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viernes, 10 de julio de 2015

Relato de la decadencia social y religiosa


La Iglesia Católica es una de las instituciones mundiales que más mal parada ha quedado al momento de ser retratada en el cine.

El espíritu crítico cinematográfico de cara al catolicismo institucional ha sido tocado a partir de enfoques diversos; hemos visto desde el muy cuestionado papel de omisión de El Vaticano durante la Segunda Guerra Mundial con un título como Amén (Costa-Gavras, 2002), hasta las tortuosas prácticas de explotación, encubiertas bajo el título de conventos de la misericordia católicos expuestos en la cinta En el nombre de Dios (Peter Mullan, 2002). Sin embargo, en años recientes, el tema que de forma más apremiante ha salido a la luz del arte de la imagen en movimiento es el de la recurrente pedofilia sacerdotal. Sobre eso, la cinta La duda (John Patrick Shanley, 2008), de manera acompasada y contenida, nos mostraba disyuntivas humanas sobre una práctica tan detestable como es la del abuso sexual infantil, enjuiciando el espectador, sin tener certezas, las prácticas de un padre majestuosamente interpretado por Philip Seymour Hoffman. En la misma línea, en México se puso el dedo sobre la llaga de la pedofilia clerical con el filme Obediencia perfecta (Luis Urquiza, 2013) que, tópica y atropelladamente, se encaramó bajo un discurso de denuncia directo y sin ataduras, recreando algún capítulo en la vida del impresentable padre Marcial Maciel y su funesta organización denominada Legionarios de Cristo (encriptada en el texto fílmico).