En medio del debate sobre
las necesidades que tiene México para que florezca una industria
cinematográfica propia, casi siempre se da por hecho que el talento mexicano en
términos fílmicos existe, que el gran problema viene dado a partir de la
distribución y exhibición de los productos nacionales, lo cual me parece cierto
sólo en parte. Y es que es innegable que las condiciones de exhibición del cine
nacional son lesivas para el pretendido enfoque industrial que se busca
establecer, machacando en su primera semana de proyección a casi todas las
películas mexicanas, en beneficio de la imparable vorágine de cine
estadounidense, con algunos filmes mejores que otros. Sin embargo, también es
de resaltar la falta de cintas que apelen a un consumo que no sea ni tan
apegado al nervio autoral ni tan cercano a la realización estrictamente
comercial y boba; en términos más gráficos, cintas que funjan como el justo
medio entre Heli (Amat Escalante,
2013) y Nosotros los nobles (Gary
Alazraki, 2013), con un desarrollo mayor y sistemático de productos más
cercanos a los que crea el director Luis Estrada (El infierno, 2010), que le pueden salir mejor o peor, pero que ostentan
la atingencia suficiente como para entretener al gran público sin dejar de
tocar temas tan relevantes como sentidos para la sociedad.
Un buen ejemplo del camino
que debería tomar el cine mexicano es lo que ocurre con la industria fílmica
francesa. Guardando proporciones, creo que en el país galo se conjugan algunos
elementos que bien podrían servir como guía de lo que es necesario hacer en
México, principalmente en el marco de políticas culturales de protección y de fomento
a la exhibición de lo hecho al interior del propio país, dinámica que parece
propiciar bases para una industria fílmica que, en el peor de los casos, es
“consistente”, misma en la que se genera una sana proporción de contenidos
malos, regulares y de vanguardia, propiciando un cine comercial que se encarama
en lo que para mí es la medida justa de las proporciones intelectuales y de
esparcimiento que debe conllevar mínimamente un producto cinematográfico.
Posiblemente el cineasta que
mejor representa en la actualidad ese bien combinado de contenido racional y
entretenido sea François Ozon (5X2,
2004), un director que en la última década ha filmado prácticamente un
largometraje por año, siendo En la casa
(2012) una de las cintas de su autoría que mejores recuerdos me trae, con un
entramado ingenioso que nos ponía en los pies de un niño que, como parte de su
curso de literatura, se inmiscuía en la vida familiar de su mejor amigo,
llegando a seducir con las historias que desarrollaba a su propio maestro de
escuela.
Y es que, más allá de que
los temas o la forma de abordar los mismos puedan gustar más o menos, lo que rescato
como elemento principal, por lo menos de las seis películas que he visto de la
filmografía de Ozon, es esa solvencia narrativa que, a través de una correcta
economía del lenguaje cinematográfico, hace que el espectador medio (segmento
en el que me incluyo) pueda desde simplemente pasarse un rato agradable en la
sala de cine hasta tender a elaborar reflexiones post proyección, elementos que
me hacen definir al cineasta en cuestión -en términos fílmicos industriales-
como modélico.
Una
nueva amiga
Este año llegó a pantallas
mexicanas el más reciente largometraje de François Ozon, Una nueva amiga (Une nouvelle
amie, 2014), filme que nos cuenta la historia del proceso de duelo que vive
la joven Clarie (Anaïs Demoustier) tras el fallecimiento de su mejor amiga,
Laura (Isild Le Besco), misma que ha dejado viudo a David (Romain Duris), padre
de una recién nacida. Sin embargo, el leitmotiv de la narración detona cuando
Clarie, en su afán por apoyar a quien fuera el esposo de su difunta camarada,
descubre que éste tiene una particular fijación por vestirse de mujer, un hecho
que paulatinamente provocará que ambos personajes vayan acercándose hasta
llegar a la intimidad.
Respetando su propia
capacidad como gran contador de historias destinadas para el consumo masivo, Ozon
da consecución en Una nueva amiga a
las obsesiones demostradas en películas anteriores, tanto temáticas como
estéticas; ahí está la tan colorida como cuidada puesta en escena, combinada
con la sumergida a vicisitudes humanas y sexuales que cargan consigo sus relatos,
en este caso bordando en tono de comedia dramática las pulsiones eróticas y
preferencias de sus actantes. Por un lado, el personaje al que interpreta de
manera correcta Romain Duris, que experimenta una peculiar disyuntiva, la de
conservar su apariencia socialmente aprobada de macho o modificarla y dar
rienda suelta a su anhelo por vestirse de mujer (que no sosteniendo relaciones
homosexuales), considerando que bajo su cuidado hay una bebé todavía por
desarrollarse; y, por otro lado, la chica a la que da vida la encantadora Anaïs
Demoustier (alguien a quien no soporté en la cinta Bird People; Pascale Ferran, 2014), quien se ve obligada a fungir
como contrapunto de David, pero que también acusa contradicciones internas,
mucho muy sugeridas, principalmente con una condición de homosexualidad que
apenas y sale a la superficie del relato. Y todo es dispuesto por parte del
director y guionista sin cargas morales ni pretensiones mayúsculas, simplemente
como una divertida narración que, de paso, plantea interrogantes propias de las
sociedades modernas; ¿es un travestido necesariamente un homosexual? y, de
serlo, ¿tendría algo de malo esa característica en la potencial formación de un
niño?
Una
nueva amiga, como producto de la industria
cinematográfica francesa, me hace mirar con cierta envidia a ese país europeo,
pues me brinca a los ojos el hecho de que en México prácticamente no se filmen
películas lo mismo efectivas que inteligentes para su consumo masivo,
característica que no es privativa del cine de François Ozon, que más bien
reluce como constante de los directores promedio de aquel país. En otras
palabras, echo de menos la llamada “época de oro” del cine mexicano, en donde
–como es el caso de la cinta en cuestión- se abordaban de manera pertinente
temáticas que, paralelamente, ejercían un proceso de identificación con el
espectador y se establecían como un medio ideal de entretenimiento.

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