Si pienso en autores de cine honestos y trascendentes en la actualidad
tengo que remitirme a nombres que seguramente acompañarán en la cúspide de la
historia del arte del cinematógrafo a los grandes maestros. Me refiero a
directores (no importa sus edades) como Woody Allen, Michael Haneke o Wong
Kar-Wai. A éstos añadiría el nombre Aki Kaurismäki, posiblemente el finlandés
más conocido en el mundo.
De la filmografía Kaurismäki no he visto tanto, considerando que en su
haber está el rodaje de casi una veintena de películas, pero sí he apreciado lo
suficiente como para considerarlo en la élite de la cinematografía
contemporánea.
Sus películas me hablan de seres humanos pertenecientes a las clases
socioeconómicas segregadas, marginales que muestran a la cámara un pedazo de
sus existencias, con lo bueno y lo malo que tiene la vida. Salvo en el corto Rocky
VI (1986) y en el musical Leningrad Cowboys Go America (1989),
que fungen más bien como sátiras del cine y de la música de los Estados Unidos,
los filmes de Kaurismäki llenan la pantalla de rasgos cotidianos humanos, con
escenarios de la vida real (casi siempre en Finlandia) y con una atmósfera de
pesadez existencial que permea a lo largo de los metrajes de sus cintas.
Son
reconocibles los elementos que Kaurismäki retoma como fuente de inspiración.
Particularmente identifico tres: el nervio irónico de Luis Buñuel en sus
personajes y/o situaciones; la precisión de los emplazamientos de cámara de
Robert Bresson, narrando imágenes que sólo el cinematógrafo puede abstraer de
la realidad; y, finalmente, la libertad creativa de la nouvelle
vague, principalmente influido por Jean-Luc Godard.
Vacío,
enamoramiento y frustración
Hace unas
semanas recibí de cumpleaños Sombras
en el paraíso (1986), el
cuarto largometraje de Aki Kaurismäki.
La
película va de un recolector de basura (Matti Pellonpää) que tiene una vida
vacía, en soledad y con un trabajo rutinario. Una noche conoce a la cajera de
una tienda de autoservicio (Kati Outinen), con quien establece una afinidad
instantánea, tanto que una noche concierta una cita con ella. Sin embargo, la
cosa parece no ir muy bien, pues ella luce algo aburrida con lo que el basurero
le ofrece. Así, se aleja de él hasta que vuelven a juntarse cuando ella pierde
su trabajo; robó la caja fuerte de su jefe y tiene que huir.
El relato
se va sucediendo en eventos de encuentro y desencuentro, quizá una historia de
amor hasta cierto punto básica, pero enriquecida por el tacto de transmitirnos
las sensaciones de vacío, enamoramiento y frustración de los protagonistas.
Pellonpää
y Outinen son una maravilla. No son las caras que uno esperaría encontrar como
protagónicos de una película vanguardista europea, y sin embargo te cautivan
por sus interpretaciones sobrias y llenas de sentimiento. Igual de entrañable
es el personaje secundario al que da vida Sakari Kuosmanen, compañero de camión
de la basura de Pellonpää, a quien el protagonista conoció en la cárcel; de
esos amigos que cualquiera quisiera tener, aquellos que están también en las
malas.
Sombras
en el paraíso pertenece
a la trilogía del proletariado de Kaurismäki, completada por Ariel (1988) y La chica de la fábrica de cerillas (1990), en donde sus personajes se
tienen que enfrentar a sus problemas personales y al contexto opresor de la
realidad.
El relato
de Sombras en el paraíso se puede resumir en este célebre
diálogo que sostienen sus protagonistas:
Ilona
(Outinen): «¿Qué quieres de
mí?»
Nikander
(Pellonpää): «No quiero nada
de nadie. Soy Nikander, antes carnicero, actual basurero. Tengo los dientes y
el estómago mal. Mi hígado no anda bien, mi cabeza tampoco. No me preguntes qué
quiero».
Ilona: «Hace frío».
La película
se sostiene a partir del realismo también presente en filmes de Kaurismäki como Un Hombre sin pasado (2002), pero bajo la lírica de lo
cotidiano que recientemente mostró en el finlandés en Le Havre (2011).
Sombras
en el paraíso es una
sucesión de planos que corresponden a la vida de muchos, aquellos que
sobrevivimos a un mundo que no da muchas esperanzas. Una cinta que pertenece a
este y a todos los tiempos.
Aki
Kaurismäki es de esos directores que te cuentan la misma historia una y otra
vez, con matices diversos, pero que siempre te provoca ya sea un hueco en el
estómago, una sensación de satisfacción a pesar de todo o hasta risas
contenidas; muchos de esos momentos eclipsados por el mismo pesar de la
realidad.



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