martes, 10 de noviembre de 2015

El modélico cine comercial francés


En medio del debate sobre las necesidades que tiene México para que florezca una industria cinematográfica propia, casi siempre se da por hecho que el talento mexicano en términos fílmicos existe, que el gran problema viene dado a partir de la distribución y exhibición de los productos nacionales, lo cual me parece cierto sólo en parte. Y es que es innegable que las condiciones de exhibición del cine nacional son lesivas para el pretendido enfoque industrial que se busca establecer, machacando en su primera semana de proyección a casi todas las películas mexicanas, en beneficio de la imparable vorágine de cine estadounidense, con algunos filmes mejores que otros. Sin embargo, también es de resaltar la falta de cintas que apelen a un consumo que no sea ni tan apegado al nervio autoral ni tan cercano a la realización estrictamente comercial y boba; en términos más gráficos, cintas que funjan como el justo medio entre Heli (Amat Escalante, 2013) y Nosotros los nobles (Gary Alazraki, 2013), con un desarrollo mayor y sistemático de productos más cercanos a los que crea el director Luis Estrada (El infierno, 2010), que le pueden salir mejor o peor, pero que ostentan la atingencia suficiente como para entretener al gran público sin dejar de tocar temas tan relevantes como sentidos para la sociedad.

Un buen ejemplo del camino que debería tomar el cine mexicano es lo que ocurre con la industria fílmica francesa. Guardando proporciones, creo que en el país galo se conjugan algunos elementos que bien podrían servir como guía de lo que es necesario hacer en México, principalmente en el marco de políticas culturales de protección y de fomento a la exhibición de lo hecho al interior del propio país, dinámica que parece propiciar bases para una industria fílmica que, en el peor de los casos, es “consistente”, misma en la que se genera una sana proporción de contenidos malos, regulares y de vanguardia, propiciando un cine comercial que se encarama en lo que para mí es la medida justa de las proporciones intelectuales y de esparcimiento que debe conllevar mínimamente un producto cinematográfico.
Posiblemente el cineasta que mejor representa en la actualidad ese bien combinado de contenido racional y entretenido sea François Ozon (5X2, 2004), un director que en la última década ha filmado prácticamente un largometraje por año, siendo En la casa (2012) una de las cintas de su autoría que mejores recuerdos me trae, con un entramado ingenioso que nos ponía en los pies de un niño que, como parte de su curso de literatura, se inmiscuía en la vida familiar de su mejor amigo, llegando a seducir con las historias que desarrollaba a su propio maestro de escuela.

Y es que, más allá de que los temas o la forma de abordar los mismos puedan gustar más o menos, lo que rescato como elemento principal, por lo menos de las seis películas que he visto de la filmografía de Ozon, es esa solvencia narrativa que, a través de una correcta economía del lenguaje cinematográfico, hace que el espectador medio (segmento en el que me incluyo) pueda desde simplemente pasarse un rato agradable en la sala de cine hasta tender a elaborar reflexiones post proyección, elementos que me hacen definir al cineasta en cuestión -en términos fílmicos industriales- como modélico.

Una nueva amiga

Este año llegó a pantallas mexicanas el más reciente largometraje de François Ozon, Una nueva amiga (Une nouvelle amie, 2014), filme que nos cuenta la historia del proceso de duelo que vive la joven Clarie (Anaïs Demoustier) tras el fallecimiento de su mejor amiga, Laura (Isild Le Besco), misma que ha dejado viudo a David (Romain Duris), padre de una recién nacida. Sin embargo, el leitmotiv de la narración detona cuando Clarie, en su afán por apoyar a quien fuera el esposo de su difunta camarada, descubre que éste tiene una particular fijación por vestirse de mujer, un hecho que paulatinamente provocará que ambos personajes vayan acercándose hasta llegar a la intimidad.

Respetando su propia capacidad como gran contador de historias destinadas para el consumo masivo, Ozon da consecución en Una nueva amiga a las obsesiones demostradas en películas anteriores, tanto temáticas como estéticas; ahí está la tan colorida como cuidada puesta en escena, combinada con la sumergida a vicisitudes humanas y sexuales que cargan consigo sus relatos, en este caso bordando en tono de comedia dramática las pulsiones eróticas y preferencias de sus actantes. Por un lado, el personaje al que interpreta de manera correcta Romain Duris, que experimenta una peculiar disyuntiva, la de conservar su apariencia socialmente aprobada de macho o modificarla y dar rienda suelta a su anhelo por vestirse de mujer (que no sosteniendo relaciones homosexuales), considerando que bajo su cuidado hay una bebé todavía por desarrollarse; y, por otro lado, la chica a la que da vida la encantadora Anaïs Demoustier (alguien a quien no soporté en la cinta Bird People; Pascale Ferran, 2014), quien se ve obligada a fungir como contrapunto de David, pero que también acusa contradicciones internas, mucho muy sugeridas, principalmente con una condición de homosexualidad que apenas y sale a la superficie del relato. Y todo es dispuesto por parte del director y guionista sin cargas morales ni pretensiones mayúsculas, simplemente como una divertida narración que, de paso, plantea interrogantes propias de las sociedades modernas; ¿es un travestido necesariamente un homosexual? y, de serlo, ¿tendría algo de malo esa característica en la potencial formación de un niño?

Una nueva amiga, como producto de la industria cinematográfica francesa, me hace mirar con cierta envidia a ese país europeo, pues me brinca a los ojos el hecho de que en México prácticamente no se filmen películas lo mismo efectivas que inteligentes para su consumo masivo, característica que no es privativa del cine de François Ozon, que más bien reluce como constante de los directores promedio de aquel país. En otras palabras, echo de menos la llamada “época de oro” del cine mexicano, en donde –como es el caso de la cinta en cuestión- se abordaban de manera pertinente temáticas que, paralelamente, ejercían un proceso de identificación con el espectador y se establecían como un medio ideal de entretenimiento.

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