Cuando uno va a ver una
película dirigida por Ethan y Joel Coen de entrada se tiene una cierta
complicidad con lo que aparece en pantalla, porque se tiene un gusto y una afición
sobre lo que estos dos tipos han filmado desde hace más de 20 años.
Uno busca siempre en las
películas de los hermanos Coen identificar el gusto por lo poco ordinario, el
tono irónico de sus relatos, atmósferas más bien «raras» (con todo lo que implica
tan subjetivo término), personajes con cierta dosis de locura, humor negro, planos
elaborados, preciosismo estético y algún grado de violencia que se mueve entre el
realismo y la comicidad.

