Hablar de experiencias cinematográficas en estos días ya no tiene tanto
que ver con lo que técnicamente, de manera formal, significaba involucrarse en
un hábito fílmico. Quiero decir que para ver una película propiamente ya no
estamos hablando de observar una proyección de película a través de un
cinematógrafo, en una clásica sala obscura. Hoy, para bien o para mal, el
ejercicio de apreciar un producto audiovisual se ha alejado de cualquier
estandarización o consideración técnica o ritual; está al alcance de las
personas, por ejemplo, el poder apreciar en una película a través de una
pantalla inteligente, desde casa, con un sinnúmero de filmes que ya han sido
transferidos al formato digital.
Si en lo que concierne al espectador ha habido cambios sustanciales, qué
decir de lo correspondiente a los propios procesos de producción y realización,
mismos que vía la simplificación de métodos y la capacidad de alcance que se
tiene a partir de utilizar las distintas plataformas digitales existentes,
hacen factible la materialización de nuevas formas audiovisuales.
Kung Fury
Este año me ha sorprendido el fenómeno cibernético-global que ha
significado el estreno del mediometraje sueco Kung Fury (David
Sandberg, 2015), mismo que fue financiado desde un portal Web
(kickstarter.com), con recursos donados por personas de a pie y, como
correspondía, fue estrenado desde el mismo reducto, a través del sitio de
videos YouTube.
Si la producción y distribución de Kung Fury fueron sui
géneris, el contenido del proyecto mismo quizás rebase lo vanguardista de su
concepción.
En Kung Fury seguimos a un policía fuera de la ley (el
propio David Sandberg) epónimo de la cinta quien, tras haber sufrido la mordedura
de una serpiente y al mismo tiempo haber recibido la descarga de un rayo sobre
su propia persona, se convierte en un agente experto en artes marciales, un
superhéroe asentado en las calles de Miami, justo a mediados de los años 80.
Sin embargo, un letal enemigo viaja a través de tiempo para tratar de hacerse
del título de “el mejor exponente del kung-fu de la historia”; el antagonista
es nada menos que el líder nazi Adolfo Hitler (Jorma Taccone).
En medio de tan irónica línea argumental, nos encontramos con una serie
de personajes ricos en diversidad: desde un dios escandinavo hasta un
triceratops vestido de policía, pasando por un hacker cibernético capaz de
explorar e irse a los límites de los códigos del tiempo y de los propios seres
humanos.
Kung Fury es una deliciosa parodia/homenaje a cierto tipo de cine de acción
y series de televisión populares realizadas en los Estados Unidos, florecientes
entre los años 80 y 90 del siglo pasado. Hay esencias de la trilogía de Volver
al futuro (Robert Zemeckis; 1985-1990), trazados de personajes
similares a los de Arma mortal (Richard Donner, 1987), Duro
de matar (John McTiernan, 1988) o Robocop (Paul
Verhoeven, 1987); referencias directas a programas televisivos como El
auto fantástico (Glen A. Larson, 1982) y a una concepción
visual-narrativa muy similar a una marejada de videos musicales tipo Beat
It de Michael Jackson (1982), difundidos a través del canal de
televisión por cable MTV (y un montón de referencias culturales que seguramente
se me escapan). Y todo lo descrito está expuesto como si de una cinta formato
VHS se tratara.
Kung Fury es una comedia de acción inteligente, genialmente satírica, una
experiencia con la que puede uno perfectamente regodearse en tópicos
excelsamente abordados, siempre en clave de humor, pareciéndome quizás que el
goce máximo de su visionado es posible que esté acotado y específicamente
delineado para espectadores que hayamos mamado todo ese maremágnum de cultura
pop a la que hace referencia la película en cuestión.
No obstante las transgresoras e iconoclastas forma y fondo contenidas en
un proyecto como Kung Fury, paradójicamente la conclusión que me
deja esta experiencia audiovisual es que hay cosas que nunca cambiarán; y es
que, aunque los modos de producción y distribución fílmica tiendan
irremediablemente a evolucionar, el ingenio, la capacidad creativa y el talento
narrativo será lo que finalmente -como ha sido siempre- habrá de soportar al
relato que, en este caso, me pareció ampliamente satisfactorio.

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