Hay obras cinematográficas que reivindican con creces ese dicho vertido
por el director, actor y crítico de cine francés François Truffaut (La noche
americana, 1973), eso de que «el cine es mejor que la vida». Y es que
cuando el arte de la imagen en movimiento llega a su máxima expresión, para mí
es inevitable quedar trastocado, pensar en los filmes en cuestión día, tarde y
noche, dándole vueltas a sus esencias, a la narrativa empleada, a planos en
concreto, a su sentido más profundo.
Si hay un director en la actualidad que logra conmoverme de manera
recóndita con cada una de sus obras ese es el finlandés Aki Kaurismäki (Un
hombre sin pasado, 2002), cineasta que, como muy pocos, posee un universo
propio, códigos narrativos, visuales y sonoros casi inéditos.
Ahora que me he enfocado a revisar a conciencia su filmografía, no tengo
más que ubicar a Kaurismäki en mi altar de directores predilectos, ahí, justo
al lado de otros nombres sagrados como Ingmar Bergman (El séptimo
sello, 1957), Woody Allen (Otra mujer, 1988), Billy Wilder (El
apartamento, 1960), Alfred Hitchcock (Vértigo, 1958) o Luis Buñuel (Tristana,
1970).
Si bien las películas de Kaurismäki tienen indicativos referenciales
cinematográficos muy claros, bebiendo de la diáfana composición de personajes
propuesta por otro grande del cine como es Robert Bresson (Un condenado a
muerte se ha escapado, 1956), ajustándose al estándar de historias tan
mínimas como profusas del gran Yasujiro Ozu (Cuentos de Tokio, 1953), y
adaptando la ironía encerrada en la decadencia humana de Rainer Werner Fassbinder (Todos nos llamamos Alí, 1974) y del propio Buñuel,
podemos decir que la obra del director finlandés se encarama de manera propia a
partir de ciertos rasgos particulares: la utilización de la música (blues/rock)
como hilo conductor de sus relatos, la conciencia de clase que se muestra en
el desenvolvimiento de sus personajes protagónicos (casi siempre miembros del
proletariado), ese ímpetu por hacer de cada encuadre una pintura que abstrae
dramas existenciales presentes en lo cotidiano, así como una cáustica
composición de diálogos breves pero contundentes.
Ariel
De entre todas las cintas que he vuelto a revisar firmadas por Aki
Kaurismäki, Ariel (1988) es acaso la que más me ha avasallado.
En Ariel damos seguimiento al desempleado Taisto (Turo
Pajala), joven ex trabajador de las minas que, a sugerencia de su suicida
mentor, se traslada de las lejanías finlandesas hasta la ciudad de Helsinki, en
donde pretende integrarse a la sociedad, buscándole la cuadratura al círculo de
la vida. Ya en la urbe, Taisto conoce a Irmeli (Susanna Haavisto), madre
soltera que se mueve de trabajo en trabajo, con quien emprende una relación
amorosa instantánea. Sin embargo, la realidad social en la Finlandia de los
bajos fondos arrastrará a nuestro protagonista hasta la prisión, en donde
entablará amistad con Mikkonen (Matti Pellonpää).
Imágenes de la película Ariel
Para no gastar más palabras, he de afirmar categóricamente y sin lugar a
dudas que Ariel es una obra maestra de la cinematografía,
esencialmente por su lacónica narrativa, sustentada a partir del principio
«menos es más», valiéndose de mínimos recursos para destapar un universo de
ideas, emociones y reflexiones que van desde lo social hasta lo existencial.
Kaurismäki nos habla en Ariel básicamente del
transcurrir vital de personajes marginados, tratados con indiferencia por las
estructuras políticas, lo mismo encontrándose a similares que fungirán como
camaradas o depredadores, ayudas y amenazas, en una decadente realidad de la
cual emergerán las más profundas manifestaciones sentimentales.
«Aquí no hay nada para ti, no hay trabajo. Acabarás sin rumbo, meando en
las esquinas. No tendrás hijos, te emborracharás»; así arranca la cinta en voz
del mentor de Taisto, dejando entrever la dinámica situacional y
declarativa que en adelante abarcará la película.
Prodigiosos también los diálogos de la primera cita entre Taisto e
Irmeli, mismos que nos dejan muy clara la idea de que, no obstante estamos ante
personas sometidas por un sistema social absorbente y lesivo, ellos son capaces
de asumir con toda decisión sus convicciones, más allá de lo factibles que
puedan resultar con posterioridad:
—Estoy divorciada.
—No te preocupes.
—Tengo un niño.
—Mejor aún. Nos ahorraremos crear una familia.
— ¿Siempre estás tan seguro de ti mismo?
—Esta es la primera vez.
— (…) ¿Desaparecerás por la mañana?
—No, siempre estaremos juntos.
Ariel es un relato conciso lleno de detalles que lo enriquecen: lugares
de trabajos que cierran y que dejan a los trabajadores en posición de mendigos;
el techo de un descapotable que parece no funcionar; una pluma fuente que no
pinta, impidiendo al protagonista marcar alguna vacante laboral en el
periódico; el reposo en la playa de una familia constituida al margen de la
ley; un cómic que fungirá como epifanía en cierto momento de la historia; pero,
sobre todo, la expresividad sostenida por unos actores que son todo contención,
que no requieren más que de sus respectivas miradas para transmitir hondas
emociones al espectador (Pajala, Haavisto y Pellonpää en estado de gracia);
quizás la cinta en cuestión también posea la mejor actuación infantil en la
historia del cine, con un Eetu Hilkamo haciendo del hijo de Irmeli, ajustándose
a las pautas histriónicas que el filme demandaba, mostrándose portentoso a
partir del gesto mínimo.
Aki Kaurismäki, con su filmografía completa, hace que merezca la pena
prolongar la existencia, tan solo por el hecho de seguir releyendo sus textos
fílmicos que ya se encuentran inscritos en lo más alto de la cinematografía; y
en particular, desde ya, me quedo con Ariel como una de las
películas de mi vida.

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