martes, 8 de marzo de 2016

Otra cinta pretenciosa de Iñárritu


Desde Babel (2006) hasta Birdman o (La Inesperada Virtud de la Ignorancia) (2014), pasando por Biutiful (2010), el cine de Alejandro González Iñárritu me parece a lo menos sobrevalorado.

La película de su autoría que concibo como la más redonda es 21 gramos (2003), drama de una complejidad notable en donde el director mexicano ponía sus dotes técnicos al servicio de una historia (guión de Guillermo Arriaga) y unos actores (Sean Penn, Benicio Del Toro y Naomi Watts) en verdadero estado de gracia.

En el caso de su ópera prima, Amores perros (2000), he de decir que me gustó mucho cuando la vi en su estreno, menguándose el mencionado punto de vista tras posteriores visionados; se me cae la película cada vez que la retomo.

Mi problema con las cintas dirigidas por González Iñárritu radica en el hecho de que siempre veo a un cineasta tratando de impresionar, de demostrar que es un maestro en el arte de la imagen en movimiento, disciplina en la que, a mi modo de ver, tendría resultados más eficaces si se limitara a tomar proyectos meramente industriales, en los que se circunscribiera a componer planos, a colocar la cámara en el sitio más conveniente (que sin duda lo sabe hacer), dejando de lado sus aspiraciones de profundidad literaria y narrativa. 
El renacido

Dado que lo mismo público que crítica se han puesto de rodillas ante el señor Iñárritu a partir de obras que en lo personal me hacen rechinar los dientes, más aún luego de que la Academia estadounidense le premiara hasta el cansancio el año pasado con Birdman o (La Inesperada Virtud de la Ignorancia), ninguna esperanza tuve de que la cosa cambiara en su más reciente trabajo, El renacido (The Revenant, 2015).

En El renacido seguimos la historia de un explorador del siglo XIX (Leonardo DiCaprio) que, tras ser atacado por una osa en plena expedición, es abandonado por sus colegas, particularmente bajo la influencia de uno de ellos (Tom Hardy). Sin embargo, el protagonista logra sobrevivir, habiendo advertido previamente que su hijo (Forrest Goodluck) fue asesinado por el mismo que motivó el que le abandonaran en medio de los fríos bosques norteamericanos.

Qué duda cabe que El renacido, desde sus aspectos técnicos, ostenta una calidad insuperable, principalmente en el apartado de la fotografía, obra del justificadamente alabado Emmanuel Lubezki, quien se pone al servicio de la propia naturaleza para conjugar todas las variables que ésta le presenta, mostrando dominios plenos en términos conceptuales y prácticos de la luz. También Iñárritu expone su sapiencia en torno a la disposición de la gramática fílmica, recreando eficazmente algunas escenas de violencia en las que el realismo y el ritmo vertiginoso juegan un papel preponderante, calificando este quien escribe como la mejor secuencia aquella en la que la mamá oso ataca a DiCaprio; imposible haberlo hecho mejor.

Sin embargo, es en el trazado de la historia y en las formas narrativas que sigo palpando un déficit enorme en el cine de Alejandro González Iñárritu. En el aspecto de los personajes, se evidencia un tono maniqueo propio de las películas de dibujos animados infantiles, en donde el tipo al que da vida Tom Hardy resulta un villano en toda regla (el más malo de todos), sin mostrar motivaciones o contrastes que nos permitan sacarle más jugo al actante referido. Con Leonardo DiCaprio vemos la contraparte: un tipo martirizado de principio a fin, del que tampoco se nos muestran contrapuntos, con un trazado concentrado en circunstancias meramente físicas (retorciéndose todo el tiempo y jadeando), cuyo máximo mérito histriónico seguramente radica en que mordió un pez crudo.

Aún más fallido que las delimitaciones de los protagonista en El renacido me resulta ese tufillo a relato de superación personal que persiste en la narración, con un personaje de DiCaprio al que todo le pasa y que de todo se sobrepone; nunca ve uno como espectador realmente comprometida la integridad del hombre pues, desde un inicio, se palpa que habrá de sobrevivir pese a todo, y que lo importante en esto es que nunca se da por vencido. Coronando el panfleto motivacional, pone de manifiesto el director alguna exaltación religiosa sobre el final de la película, literalmente dejando “en manos de Dios” el desenlace del filme. Y lo peor es que está basada en una historia real; hacer inverosímil lo real es un fracaso más del título en cuestión.

Con El renacido, Iñárritu se queda a medio tueste entre el preciosismo lírico dispuesto en las mejores películas de Terrence Malick (El árbol de la vida, 2011) y la epopeya vitalista de Dersu Uzala (El cazador) (Akira Kurosawa, 1975), con un halo permanente de reflexión muy a lo Paulo Coelho (A orillas del río Piedra me senté y lloré, 1994), dando al traste con todas las virtudes que sin duda son manifiestas, pero que no están dispuestas en favor del conjunto, más bien son utilizadas al servicio del lucimiento de un director que obra tras obra denota un ímpetu por encumbrarse.

Iñárritu parece haber encontrado la medida justa entre destreza técnica y tópicos narrativos como para llenar la pupila de los sesudos críticos cinematográficos y de cierto público masivo acrítico (cual buen publicista). Allá él y los suyos: que sigan gozando las muchas distinciones que seguramente le quedan por recibir; a final de cuentas, parece que es ese el objetivo de su obra.

Y seguramente soy yo el que está mal.

No hay comentarios:

Publicar un comentario