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miércoles, 9 de marzo de 2016

Vanguardia formal en una cinta más del holocausto


El llamado “holocausto judío” es ya un subgénero dentro del cine europeo y estadounidense. Entre los distintos relatos sobre los aconteceres en campos de concentración nazis, confluyen temáticas tan heterogéneas en sus contenidos como diversas en la calidad lograda. Quizá el punto más alto en términos comerciales y artísticos haya sido alcanzado con el filme La lista de Schindler (1993), cinta en la que el director Steven Spielberg llegó a su esplendor como realizador, adaptando la novela autoría de Thomas Keneally en la que se esgrimía el drama que supuso para el hombre de negocios Oskar Schindler (Liam Neeson) el haberse ganado la confianza de altos mandos del nacismo, so pretexto de salvar la vida de algunas decenas de judíos. Recuerdo haber tenido a esta película en mi primera juventud como la favorita indiscutible, cayéndoseme del “podio” tras algunos visionados y el paso del tiempo, sobre todo en lo relativo al sentimentalismo tan consciente y manipuladoramente estampado, no pudiendo soslayar en todo caso las virtudes técnicas de la obra en cuestión (concretamente aquella alucinante secuencia del desalojo al gueto de Cracovia).

Para ser justo, he de mencionar otro par de filmes del año 2002 que, por su originalidad argumental y conducción, me parecen dignos de ser resaltados, siempre en el tema relativo al holocausto: El pianista (Roman Polanski) y Amén (Costa-Gavras). El primero, un biopic del músico Wladyslaw Szpilman, quien tras la invasión nazi a Polonia tuvo que vivir a escondidas y aislado hasta su rescate; y, el segundo, que narraba la indiferencia clerical y política ante los crímenes del Tercer Reich.