jueves, 6 de octubre de 2016

Vacuo y redundante ejercicio de sustos efímeros


Está muy pronunciada en el mundo del cine esa frase que dice que “segundas partes nunca fueron buenas”. Y en alguna medida está llena de razón, exceptuando por supuesto cintas mayores que superan cualquier categorización dentro de la industria cinematográfica. Me refiero a películas como El padrino II (Francis Ford Coppola, 1974), Aparajito (Satyajit Ray, 1956), Saraband (Ingmar Bergman, 2003) o El caballero de la noche (Christopher Nolan, 2008).

Dentro del cine de horror, la mala fama de las secuelas ha sido ganada a pulso. Quizá el caso más célebre sea el de El exorcista II-El hereje (John Boorman, 1977), prolongando innecesariamente el universo de El exorcista (William Friedkin, 1973) que, en su momento, había sido consensuadamente el más terrorífico jamás filmado –a mí nunca me lo pareció.

La bruja de Blair

Este año, las salas de cine proyectaron nuevamente las andanzas de un grupo de jóvenes en los bosques de Maryland con el estreno de La bruja de Blair (Blair Witch. Adam Wingard, 2016), cinta que supone una nueva secuela del filme germinal El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999), tomando en cuenta que en el año 2000 fue estrenada la intrascendente La bruja de Blair 2 (Joe Berlinger).

En La bruja de Blair más reciente seguimos las peripecias de cuatro amigos que buscan conocer la verdad acerca del extravío de tres estudiantes de cine hace casi veinte años, en la gran arboleda marylandesa, siendo uno de ellos el hermano menor de la documentalista que integraba la triada de desaparecidos. A la búsqueda se suma una pareja, que encontró las cintas que los extraviados grabaron en su momento.

Las acciones se desarrollan casi en su totalidad entre árboles y vegetación, siendo contado el relato a partir de las cámaras que los miembros de la expedición cargan consigo (digitales esta vez, con drone incluido).

A diferencia de la obra primigenia, que tenía su punto de interés a partir del correcto retrato del desconcierto y la desesperación de los protagonistas, en la más reciente entrega de la saga de Blair atendemos simplemente un juego efectista que pretende asustar en pequeñas dosis al espectador, con ejercicios reiterativos de cámara subjetiva (siempre moviéndose bruscamente) y de la tranquilidad alterada por sonidos estruendosos. La trama es prácticamente análoga a la de El proyecto de la bruja de Blair, de principio a fin, proponiendo el cineasta Adam Wingard como gran diferenciador a la tecnología con la que cuentan los personajes a cuadro, misma que termina por dar lo mismo.


Avance cinematográfico de La bruja de Blair

Es en la propia estructura que La bruja de Blair resulta totalmente arbitraria. En la película original, la presencia de fenómenos paranormales incluso era puesta en duda, resumiéndose la solvencia narrativa de la misma en términos del horror a partir de lo sugerido. En cambio, esta última entrega trasciende las pautas del filme predecesor sin llegar a aterrizar a nivel de la historia los motivos de ciertos personajes, algunos de los cuales aparentemente llegan a establecer algún tipo de contacto con un ser demoniaco, sin ir más allá.

Dejando claro que La bruja de Blair no es la peor película del mundo, sí que desemboca en un superfluo y redundante ejercicio de prolongación de la saga, dando como resultado una nueva secuela fallida, inscribiéndose en ese grupillo de películas medianas de horror que abundan en las pantallas comerciales de cine, similar en lo vacuo de su propuesta a filmes como El último exorcismo (Daniel Stamm, 2010), Actividad paranormal 2 (Tod Williams, 2010) o Detrás de las paredes (Jim Sheridan, 2011), por mencionar (hay muchísimas más).

Para entendernos: cuando pienso en el mejor cine de horror que he visto, rememoro obras como Los pájaros (Alfred Hitchcock, 1963), El bebé de Rosemary (Roman Polanski, 1968), La profecía (Richard Donner, 1976) y Los otros (Alejandro Amenábar, 2001); más recientemente -durante la última década- me dejaron muy buen sabor los filmes [•REC] (Jaume Balagueró y Paco Plaza, 2007), Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008) y Mientras duermes (Jaume Balagueró, 2011), cintas que conseguidamente superaron el efímero “brinco en la butaca” para prolongar la experiencia del terror desde niveles psicológicos hasta angustias congénitas del ser humano.

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