Cuando uno va a ver una
película dirigida por Ethan y Joel Coen de entrada se tiene una cierta
complicidad con lo que aparece en pantalla, porque se tiene un gusto y una afición
sobre lo que estos dos tipos han filmado desde hace más de 20 años.
Uno busca siempre en las
películas de los hermanos Coen identificar el gusto por lo poco ordinario, el
tono irónico de sus relatos, atmósferas más bien «raras» (con todo lo que implica
tan subjetivo término), personajes con cierta dosis de locura, humor negro, planos
elaborados, preciosismo estético y algún grado de violencia que se mueve entre el
realismo y la comicidad.
En lo personal, soy de esos
seguidores de los Coen que gustan más de aquellos títulos tendientes a la
contención narrativa, como Miller's
Crossing (1990), Fargo (1996) o Sin lugar para los débiles (2007), por
encima de películas todo frenéticas como Arizona
Baby (1987) u O brother (2000),
salvando la excepción de la magistral e inclasificable El gran Lebowski (1998).
Balada
de un hombre común
Los hermanos Coen
presentaron en el Festival de Cannes 2013 la cinta Balada de un hombre común (Inside
Llewyn Davis), título que nos narra un breve pasaje en la vida del cantante
(ficticio) de folk Llewyn Davis
(Oscar Isaac), un tipo de Greenwich Village (Nueva York) de principios de los años
60. El hombre vive al día, tocando en garitos, durmiendo en los sillones de algunos
conocidos que le tienen entre afecto y lástima. Este sujeto es sinónimo de
fracaso, no obstante el empeño y el amor que se advierte tiene por la música.
La cinta se mueve plenamente
en el espíritu decadente de las personas, desde luego haciendo hincapié en el
protagonista, dándonos un esbozo de lo que puede ser el fracaso biográfico de un
ser al que todo le sale mal.
El relato comienza con un Llewyn
Davis al que se le escapa el gato de una de las casas en donde le dan la
oportunidad de dormir; sin ningún patrimonio y viviendo como errante, el tipo
se entera que embarazó a una conocida/amante/colega (Carey Mulligan), quien,
dicho sea, está comprometida con otro músico (Justin Timberlake), éste sí
exitoso, contraparte de nuestro protagonista. A Davis no se le cuestiona el
talento pero, para la industria musical, hace falta algo más que eso. Y luego
nos seguimos enterando de alguna que otra tragedia ocurrida en la vida del
personaje principal.
Personalmente, no tenía en
el radar de los actores protagónicos a Oscar Isaac, alguien que para mi gusto
borda su papel de manera precisa, sin ser tampoco una revelación. Eso sí, al
hombre le acompaña uno de los más grandes secundarios en la historia del cine
estadounidense, el gran John Goodman (Barton
Fink, 1991), encarnando a un jazzista egocéntrico, ácido y lleno de humor
negro, quien junto con Davis emprende un muy particular periplo hacia la ciudad
de Chicago. También destaca la presencia de la magnética actriz Carey Mulligan
(Shame, 2011), intérprete como pocas
en la actualidad, capaz de transmitir emociones desde la pantalla, alguien a
quien la melancolía le sienta como expresión primaria, cuyo personaje en el
filme en cuestión es todo complejidad pues, aunque predomina en ella una
tendencia a la cólera, también es cierto que muestra compasión por nuestro
protagonista, a quien en más de una ocasión le tiende la mano.
Destacadísimo el trabajo en
cuanto a ambientación (diseño de arte y fotografía, a cargo de Deborah Jensen y
Bruno Delbonnel, respectivamente), consiguiendo trasladarnos de manera efectiva
a los años 60, generando una atmósfera invernal preciosista, con un frío que se
siente hasta los huesos y una sensación de ensoñación producto de que las imágenes
parecen estar dispuestas bajo una fina niebla, que mucho nos dice sobre los
estados de ánimo del protagonista.
Avance de la cinta Balada
de un hombre común
Balada
de un hombre común es un homenaje a la decadencia, una apología
a los perdedores que, finalmente, son los que encumbran a los exitosos. En la
cinta se escucha decir que hay dos tipos de personas: los perdedores y los
arribistas; Llewyn Davis se sabe perdedor y asume su destino, más allá de que
la necesidad de comer y dormir le generen dudas. Llewyn Davis nos hace ver que
el trabajo arduo y la constancia bien pueden desembocar en la nada, que al
parecer hay seres nacidos bajo una estrella resplandeciente y otros bajo una
estrella apagada. Llewyn Davis hace música poco compleja (como se le oye
también insinuar al personaje de Goodman), rudimentaria, guitarra y voz, así es
el folk, pero que, sin duda alguna,
sale de lo más profundo del alma, como pocas.
Nos damos cuenta en Balada de un hombre común que por cada
Bob Dylan (que se hace alguna referencia sobre él en la cinta) hay algunos que
otros Llewyn Davis, que por esas cuestiones del destino se quedaron en la
calle, nunca asomaron su cabeza a la superficie. Balada de un hombre común es un filme pesimista, sí, pero que no te
hace salir derrotado de la sala de cine, aunque tampoco te deja el mensaje
facilón de que con esfuerzo todo puede mejorar.
Creo que los hermanos
Coen han dado otro paso a su filmografía, separándose de la excentricidad,
dando vida a una historia que se remite a una persona pero que es universal,
con una depuradísima técnica cinematográfica. Sospecho que Balada de un hombre común es una de esas películas a la cual los
perdedores habremos de recurrir de aquí en adelante.


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