencias en los sistemas de salud del grueso de los países en el mundo; el
contrastado profesionalismo del personal médico; los dilemas morales que han de
superarse en tanto al tratamiento de los pacientes e, incluso, referentes al
encubrimiento de negligencias, esto último en nombre de la fraternidad y de dar
cierta funcionalidad a la maquinaria de salud para que continúe marchando con normalidad.
Thomas Lilti acierta en
mostrarnos un relato realista, de la mano de una cámara en mano que se
involucra en el microcosmos del nosocomio, a la manera de la muy particular
atmósfera que se exponía en aquella joya del cine estadounidense titulada Atrapado sin salida (Milos Forman, 1975),
en este caso metiéndonos en las discusiones profesionales que sostiene el
personal involucrado, transmitiendo a ratos desasosiego, resignación e
indignación por lo que se observa en pantalla, alejándose de cualquier efectismo
barato.
Por encima de todo, es
plausible la capacidad de Lilti para narrar en clave realista hechos dignos de
cualquier denuncia, el anverso y reverso de un andamiaje funcional y
disfuncional en muchos sentidos; es decir, el director logra con creces entretener
a través de su filme al tiempo que aborda temáticas harto sensibles y serias.
En detrimento de Hipócrates,
diría que tiene una conclusión idealizada y edulcorada que contrasta con la
dureza sutilmente expuesta, misma que perdura durante casi todo el metraje. Qué
más da: se puede pasar por alto ese desliz que, me da la impresión, no es propio
de alguna falta de capacidad por parte del director, más bien responde a
intereses por quedar bien con el espectador, algo que ciertamente pudo haberse
evitado.

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