viernes, 10 de julio de 2015

Nuevas experiencias y viejas verdades


Hablar de experiencias cinematográficas en estos días ya no tiene tanto que ver con lo que técnicamente, de manera formal, significaba involucrarse en un hábito fílmico. Quiero decir que para ver una película propiamente ya no estamos hablando de observar una proyección de película a través de un cinematógrafo, en una clásica sala obscura. Hoy, para bien o para mal, el ejercicio de apreciar un producto audiovisual se ha alejado de cualquier estandarización o consideración técnica o ritual; está al alcance de las personas, por ejemplo, el poder apreciar en una película a través de una pantalla inteligente, desde casa, con un sinnúmero de filmes que ya han sido transferidos al formato digital.
Si en lo que concierne al espectador ha habido cambios sustanciales, qué decir de lo correspondiente a los propios procesos de producción y realización, mismos que vía la simplificación de métodos y la capacidad de alcance que se tiene a partir de utilizar las distintas plataformas digitales existentes, hacen factible la materialización de nuevas formas audiovisuales.

Kung Fury

Este año me ha sorprendido el fenómeno cibernético-global que ha significado el estreno del mediometraje sueco Kung Fury (David Sandberg, 2015), mismo que fue financiado desde un portal Web (kickstarter.com), con recursos donados por personas de a pie y, como correspondía, fue estrenado desde el mismo reducto, a través del sitio de videos YouTube.

Si la producción y distribución de Kung Fury fueron sui géneris, el contenido del proyecto mismo quizás rebase lo vanguardista de su concepción.

En Kung Fury seguimos a un policía fuera de la ley (el propio David Sandberg) epónimo de la cinta quien, tras haber sufrido la mordedura de una serpiente y al mismo tiempo haber recibido la descarga de un rayo sobre su propia persona, se convierte en un agente experto en artes marciales, un superhéroe asentado en las calles de Miami, justo a mediados de los años 80. Sin embargo, un letal enemigo viaja a través de tiempo para tratar de hacerse del título de “el mejor exponente del kung-fu de la historia”; el antagonista es nada menos que el líder nazi Adolfo Hitler (Jorma Taccone).

En medio de tan irónica línea argumental, nos encontramos con una serie de personajes ricos en diversidad: desde un dios escandinavo hasta un triceratops vestido de policía, pasando por un hacker cibernético capaz de explorar e irse a los límites de los códigos del tiempo y de los propios seres humanos.

Kung Fury es una deliciosa parodia/homenaje a cierto tipo de cine de acción y series de televisión populares realizadas en los Estados Unidos, florecientes entre los años 80 y 90 del siglo pasado. Hay esencias de la trilogía de Volver al futuro (Robert Zemeckis; 1985-1990), trazados de personajes similares a los de Arma mortal (Richard Donner, 1987), Duro de matar (John McTiernan, 1988) o Robocop (Paul Verhoeven, 1987); referencias directas a programas televisivos como El auto fantástico (Glen A. Larson, 1982) y a una concepción visual-narrativa muy similar a una marejada de videos musicales tipo Beat It de Michael Jackson (1982), difundidos a través del canal de televisión por cable MTV (y un montón de referencias culturales que seguramente se me escapan). Y todo lo descrito está expuesto como si de una cinta formato VHS se tratara.

Kung Fury es una comedia de acción inteligente, genialmente satírica, una experiencia con la que puede uno perfectamente regodearse en tópicos excelsamente abordados, siempre en clave de humor, pareciéndome quizás que el goce máximo de su visionado es posible que esté acotado y específicamente delineado para espectadores que hayamos mamado todo ese maremágnum de cultura pop a la que hace referencia la película en cuestión.

No obstante las transgresoras e iconoclastas forma y fondo contenidas en un proyecto como Kung Fury, paradójicamente la conclusión que me deja esta experiencia audiovisual es que hay cosas que nunca cambiarán; y es que, aunque los modos de producción y distribución fílmica tiendan irremediablemente a evolucionar, el ingenio, la capacidad creativa y el talento narrativo será lo que finalmente -como ha sido siempre- habrá de soportar al relato que, en este caso, me pareció ampliamente satisfactorio.

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