viernes, 3 de abril de 2015

Conmovedor y mesurado drama romántico


Cuando me enteré de que iban a llevar al cine la vida del astrofísico británico Stephen Hawking, de inmediato me saltó a la mente la idea de que, irremediablemente, se recurriría a la sensiblería, al biopic de fácil salida, a lugares comunes, a esa exaltación del vomitivo tópico de la superación personal, esto dadas las condiciones físicas del científico más popular de las últimas décadas.

Me vinieron a la mente desde filmes tan tramposos como Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994) o Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001), en donde a partir de la apología a la discapacidad se daba consecución a melodramas complacientes, hasta algún cortometraje que anda circulando en fraudulentos simposios de desarrollo humano titulado El circo de la mariposa (Joshua Weigel, 2009), en el que un tipo desmembrado sale adelante por fuerza de voluntad y apoyo de sus amigos, no logrando disimular un halo panfletario de cristianismo que, en lo personal, me revienta.

La teoría del todo

Sin embargo, mis prejuicios se vinieron abajo cuando en los títulos de crédito observé que el nombre del director de La teoría del todo (The Theory of Everything, 2014) era James Marsh, alguien de quien tengo la mejor referencia pues le recuerdo un documental titulado Man on Wire (2008), en donde un célebre funámbulo ve materializado su más ferviente deseo al caminar por un alambre colocado entre las hoy extintas Torres Gemelas de Nueva York (los hechos ocurrían en la década del 70), plasmándose con inmejorable ritmo narrativo esa obsesa pulsión de Philippe Petit, el equilibrista en cuestión, por conseguir su objetivo; todo contado en clave de thriller.

Con La teoría del todo, el director nos lleva a conocer la juventud universitaria de Stephen Hawking (Eddie Redmayne), justo en el momento en el que su vida tomó cauces inesperados, tanto en términos de formación científica de alto nivel, como desde el lado de su vida sentimental, cuando conoció a quien fura su primera esposa, Jane (Felicity Jones), pasando por la encarnación de aquella enfermedad neurodegenerativa que terminó por dejarle inmóvil y postrado en una silla.

Estamos pues ante un drama romántico en todo rigor: ahí están los trazos más melosos de la pareja enamorada, pero también se hace notar el contrapunto que suponen los diferendos conyugales. Si bien la cinta trata de recoger algunas consideraciones científicas que Hawking acuñó en torno a los anales del universo, las variables del tiempo y el espacio, el contraste entre la teoría de la relatividad y la física cuántica, así como su inicial ateísmo y posterior reivindicación de la idea de un Dios cientificista, el peso narrativo sin duda recae en los vericuetos emocionales de Stephen y Jane, así como también en la aceptación de una enfermedad que cambió por completo sus perspectivas vitales.

Aunque La teoría del todo no pudo evitar la mosqueante temática de la superación personal, acá uno como espectador identifica mucho de autenticidad en la pretensión de exponer la historia de enfrentarse día a día con las circunstancias de la vida, en principio porque sabemos que lo que se nos cuenta sucedió en la realidad pero, más importante aún, porque no se pretende hacer énfasis artificial de la superación de las adversidades que atravesó el posteriormente disuelto matrimonio Hawking, exhibiendo cara y cruz de lo que fue la moneda de una relación harto compleja.

Indudablemente que es profuso el soporte que dan al filme los protagonistas, con un Eddie Redmayne que está excepcional dando vida a Stephen Hawking, desmarcándose de cualquier dejo de caricaturización y apoyándose más bien en un trabajo contencioso que sin duda ha de responder a una ardua labor de preparación y conocimiento del personaje en cuestión. Y al mismo nivel de Redmayne está Felicity Jones, sabiendo transmitir lo mismo enamoramiento y compromiso que cierta depresión y hastío, reivindicando a un personaje intachable desde su lado más humano.


James Marsh acertó en la mesura narrativa al componer La teoría del todo, que no es un biopic plano, es un drama conmovedor; no es una película facilona de superación personal, es un retrato de lo bueno y lo malo que en el camino se encontró Stephen Hawking hasta llegar a ser quien hoy es. En términos generales, es una cinta bien contada, enternecedora, honesta y que no pretende llevarte a la lágrima fácil; algo que mucho agradece este quien escribe.

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