Particularmente no soy un incondicional
aplaudidor del cine ideado y realizado por los próceres de la postmodernidad
fílmica, parangón en el que clasifico nombres como los de Spike Jonze (El ladrón de orquídeas, 2002) o Wes
Anderson (Life Aquatic, 2004). Junto
a los susodichos, agregaría al francés Michel Gondry (Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, 2004), un director
que si bien posee las dotes de saber contar historias, narrar entreteniendo,
muchas veces (como los antes nombrados) termina cayendo en excesivos
despliegues visuales, acentuando su “originalidad” e “inventiva”.
La mejor experiencia
cinematográfica que me ha tocado visionar bajo la firma de Gondry se titula Originalmente pirata (2008), comedia con
aromas dramáticos con la mejor versión de Jack Black (Escuela de rock, 2003), quien interpreta a un tipo que se ve
orillado a regrabar versiones nuevas de algunas películas que han sido borradas
de las cintas pertenecientes a un videoclub de barrio, lo que supone un homenaje al cine desde el mismo
cine, a la pasión por involucrarse en procesos creativos y al sentido de
pertenencia que, de alguna manera, quienes gustamos del arte de la imagen en
movimiento experimentamos.
En contraparte, el momento
más irritante que me había provocado el cineasta francés –hasta hoy— fue Amor índigo (2013), filme del cual
apenas y recuerdo su meliflua trama: en clave de melodrama surrealista, un
hombre (Romain Duris) tiene como meta prolongar la vida de su amada mujer
(Audrey Tautou), misma que padece alguna enfermedad terminal; en algún momento
suena algo de buena música, autoría de Duke Ellington, y poco más.
¿Es
feliz el hombre que es alto?
Como parte de los estrenos
rezagados que presenta cierto espectro de la cartelera mexicana, este año llegó
el documental ¿Es feliz el hombre que es
alto? (Is the Man Who Is Tall Happy?,
2013), el más reciente trabajo no ficticio de Michel Gondry. En éste, el
director nos muestra una serie de entrevistas que sostuvo con el célebre
lingüista estadounidense y activista político de izquierdas Noam Chomsky,
detallando sin un orden específico algunas de las teorías cognitivas que el
entrevistado ha desarrollado a lo largo de su quehacer científico, combinándose
en el filme la interlocución verbal con animaciones emanadas de la mano del
propio cineasta.
¿Es
feliz el hombre que es alto? (título retomado de algún
concepto teórico desarrollado por el propio Chomsky) básicamente es un
ejercicio de ociosidad por parte del director, en donde no se ve un ánimo por
contar algo, simplemente deja que la cámara y que sus diarreas mentales sean
expresadas a través de dibujos que van fluyendo con la propia proyección,
consiguiendo algunos momentos interesantes, aunque logrados dado a que el
personaje central del documental es interesante per se, no porque haya algún
acierto de Gondry al transmitirnos sus entrevistas, mismas en las que el
cineasta llega a cobrar una relevancia sobredimensionada, expresando sus
opiniones sobre la conceptualización del Chomsky, paralelamente recordándonos
que su inglés (las entrevistas estás hechas en ese idioma, siendo que el
director es francófono) no es el mejor y que, a causa de esto, el intelectual
no entiende correctamente sus planteamientos.
La gran reflexión que me
deja ¿Es feliz el hombre que es alto?
es que, tanto en el cine de ficción como en el documental, el ímpetu por contar
algo es una premisa obligatoria para hacer de cualquier producto fílmico una
obra efectiva en última instancia.
A menos que se ignore
por completo quién es Noam Chomsky, ¿Es
feliz el hombre que es alto? se queda simplemente como un esbozo mal trazado
por un cineasta tendiente a la autocomplacencia, a ir de “progre” en detrimento
de sus relatos, mismos que encuentran en el documental en cuestión la peor de
sus expresiones.

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