lunes, 9 de noviembre de 2015

Autocomplacencia y diarreas mentales


Particularmente no soy un incondicional aplaudidor del cine ideado y realizado por los próceres de la postmodernidad fílmica, parangón en el que clasifico nombres como los de Spike Jonze (El ladrón de orquídeas, 2002) o Wes Anderson (Life Aquatic, 2004). Junto a los susodichos, agregaría al francés Michel Gondry (Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, 2004), un director que si bien posee las dotes de saber contar historias, narrar entreteniendo, muchas veces (como los antes nombrados) termina cayendo en excesivos despliegues visuales, acentuando su “originalidad” e “inventiva”.

La mejor experiencia cinematográfica que me ha tocado visionar bajo la firma de Gondry se titula Originalmente pirata (2008), comedia con aromas dramáticos con la mejor versión de Jack Black (Escuela de rock, 2003), quien interpreta a un tipo que se ve orillado a regrabar versiones nuevas de algunas películas que han sido borradas de las cintas pertenecientes a un videoclub de barrio, lo  que supone un homenaje al cine desde el mismo cine, a la pasión por involucrarse en procesos creativos y al sentido de pertenencia que, de alguna manera, quienes gustamos del arte de la imagen en movimiento experimentamos.



En contraparte, el momento más irritante que me había provocado el cineasta francés –hasta hoy— fue Amor índigo (2013), filme del cual apenas y recuerdo su meliflua trama: en clave de melodrama surrealista, un hombre (Romain Duris) tiene como meta prolongar la vida de su amada mujer (Audrey Tautou), misma que padece alguna enfermedad terminal; en algún momento suena algo de buena música, autoría de Duke Ellington, y poco más.

¿Es feliz el hombre que es alto?

Como parte de los estrenos rezagados que presenta cierto espectro de la cartelera mexicana, este año llegó el documental ¿Es feliz el hombre que es alto? (Is the Man Who Is Tall Happy?, 2013), el más reciente trabajo no ficticio de Michel Gondry. En éste, el director nos muestra una serie de entrevistas que sostuvo con el célebre lingüista estadounidense y activista político de izquierdas Noam Chomsky, detallando sin un orden específico algunas de las teorías cognitivas que el entrevistado ha desarrollado a lo largo de su quehacer científico, combinándose en el filme la interlocución verbal con animaciones emanadas de la mano del propio cineasta.

¿Es feliz el hombre que es alto? (título retomado de algún concepto teórico desarrollado por el propio Chomsky) básicamente es un ejercicio de ociosidad por parte del director, en donde no se ve un ánimo por contar algo, simplemente deja que la cámara y que sus diarreas mentales sean expresadas a través de dibujos que van fluyendo con la propia proyección, consiguiendo algunos momentos interesantes, aunque logrados dado a que el personaje central del documental es interesante per se, no porque haya algún acierto de Gondry al transmitirnos sus entrevistas, mismas en las que el cineasta llega a cobrar una relevancia sobredimensionada, expresando sus opiniones sobre la conceptualización del Chomsky, paralelamente recordándonos que su inglés (las entrevistas estás hechas en ese idioma, siendo que el director es francófono) no es el mejor y que, a causa de esto, el intelectual no entiende correctamente sus planteamientos.

La gran reflexión que me deja ¿Es feliz el hombre que es alto? es que, tanto en el cine de ficción como en el documental, el ímpetu por contar algo es una premisa obligatoria para hacer de cualquier producto fílmico una obra efectiva en última instancia.


A menos que se ignore por completo quién es Noam Chomsky, ¿Es feliz el hombre que es alto? se queda simplemente como un esbozo mal trazado por un cineasta tendiente a la autocomplacencia, a ir de “progre” en detrimento de sus relatos, mismos que encuentran en el documental en cuestión la peor de sus expresiones.

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