Nunca he sido adepto al
subgénero cinematográfico catastrofista. Son escasas las experiencias de esta
vertiente fílmica que puedo señalar como “memorables”. Me vienen a la cabeza un
par de prodigiosos ejercicios técnicos
filmados en los respectivos arranques de las cintas Más allá de la vida (Clint Eastwood, 2010) y Lo imposible (J.A. Bayona, 2012), mismos que recreaban de manera
trepidante y temible el tsunami que afectó áreas importantes del sudeste
asiático en 2004. También tengo presente ¡Viven!
(Frank Marshall, 1993), obra que repetían hasta el cansancio en la televisión
durante mi infancia, en la que se retrataba adecuadamente –a secas– el avionazo
en Los Andes, exponiéndose las vicisitudes experimentadas por los
sobrevivientes.
Temblor del 85
Si hay un acontecimiento que
en la historia reciente de México ha marcado a la sociedad en términos trágicos
y de cohesión es sin duda el terremoto del 19 de septiembre de 1985, catástrofe
que cobró la vida de al menos 10 mil personas en la capital.
Este año, el cineasta
mexicano Jorge Michel Grau estrenó en pantalla grande 7:19, tercer largometraje de una filmografía inaugurada con el
relato criminal Somos lo que hay
(2010).
Avance cinematográfico de 7:19
En 7:19 atestiguamos el drama de un par de personajes que quedan
atrapados bajo los escombros de algún edificio público luego de ocurrido el
movimiento telúrico: un alto funcionario de nombre Fernando Pellicer (Demián
Bichir) y el conserje Martín Soriano (Héctor Bonilla). El filme casi en su
totalidad busca retratar los estados de ánimo, padecimientos y diferencias
entre los protagonistas, quienes son acompañados –fuera de campo– por otros
personajes que complementan la narración.
La cinta se torna plana y se hace cansada. El director y coguionista (el libro cinematográfico
también está firmado por Alberto Chimal) busca darle fluidez al relato a partir
de chascos y pequeños dramas adicionales que resultan fallidos, pareciéndole a
este quien escribe tanto el prólogo como el epílogo los momentos más
rescatables; principalmente el primero, en el que Michel Grau demuestra una
destreza técnica notable al retratar a través de un plano secuencia la
cotidianeidad en un sitio que, a la postre, sería afectado por el desastre
natural, denotando también una acertada economía fílmica al no registrar de forma
aparatosa el incidente.
Me da la impresión de que 7:19 no fue concebida con el ánimo de
que contar una historia o verter la cosmovisión de un autor sobre un tema en
específico, más bien luce como un ejercicio de reto y destreza cinematográfica
que pretendía conseguir eficacia en una narración comprendida básicamente por
dos personajes en soledad, quedándose unos pasos por detrás del filme español Enterrado (Rodrigo Cortés, 2010), en el
que se atendía entretenidamente –durante hora y media- a un hombre (Ryan
Reynolds) encerrado en un ataúd. Ya no digamos cualquier ejercicio fílmico
propuesto por Alfred Hitchcock (Náufragos
de 1944, por mencionar).
En el rubro histriónico,
quedan a deber tanto Bichir como Bonilla, con diálogos forzados y cambios en
sus estados de ánimo poco consistentes, no pudiendo ser sostenidos sus papeles
dada la débil premisa argumental sustentada a partir de las diferencias
socioeconómicas de los involucrados.
Acaso el apartado de la mezcla de sonido tiene un “sobresaliente” pues mucho abonó a la sensación límite propuesta por el director.
7:19 es una película regular que supera a Trágico
terremoto en México (Francisco Guerrero, 1987), su predecesora temática,
aunque los espectadores quedamos todavía
a la espera de la cinta definitiva sobre el terremoto de 1985.

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