miércoles, 16 de noviembre de 2016

Lingüística y ciencia ficción al servicio de una emocionante película


A ritmo de una película por año en el último lustro, el cineasta canadiense Denis Villeneuve (Tierra de nadie: Sicario, 2015) se ha apropiado paulatinamente de un lugar nada sencillo de tomar dentro de la industria fílmica mundial: ese en el que convergen lo mismo altas consideraciones autorales que comerciales.

Conocí a Villeneuve a través de ese potente drama maternofilial titulado La mujer que cantaba (2010), cinta en la que sobre todo descubrí a uno de esos narradores que se saben de cabo a rabo el oficio cinematográfico, que ponderan en un nivel muy equilibrado el entretenimiento y la reflexión.

jueves, 6 de octubre de 2016

Vacuo y redundante ejercicio de sustos efímeros


Está muy pronunciada en el mundo del cine esa frase que dice que “segundas partes nunca fueron buenas”. Y en alguna medida está llena de razón, exceptuando por supuesto cintas mayores que superan cualquier categorización dentro de la industria cinematográfica. Me refiero a películas como El padrino II (Francis Ford Coppola, 1974), Aparajito (Satyajit Ray, 1956), Saraband (Ingmar Bergman, 2003) o El caballero de la noche (Christopher Nolan, 2008).

viernes, 30 de septiembre de 2016

Ineficacia narrativa en espacios reducidos


Nunca he sido adepto al subgénero cinematográfico catastrofista. Son escasas las experiencias de esta vertiente fílmica que puedo señalar como “memorables”. Me vienen a la cabeza un par de prodigiosos ejercicios técnicos  filmados en los respectivos arranques de las cintas Más allá de la vida (Clint Eastwood, 2010) y Lo imposible (J.A. Bayona, 2012), mismos que recreaban de manera trepidante y temible el tsunami que afectó áreas importantes del sudeste asiático en 2004. También tengo presente ¡Viven! (Frank Marshall, 1993), obra que repetían hasta el cansancio en la televisión durante mi infancia, en la que se retrataba adecuadamente –a secas el avionazo en Los Andes, exponiéndose las vicisitudes experimentadas por los sobrevivientes.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Vanguardia formal en una cinta más del holocausto


El llamado “holocausto judío” es ya un subgénero dentro del cine europeo y estadounidense. Entre los distintos relatos sobre los aconteceres en campos de concentración nazis, confluyen temáticas tan heterogéneas en sus contenidos como diversas en la calidad lograda. Quizá el punto más alto en términos comerciales y artísticos haya sido alcanzado con el filme La lista de Schindler (1993), cinta en la que el director Steven Spielberg llegó a su esplendor como realizador, adaptando la novela autoría de Thomas Keneally en la que se esgrimía el drama que supuso para el hombre de negocios Oskar Schindler (Liam Neeson) el haberse ganado la confianza de altos mandos del nacismo, so pretexto de salvar la vida de algunas decenas de judíos. Recuerdo haber tenido a esta película en mi primera juventud como la favorita indiscutible, cayéndoseme del “podio” tras algunos visionados y el paso del tiempo, sobre todo en lo relativo al sentimentalismo tan consciente y manipuladoramente estampado, no pudiendo soslayar en todo caso las virtudes técnicas de la obra en cuestión (concretamente aquella alucinante secuencia del desalojo al gueto de Cracovia).

Para ser justo, he de mencionar otro par de filmes del año 2002 que, por su originalidad argumental y conducción, me parecen dignos de ser resaltados, siempre en el tema relativo al holocausto: El pianista (Roman Polanski) y Amén (Costa-Gavras). El primero, un biopic del músico Wladyslaw Szpilman, quien tras la invasión nazi a Polonia tuvo que vivir a escondidas y aislado hasta su rescate; y, el segundo, que narraba la indiferencia clerical y política ante los crímenes del Tercer Reich.

Naturaleza, choques culturales y viajes iniciáticos


Desde la perspectiva de este quien escribe, el cineasta que mejor ha retratado en pantalla las relaciones del hombre con la naturaleza se llama Terrence Malick, un director que con filmes como La delgada línea roja (1998) o El árbol de la vida (2011) ha dejado una huella inimitable en tanto a la simbiosis narrativa y formal experimentada por las personas y sus correspondientes entornos.

Una temática recurrente en la relación del ser humano y los ambientes naturales tiene que ver con el choque de civilizaciones. Y si antes he dicho que Malick es el cineasta naturalista por excelencia, era de esperarse que en su filmografía pudiéramos encontrar algún retrato de ciertos contrastes culturales, en su caso tomando como punto de partida la leyenda de Pocahontas a través de la cinta El nuevo mundo (2005), en donde atestiguamos un drama romántico entre un conquistador y una nativa americana en el siglo XVII.

Dicho lo anterior, añado que en el cine de las relaciones hombre/naturaleza y su variable de “encuentro de civilizaciones”, también suele estar contenida la circunstancia de los “viajes iniciáticos”, definidos como aquellas aventuras en las que un personaje habrá de cambiar su cosmovisión derivado de las experiencias vividas. En este apartado, cabe rememorar ese clásico del cine que es Dersu Uzala. El cazador (Akira Kurosawa, 1975), en donde un soldado encuentra un estado de armonía natural como consecuencia de su encuentro con un nómada de los bosques siberianos. Añadiría también al filme mexicano Cabeza de Vaca (Nicolás Echevarría, 1991), en donde el conquistador español -epónimo del relato fílmico- era tomado preso por un grupo de indígenas americanos, recogiendo las primeras observaciones etnográficas de aquellos grupos prehispánicos y manifestando alguna vuelta de tuerca existencial.

Pulcro y sutil drama romántico


Los romances reprimidos por las circunstancias sociohistóricas han arrojado varios de los mejores títulos en la historia del cine. Rememoro con veneración máxima obras como Casablanca (Michael Curtiz, 1942), Los girasoles de Rusia (Vittorio De Sica, 1970) o Deseando amar (Wong Kar-Wai, 2000), filmes de aquellos que no obstante te tiran al piso en términos de la emocionalidad que logran transmitir, son de obligado visionado por lo menos para este quien escribe.

Uno de los nombres venidos al cine a través de la literatura es el de Patricia Highsmith (1921-1995), autora más relacionada con temáticas criminales casi siempre contadas a través del suspenso, más famosa por haber engendrado la serie Ripley a través de cinco novelas. Y es gracias a la propia Highsmith que se han filmado películas más que acertadas como Pacto siniestro (Alfred Hitchcock, 1951), A pleno sol (René Clément, 1960) o El talento de Mr. Ripley (Anthony Minghella, 1999).

Transgresión de forma compleja y narrativa simple


El nombre de Charlie Kaufman lo asocio con el cine hecho por y para los modernos. El nacido en Nueva York ha de estar por regla general detrás de guiones vanguardistas y únicos, aunque no por ello siempre acertados.

Le tengo particular fobia a un par de textos fílmicos rubricados por Kaufman: ¿Quieres ser John Malkovich? (Spike Jonze, 1999) y Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Michel Gondry, 2004). En ambas películas, si bien hay un desborde de ingenio por parte del guionista, en la primera proponiendo el acceso de un hombre (John Cusack) a la mente del actor John Malkovich, y en la segunda confrontando a un individuo (Jim Carrey) con la pérdida de sus recuerdos, en el par de ocasiones que he visto las cintas en cuestión no dejo de pensar que hay una aspiración por parte del escritor y de sus respectivos directores en establecer esquemas rupturistas, de encontrar el hilo negro en los menesteres cinematográficos.

Contrario a los anteriores filmes, tengo un buen recuerdo de El ladrón de orquídeas (Spike Jonze, 2002), película en la que el protagonista (Nicolas Cage) es una suerte de encarnación del propio Charlie Kaufman en plena crisis creativa, entrecruzándose nociones de realidad y ficción, encontrando para mi gusto una armonía y originalidad siempre en nombre del conjunto del relato.