Hacía tiempo que un estreno cinematográfico no me removía
y conmovía tanto como En primera plana
(Spotlight. Thomas McCarthy, 2015).
Y es que la experiencia del cine, si bien la identifico
como aquella manifestación artística que más placer me causa, es muy diversa
como diversos son los productos que en ella confluyen. Desde luego que hay
buenas, medianas y malas películas; pero también están aquellas que trascienden
a la simple experiencia fílmica, cintas que te pasean por la cabeza de manera
constante durante días posteriores a su proyección, obras que inscribiría en
una definición parecida a la de “cine total”, trabajos que invitan a la cavilación
y que también llegan a sacudir las emociones.
En primera plana
Es posible que el periodismo como hoy lo conocemos haya
ido desarrollándose a través de la historia a la par que el cine.
Son diversas las obras fílmicas que han llevado el
quehacer periodístico a la gran
pantalla, comenzando por ese título icónico que es Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941), considerada la quintaescencia
cinematográfica por los estudiosos del arte de la imagen en movimiento.
Personalmente, mis cintas predilectas de lo noticioso corresponden a uno de mis
directores favoritos, el cineasta austriaco-estadounidense Billy Wilder, quien
con El gran carnaval (1951) y Primera plana (1974), filmes tan
irónicos como mordaces, establecía una suerte de crítica al sensacionalismo
mediático, siempre con la prolijidad y fineza característica del también
director de El ocaso de una estrella
(1950).
Este año se estrenó en salas de cine mexicanas En primera plana, quinto largometraje
del cineasta estadounidense Thomas McCarthy (The Visitor, 2007).
En
primera plana retoma la construcción de un reportaje
realizado en el año 2002 por un grupo de investigación del periódico Boston Globe, mismo que destapó todo un
entramado de abusos sexuales perpetrados en la ciudad capital del estado de Massachusetts,
en donde decenas de sacerdotes habían sido encubiertos lo mismo por jueces,
abogados, medios de comunicación que por la propia sociedad. La trama, basada
en hechos reales, transcurre a partir de la llegada de un nuevo jefe de redacción
al diario (Liev Schreiber), quien encarga al líder de la unidad de
investigación “Spotlight” (Michael Keaton) y a su equipo (Mark Ruffalo, Rachel
McAdams y Brian d'Arcy James) dar continuidad a los mencionados casos de
violación.
Por principio de cuentas, he de decir que En primera plana, a partir de ya,
seguramente será el principal referente cinematográfico de lo que debe ser el
correcto proceder periodístico, marcándose pautas en términos de lo que es
ideal al realizar una pesquisa prolongada, contrastada y acudiendo a fuentes
directas, en donde la intríngulis informativa consista en desenmarañar un tema
harto complejo de abordar como es el de los abusos sexuales por parte de
sacerdotes. En este sentido, la mencionada cinta me hizo pensar mucho en aquel
título ya convertido en clásico dirigido por Alan J. Pakula, Todos los hombres del presidente (1976),
en el que un par de periodistas (interpretados por Robert Redford y Dustin
Hoffman) desenredaban una serie de actuares corruptos enmarcados en el llamado caso Watergate, terminando por orillar
al entonces presidente Richard Nixon a dimitir.
En primera plana alcanza la perfección en todos los
elementos que la conforman, comenzando por una dirección que brilla por su
solvencia, atrapando al espectador desde el comienzo y llevándolo a
lugares que van desde el simple goce de
la investigación presentada hasta rasgos reflexivos que se vuelven
paulatinamente más turbios, principalmente encerrados en una suerte de
complicidad indirecta por parte de la sociedad que prefiere mirar hacia otro
lado cuando su fe se ve manchada por actos moralmente lesivos y objetivamente
criminales, todo contenido en un guión perfectamente estructurado, en un
trazado dramático al que nada le sobra.
Y qué decir de las interpretaciones, en las que caras tan
cinematográficamente reconocibles como las de Michael Keaton, Mark Ruffalo o
Rachel McAdams te las crees arremangándose sus respectivas camisas, con
histriones complementarios a prueba de fallas como Liev Schreiber, John Slattery
y Stanley Tucci, que dotan de empaque a un relato de múltiples aristas.
Si bien En primera
plana es deudora en términos narrativos de Todos los hombres del presidente, la película de McCarthy supera a
la de J. Pakula en su capacidad de retratar las ambivalencias y contradicciones
del ser humano, no teniendo la certeza uno como espectador de que aquello que
vio en pantalla se trató de un acto heroico o simplemente de la explosión
natural de una práctica tan deleznable como añeja (el abuso sacerdotal), en una
sociedad (la de Boston, pero que podría ser la de cualquier lugar de la Tierra)
que prefiere guardar silencio ante un mal sistémico.
En
primera plana carece de solemnidad y maniqueísmos: lo
mismo te presenta la compleja postura de un clérigo admitiendo que sostuvo
relaciones sexuales con un menor, sin
considerar el hecho como algo propiamente negativo, que a un hombre de familia
viviendo en plena madurez y realización personal al que le salta desde el
recuerdo el hecho de que en algún momento de su niñez también fue víctima.
Aprecio sobre todo que el cineasta Thomas McCarthy no
haya utilizado efectismos baratos sobre un tema que seguramente puede prestarse
a ello, priorizando un ánimo por tocar la mayor cantidad de puertas posibles en
una temática que no se limita a las denuncias personales, que tiene que ver con
todo un sistema permisivo (razonamiento dado desde la realización del mismo
reportaje), que en nombre de preservar la “integridad” de las instituciones propicia
el que los religiosos no sientan el peso de la justicia, una conclusión a la
que también llegó por cierto esa otra cinta desasosegante titulada El club (Pablo Larraín, 2015).

Tu mirada en torno a esta película también remueve/conmueve/recrea el pensamiento, las emociones y el apetito cinematográfico. Estupenda crítica :)
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