Está muy pronunciada en el
mundo del cine esa frase que dice que “segundas
partes nunca fueron buenas”. Y en alguna medida está llena de razón,
exceptuando por supuesto cintas mayores que superan cualquier categorización dentro
de la industria cinematográfica. Me refiero a películas como El padrino II (Francis Ford Coppola,
1974), Aparajito (Satyajit Ray, 1956),
Saraband (Ingmar Bergman, 2003) o El caballero de la noche (Christopher
Nolan, 2008).
Dentro del cine de horror, la mala fama de las secuelas
ha sido ganada a pulso. Quizá el caso más célebre sea el de El exorcista II-El hereje (John Boorman, 1977), prolongando innecesariamente el
universo de El exorcista (William
Friedkin, 1973) que, en su momento, había sido consensuadamente el más
terrorífico jamás filmado –a mí nunca me lo pareció.
La bruja de Blair
Este año, las salas de cine proyectaron
nuevamente las andanzas de un grupo de jóvenes en los bosques de Maryland con
el estreno de La bruja de Blair (Blair Witch. Adam Wingard, 2016), cinta
que supone una nueva secuela del filme germinal El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez,
1999), tomando en cuenta que en el año 2000 fue estrenada la intrascendente La bruja de Blair 2 (Joe Berlinger).
En La bruja de Blair más reciente seguimos las peripecias de cuatro amigos
que buscan conocer la verdad acerca del extravío de tres estudiantes de cine
hace casi veinte años, en la gran arboleda marylandesa, siendo uno de ellos el
hermano menor de la documentalista que integraba la triada de desaparecidos. A
la búsqueda se suma una pareja, que encontró las cintas que los extraviados
grabaron en su momento.
Las acciones se desarrollan
casi en su totalidad entre árboles y vegetación, siendo contado el relato a
partir de las cámaras que los miembros de la expedición cargan consigo (digitales
esta vez, con drone incluido).
A diferencia de la obra
primigenia, que tenía su punto de interés a partir del correcto retrato del
desconcierto y la desesperación de los protagonistas, en la más reciente
entrega de la saga de Blair atendemos
simplemente un juego efectista que pretende asustar en pequeñas dosis al
espectador, con ejercicios reiterativos de cámara subjetiva (siempre moviéndose
bruscamente) y de la tranquilidad alterada por sonidos estruendosos. La trama
es prácticamente análoga a la de El
proyecto de la bruja de Blair, de principio a fin, proponiendo el cineasta Adam Wingard como gran diferenciador a la tecnología con la que cuentan los
personajes a cuadro, misma que termina por dar lo mismo.
Avance cinematográfico de La bruja de Blair
Es en la propia estructura
que La
bruja de Blair resulta totalmente arbitraria. En la película original,
la presencia de fenómenos paranormales incluso era puesta en duda, resumiéndose
la solvencia narrativa de la misma en términos del horror a partir de lo sugerido.
En cambio, esta última entrega trasciende las pautas del filme predecesor sin
llegar a aterrizar a nivel de la historia los motivos de ciertos personajes, algunos
de los cuales aparentemente llegan a establecer algún tipo de contacto con un
ser demoniaco, sin ir más allá.
Dejando claro que La
bruja de Blair no es la peor película del mundo, sí que desemboca en un superfluo
y redundante ejercicio de prolongación de la saga, dando como resultado una
nueva secuela fallida, inscribiéndose en
ese grupillo de películas medianas de horror que abundan en las pantallas
comerciales de cine, similar en lo vacuo de su propuesta a filmes como El último exorcismo (Daniel Stamm,
2010), Actividad paranormal 2 (Tod
Williams, 2010) o Detrás de las paredes
(Jim Sheridan, 2011), por mencionar (hay muchísimas más).

No hay comentarios:
Publicar un comentario