El nombre de Charlie Kaufman lo asocio con el cine hecho
por y para los modernos. El nacido en Nueva York ha de estar por regla general detrás
de guiones vanguardistas y únicos, aunque no por ello siempre acertados.
Le tengo particular fobia a un par de textos fílmicos
rubricados por Kaufman: ¿Quieres ser John
Malkovich? (Spike Jonze, 1999) y Eterno
resplandor de una mente sin recuerdos (Michel Gondry, 2004). En ambas
películas, si bien hay un desborde de ingenio por parte del guionista, en la
primera proponiendo el acceso de un hombre (John Cusack) a la mente del actor
John Malkovich, y en la segunda confrontando a un individuo (Jim Carrey) con la
pérdida de sus recuerdos, en el par de ocasiones que he visto las cintas en
cuestión no dejo de pensar que hay una aspiración por parte del escritor y de
sus respectivos directores en establecer esquemas rupturistas, de encontrar el
hilo negro en los menesteres cinematográficos.
Contrario a los anteriores filmes, tengo un buen recuerdo
de El ladrón de orquídeas (Spike
Jonze, 2002), película en la que el protagonista (Nicolas Cage) es una suerte
de encarnación del propio Charlie Kaufman en plena crisis creativa,
entrecruzándose nociones de realidad y ficción, encontrando para mi gusto una armonía
y originalidad siempre en nombre del conjunto del relato.