viernes, 11 de septiembre de 2015

La complejidad tácita de la medicina


Casi siempre que se involucra el tema de la medicina en la ficción cinematográfica, es perfilado en tono crítico o a manera de exaltación de algunos de los dramas inherentes a las profesiones enmarcadas en dicha ciencia.

Quizás la cinta más representativa del “arte de los médicos” sea aquella genialidad filmada por el maestro Akira Kurosawa, Barbarroja (1965), filme en el que dábamos cuenta de las vicisitudes a las que un sanatorio enclavado en un pueblo japonés del siglo XIX tenía que hacer frente, con todas las limitaciones posibles, mostrándose un relato permeado de dureza, misericordia y frialdad, todo en nombre del buen ejercicio de los servicios de salud.

De manera tangencial, la película Family Life (Ken Loach, 1971) ponía el dedo sobre la llaga a cierta inoperancia de los sanatorios mentales británicos, encaramando los perjuicios que desde el lado administrativo influyen en la rehabilitación de los pacientes, en este caso mostrando cómo se trata a una enferma mental, primero con una técnica de rehabilitación psíquica armónica, de razonamiento e integración, degenerándose posteriormente en los perversos procedimientos a base de fármacos excesivos y electroshock.

En tono distinto, en el filme Vidas al límite (Martin Scorsese, 1999) advertíamos la progresiva condición de trastorno mental de un paramédico al enfrentarse con ciertos fracasos congénitos de su profesión, perseguido por fantasmas de casos pasados que terminaron con la muerte de las personas atendidas.

Hipócrates

En el primer largometraje del director y guionista francés Thomas Lilti, Hipócrates (Hippocrate, 2014), seguimos al practicante de medicina Benjamín (Vincent Lacoste), quien inicia con sus labores profesionales en un centro de salud parisino, cuyo director es nada menos que su padre (Jacques Gamblin). Ahí, Benjamín se enfrentará con la desilusión que supone ver la realidad desde sus entrañas, lidiando lo mismo con su incompetencia que con la de algunos miembros del nosocomio, sumadas estas condiciones a las carencias institucionales que propician nulas atenciones a pacientes necesitados. Sin embargo, será su compañero de profesión Abdel (Reda Kateb) quien paulatinamente le transmita las bases de la humildad y el sentido de rigor que idealmente los galenos deben poseer. Pero serán las mismas condiciones de precariedad al interior del hospital las que harán que el modélico Abdel se meta en algún problema, orillando a Benjamín a respaldarle y demostrarle su camaradería.

En Hipócrates somos testigos de situaciones universales: las permanentes carencias en los sistemas de salud del grueso de los países en el mundo; el contrastado profesionalismo del personal médico; los dilemas morales que han de superarse en tanto al tratamiento de los pacientes e, incluso, referentes al encubrimiento de negligencias, esto último en nombre de la fraternidad y de dar cierta funcionalidad a la maquinaria de salud para que continúe marchando con normalidad.

Thomas Lilti acierta en mostrarnos un relato realista, de la mano de una cámara en mano que se involucra en el microcosmos del nosocomio, a la manera de la muy particular atmósfera que se exponía en aquella joya del cine estadounidense titulada Atrapado sin salida (Milos Forman, 1975), en este caso metiéndonos en las discusiones profesionales que sostiene el personal involucrado, transmitiendo a ratos desasosiego, resignación e indignación por lo que se observa en pantalla, alejándose de cualquier efectismo barato.

Por encima de todo, es plausible la capacidad de Lilti para narrar en clave realista hechos dignos de cualquier denuncia, el anverso y reverso de un andamiaje funcional y disfuncional en muchos sentidos; es decir, el director logra con creces entretener a través de su filme al tiempo que aborda temáticas harto sensibles y serias.


En detrimento de Hipócrates, diría que tiene una conclusión idealizada y edulcorada que contrasta con la dureza sutilmente expuesta, misma que perdura durante casi todo el metraje. Qué más da: se puede pasar por alto ese desliz que, me da la impresión, no es propio de alguna falta de capacidad por parte del director, más bien responde a intereses por quedar bien con el espectador, algo que ciertamente pudo haberse evitado.

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