Desde Babel
(2006) hasta Birdman o (La Inesperada
Virtud de la Ignorancia) (2014), pasando por Biutiful (2010), el cine de Alejandro González Iñárritu me parece a
lo menos sobrevalorado.
La película de su autoría que concibo como la más redonda
es 21 gramos (2003), drama de una
complejidad notable en donde el director mexicano ponía sus dotes técnicos al
servicio de una historia (guión de Guillermo Arriaga) y unos actores (Sean
Penn, Benicio Del Toro y Naomi Watts) en verdadero estado de gracia.
En el caso de su ópera prima, Amores perros (2000), he de decir que me gustó mucho cuando la vi
en su estreno, menguándose el mencionado punto de vista tras posteriores
visionados; se me cae la película cada vez que la retomo.
Mi problema con las cintas dirigidas por González
Iñárritu radica en el hecho de que siempre veo a un cineasta tratando de
impresionar, de demostrar que es un maestro en el arte de la imagen en
movimiento, disciplina en la que, a mi modo de ver, tendría resultados más
eficaces si se limitara a tomar proyectos meramente industriales, en los que se
circunscribiera a componer planos, a colocar la cámara en el sitio más
conveniente (que sin duda lo sabe hacer), dejando de lado sus aspiraciones de
profundidad literaria y narrativa.
El renacido
Dado que lo mismo público que crítica se han puesto de
rodillas ante el señor Iñárritu a partir de obras que en lo personal me hacen
rechinar los dientes, más aún luego de que la Academia estadounidense le
premiara hasta el cansancio el año pasado con Birdman o (La Inesperada Virtud de la Ignorancia), ninguna
esperanza tuve de que la cosa cambiara en su más reciente trabajo, El renacido (The Revenant, 2015).
En El renacido
seguimos la historia de un explorador del siglo XIX (Leonardo DiCaprio) que,
tras ser atacado por una osa en plena expedición, es abandonado por sus
colegas, particularmente bajo la influencia de uno de ellos (Tom Hardy). Sin
embargo, el protagonista logra sobrevivir, habiendo advertido previamente que
su hijo (Forrest Goodluck) fue asesinado por el mismo que motivó el que le
abandonaran en medio de los fríos bosques norteamericanos.
Qué duda cabe que El
renacido, desde sus aspectos técnicos, ostenta una calidad insuperable,
principalmente en el apartado de la fotografía, obra del justificadamente
alabado Emmanuel Lubezki, quien se pone al servicio de la propia naturaleza
para conjugar todas las variables que ésta le presenta, mostrando dominios
plenos en términos conceptuales y prácticos de la luz. También Iñárritu expone
su sapiencia en torno a la disposición de la gramática fílmica, recreando
eficazmente algunas escenas de violencia en las que el realismo y el ritmo
vertiginoso juegan un papel preponderante, calificando este quien escribe como
la mejor secuencia aquella en la que la mamá oso ataca a DiCaprio; imposible
haberlo hecho mejor.
Sin embargo, es en el trazado de la historia y en las
formas narrativas que sigo palpando un déficit enorme en el cine de Alejandro
González Iñárritu. En el aspecto de los personajes, se evidencia un tono
maniqueo propio de las películas de dibujos animados infantiles, en donde el tipo
al que da vida Tom Hardy resulta un villano en toda regla (el más malo de todos),
sin mostrar motivaciones o contrastes que nos permitan sacarle más jugo al
actante referido. Con Leonardo DiCaprio vemos la contraparte: un tipo
martirizado de principio a fin, del que tampoco se nos muestran contrapuntos,
con un trazado concentrado en circunstancias meramente físicas (retorciéndose
todo el tiempo y jadeando), cuyo máximo mérito histriónico seguramente radica
en que mordió un pez crudo.
Aún más fallido que las delimitaciones de los
protagonista en El renacido me
resulta ese tufillo a relato de superación personal que persiste en la
narración, con un personaje de DiCaprio al que todo le pasa y que de todo se
sobrepone; nunca ve uno como espectador realmente comprometida la integridad
del hombre pues, desde un inicio, se palpa que habrá de sobrevivir pese a todo,
y que lo importante en esto es que nunca se da por vencido. Coronando el
panfleto motivacional, pone de manifiesto el director alguna exaltación
religiosa sobre el final de la película, literalmente dejando “en manos de
Dios” el desenlace del filme. Y lo peor es que está basada en una historia real;
hacer inverosímil lo real es un fracaso más del título en cuestión.
Con El renacido,
Iñárritu se queda a medio tueste entre el preciosismo lírico dispuesto en las
mejores películas de Terrence Malick (El
árbol de la vida, 2011) y la epopeya vitalista de Dersu Uzala (El cazador) (Akira Kurosawa, 1975), con un halo
permanente de reflexión muy a lo Paulo Coelho (A orillas del río Piedra me senté y lloré, 1994), dando al traste
con todas las virtudes que sin duda son manifiestas, pero que no están
dispuestas en favor del conjunto, más bien son utilizadas al servicio del
lucimiento de un director que obra tras obra denota un ímpetu por encumbrarse.
Iñárritu parece haber encontrado la medida justa entre
destreza técnica y tópicos narrativos como para llenar la pupila de los sesudos
críticos cinematográficos y de cierto público masivo acrítico (cual buen
publicista). Allá él y los suyos: que sigan gozando las muchas distinciones que
seguramente le quedan por recibir; a final de cuentas, parece que es ese el
objetivo de su obra.

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