sábado, 15 de junio de 2013

Marginados conmovedores


Si pienso en autores de cine honestos y trascendentes en la actualidad tengo que remitirme a nombres que seguramente acompañarán en la cúspide de la historia del arte del cinematógrafo a los grandes maestros. Me refiero a directores (no importa sus edades) como Woody Allen, Michael Haneke o Wong Kar-Wai. A éstos añadiría el nombre Aki Kaurismäki, posiblemente el finlandés más conocido en el mundo.
De la filmografía Kaurismäki no he visto tanto, considerando que en su haber está el rodaje de casi una veintena de películas, pero sí he apreciado lo suficiente como para considerarlo en la élite de la cinematografía contemporánea.



Sus películas me hablan de seres humanos pertenecientes a las clases socioeconómicas segregadas, marginales que muestran a la cámara un pedazo de sus existencias, con lo bueno y lo malo que tiene la vida. Salvo en el corto Rocky VI (1986) y en el musical Leningrad Cowboys Go America (1989), que fungen más bien como sátiras del cine y de la música de los Estados Unidos, los filmes de Kaurismäki llenan la pantalla de rasgos cotidianos humanos, con escenarios de la vida real (casi siempre en Finlandia) y con una atmósfera de pesadez existencial que permea a lo largo de los metrajes de sus cintas.


Son reconocibles los elementos que Kaurismäki retoma como fuente de inspiración. Particularmente identifico tres: el nervio irónico de Luis Buñuel en sus personajes y/o situaciones; la precisión de los emplazamientos de cámara de Robert Bresson, narrando imágenes que sólo el cinematógrafo puede abstraer de la realidad; y, finalmente, la libertad creativa de la nouvelle vague, principalmente influido por Jean-Luc Godard.

Vacío, enamoramiento y frustración

Hace unas semanas recibí de cumpleaños Sombras en el paraíso (1986), el cuarto largometraje de Aki Kaurismäki.

La película va de un recolector de basura (Matti Pellonpää) que tiene una vida vacía, en soledad y con un trabajo rutinario. Una noche conoce a la cajera de una tienda de autoservicio (Kati Outinen), con quien establece una afinidad instantánea, tanto que una noche concierta una cita con ella. Sin embargo, la cosa parece no ir muy bien, pues ella luce algo aburrida con lo que el basurero le ofrece. Así, se aleja de él hasta que vuelven a juntarse cuando ella pierde su trabajo; robó la caja fuerte de su jefe y tiene que huir.


El relato se va sucediendo en eventos de encuentro y desencuentro, quizá una historia de amor hasta cierto punto básica, pero enriquecida por el tacto de transmitirnos las sensaciones de vacío, enamoramiento y frustración de los protagonistas.


Pellonpää y Outinen son una maravilla. No son las caras que uno esperaría encontrar como protagónicos de una película vanguardista europea, y sin embargo te cautivan por sus interpretaciones sobrias y llenas de sentimiento. Igual de entrañable es el personaje secundario al que da vida Sakari Kuosmanen, compañero de camión de la basura de Pellonpää, a quien el protagonista conoció en la cárcel; de esos amigos que cualquiera quisiera tener, aquellos que están también en las malas.

Sombras en el paraíso pertenece a la trilogía del proletariado de Kaurismäki, completada por Ariel (1988) y La chica de la fábrica de cerillas (1990), en donde sus personajes se tienen que enfrentar a sus problemas personales y al contexto opresor de la realidad.

El relato de Sombras en el paraíso se puede resumir en este célebre diálogo que sostienen sus protagonistas:

Ilona (Outinen): «¿Qué quieres de mí?»

Nikander (Pellonpää): «No quiero nada de nadie. Soy Nikander, antes carnicero, actual basurero. Tengo los dientes y el estómago mal. Mi hígado no anda bien, mi cabeza tampoco. No me preguntes qué quiero».

Ilona: «Hace frío».

La película se sostiene a partir del realismo también presente en filmes de Kaurismäki como Un Hombre sin pasado (2002), pero bajo la lírica de lo cotidiano que recientemente mostró en el finlandés en Le Havre (2011).

Sombras en el paraíso es una sucesión de planos que corresponden a la vida de muchos, aquellos que sobrevivimos a un mundo que no da muchas esperanzas. Una cinta que pertenece a este y a todos los tiempos.


Aki Kaurismäki es de esos directores que te cuentan la misma historia una y otra vez, con matices diversos, pero que siempre te provoca ya sea un hueco en el estómago, una sensación de satisfacción a pesar de todo o hasta risas contenidas; muchos de esos momentos eclipsados por el mismo pesar de la realidad.

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