La Iglesia Católica es una de las instituciones mundiales que más mal
parada ha quedado al momento de ser retratada en el cine.
El espíritu crítico cinematográfico de cara al catolicismo institucional
ha sido tocado a partir de enfoques diversos; hemos visto desde el muy
cuestionado papel de omisión de El Vaticano durante la Segunda Guerra Mundial
con un título como Amén (Costa-Gavras, 2002), hasta las
tortuosas prácticas de explotación, encubiertas bajo el título de conventos de
la misericordia católicos expuestos en la cinta En el nombre de Dios (Peter
Mullan, 2002). Sin embargo, en años recientes, el tema que de forma más
apremiante ha salido a la luz del arte de la imagen en movimiento es el de la
recurrente pedofilia sacerdotal. Sobre eso, la cinta La duda (John
Patrick Shanley, 2008), de manera acompasada y contenida, nos mostraba
disyuntivas humanas sobre una práctica tan detestable como es la del abuso
sexual infantil, enjuiciando el espectador, sin tener certezas, las prácticas
de un padre majestuosamente interpretado por Philip Seymour Hoffman. En la
misma línea, en México se puso el dedo sobre la llaga de la pedofilia clerical
con el filme Obediencia perfecta (Luis Urquiza, 2013) que,
tópica y atropelladamente, se encaramó bajo un discurso de denuncia directo y
sin ataduras, recreando algún capítulo en la vida del impresentable padre
Marcial Maciel y su funesta organización denominada Legionarios de Cristo
(encriptada en el texto fílmico).
