En mi recorrido por la
cartelera comercial me encontré con la cinta Un atrevido Don Juan (Don Jon),
ópera prima del actor estadounidense Joseph Gordon-Levitt, un histrión que no necesariamente
es mal intérprete pero al que no aguanto mucho tiempo en pantalla,
principalmente por ese matiz de joven simpático que permanentemente expresa,
algo que concretamente le vi en la sobrevalorada película 500 días con ella (Marc Webb, 2009). De hecho, los trabajos en los
que me parece que está mejor es en los que aparece como actor de reparto, en
títulos como El origen (Christopher
Nolan, 2010) o Lincoln (Steven
Spielberg, 2012), en donde su exposición en pantalla no llega a empalagarme.
Por lo anterior y con un
nulo conocimiento sobre el argumento de Un
atrevido Don Juan, mis expectativas sobre la cinta escrita, dirigida y
protagonizada por Gordon-Levitt no eran buenas; me esperaba en términos
generales un filme edulcorado y con mucho protagonismo suyo.
Un
atrevido Don Juan
La película trata de un
joven treintañero, Jon (Gordon-Levitt), que vive solo en su departamento, que
sale con sus amigos, que tiene sus encuentros con mujeres que le agradan (de
ahí que se le tache de Don Juan) y que aparentemente materializa todos los
sueños mundanos de la juventud; aunque, sumado a lo anterior, tiene una
obsesión: los videos porno. El tipo (siempre en voz en off) nos va contando, a
manera de revelación del «Ello» psicoanalítico, todas sus opiniones sobre el
sexo, las razones por las cuales prefiere masturbarse viendo videos
pornográficos en vez de tener relaciones sexuales con personas reales. Sin embargo, se encontrará con dos mujeres
antitéticas: una que simboliza la superficialidad y la más banal de las
cosmovisiones de la realidad (Scarlett Johansson), y otra que representa el
despojo por todo aquello socialmente impuesto, la contraparte de la belleza
masivamente establecida (Julianne Moore). Jon irá descubriendo a través de ellas
su lado más humano.
Inevitablemente, la historia
de Un atrevido Don Juan me llevó a
recordar ese desgarrador título dirigido por el cineasta británico Steve
McQueen, Shame (2011), en donde
estábamos también ante la figura de un solitario joven con una vida
aparentemente modélica (departamento en Nueva York, un buen trabajo,
atractivo), interpretado de manera soberbia por Michael Fassbender, igualmente obsesionado
con el sexo, aunque en este caso sobrepasaba el visionado de pornografía en
Internet, estábamos ante un hombre que expresaba su condición lujuriosa en el
trabajo, en el metro, en antros de todo tipo y en el baño de su casa.
Shame, un inevitable
referente
Un
atrevido Don Juan» y Shame,
utilizando formas distintas, nos hablan del hombre de hoy, de la juventud
tendiente a hacerse cada vez más solitaria, a desmoralizar y retirar cualquier
interpretación simbólica del sexo, quedando este acto como una mera expresión
del deseo carnal.
En Un atrevido Don Juan, Joseph Gordon-Levitt nos presenta a su
personaje adicto al porno en tono de la comedia romántica, haciendo una
revisión introspectiva y sobre todo honesta (quién sabe si proyectándose él
mismo o haciendo consciencia de la realidad social), con una agilidad narrativa
notable que demuestra que en la dirección hay una persona que sabe del lenguaje
fílmico, también con un ritmo en el montaje destacado. Este filme de Gordon-Levitt
también me recuerda un poco a Sofía Coppola (Perdidos en Tokio, 2000), sobre todo a una película suya que vi
este mismo año, Ladrones de la fama (The Bling Ring), en donde igualmente se
exponía a la juventud (en este caso a una juventud adolescente) desde el punto
de vista de sus intereses y sus modos de vida, en donde también la existencia
de las redes sociales y en general del Internet jugaban un papel clave, teniendo
similitudes en su forma de narrar, poniendo en pantalla indiscriminadamente
elementos populares de la vida contemporánea, más allá de que en el caso de la
película de Coppola no me interesara mucho el universo del cual me hablaba.
Contrario a los elementos
formales de Un atrevido Don Juan, en Shame el director Steve McQueen (no
confundir con el actor estadounidense protagonista de Los siete magníficos) se esmera en mostrar imágenes perfectas en su
composición, con una estilización simétrica de cada plano, ocupándose más en
hacernos sentir el drama de su protagonista con momentos de mucha potencia
emocional, mostrándonos alguna tragedia existencial que el personaje central comparte
con su hermana (Carey Mulligan), mujer que también deja ver signos de tortura
vital. En lo personal me parte el alma la secuencia en la que Mulligan canta New York, New York, alternando imágenes
de los rostros quebrados de esos dos hermanos, hasta que el personaje al que da
vida Fassbender derrama alguna lágrima, lo cual nos indica que esa fijación al sexo
del personaje central debe tener orígenes no necesariamente agradables.
Prefiero Shame sobre Un atrevido Don Juan porque, aparte de contarme competentemente esa
enfermiza obsesión por el sexo de su protagonista, hace que me broten muchas
emociones, principalmente de tristeza, algo por lo cual amo al cine. Asimismo,
el magnetismo de Michael Fassbender como actor me parece superior al sobre retratado
Joseph Gordon-Levitt. Eso sí, Un atrevido
Don Juan revela que Gordon-Levitt es un hombre que tiene cosas que contar y
que lo sabe hacer a través de la imagen en movimiento; probablemente sea más
afín a su talento como director que como actor.



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