viernes, 7 de febrero de 2014

Cuando se tiene por vocación la derrota


Cuando uno va a ver una película dirigida por Ethan y Joel Coen de entrada se tiene una cierta complicidad con lo que aparece en pantalla, porque se tiene un gusto y una afición sobre lo que estos dos tipos han filmado desde hace más de 20 años.

Uno busca siempre en las películas de los hermanos Coen identificar el gusto por lo poco ordinario, el tono irónico de sus relatos, atmósferas más bien «raras» (con todo lo que implica tan subjetivo término), personajes con cierta dosis de locura, humor negro, planos elaborados, preciosismo estético y algún grado de violencia que se mueve entre el realismo y la comicidad.

En lo personal, soy de esos seguidores de los Coen que gustan más de aquellos títulos tendientes a la contención narrativa, como Miller's Crossing (1990), Fargo (1996) o Sin lugar para los débiles (2007), por encima de películas todo frenéticas como Arizona Baby (1987) u O brother (2000), salvando la excepción de la magistral e inclasificable El gran Lebowski (1998).

Balada de un hombre común

Los hermanos Coen presentaron en el Festival de Cannes 2013 la cinta Balada de un hombre común (Inside Llewyn Davis), título que nos narra un breve pasaje en la vida del cantante (ficticio) de folk Llewyn Davis (Oscar Isaac), un tipo de Greenwich Village (Nueva York) de principios de los años 60. El hombre vive al día, tocando en garitos, durmiendo en los sillones de algunos conocidos que le tienen entre afecto y lástima. Este sujeto es sinónimo de fracaso, no obstante el empeño y el amor que se advierte tiene por la música.

La cinta se mueve plenamente en el espíritu decadente de las personas, desde luego haciendo hincapié en el protagonista, dándonos un esbozo de lo que puede ser el fracaso biográfico de un ser al que todo le sale mal.

El relato comienza con un Llewyn Davis al que se le escapa el gato de una de las casas en donde le dan la oportunidad de dormir; sin ningún patrimonio y viviendo como errante, el tipo se entera que embarazó a una conocida/amante/colega (Carey Mulligan), quien, dicho sea, está comprometida con otro músico (Justin Timberlake), éste sí exitoso, contraparte de nuestro protagonista. A Davis no se le cuestiona el talento pero, para la industria musical, hace falta algo más que eso. Y luego nos seguimos enterando de alguna que otra tragedia ocurrida en la vida del personaje principal.


Personalmente, no tenía en el radar de los actores protagónicos a Oscar Isaac, alguien que para mi gusto borda su papel de manera precisa, sin ser tampoco una revelación. Eso sí, al hombre le acompaña uno de los más grandes secundarios en la historia del cine estadounidense, el gran John Goodman (Barton Fink, 1991), encarnando a un jazzista egocéntrico, ácido y lleno de humor negro, quien junto con Davis emprende un muy particular periplo hacia la ciudad de Chicago. También destaca la presencia de la magnética actriz Carey Mulligan (Shame, 2011), intérprete como pocas en la actualidad, capaz de transmitir emociones desde la pantalla, alguien a quien la melancolía le sienta como expresión primaria, cuyo personaje en el filme en cuestión es todo complejidad pues, aunque predomina en ella una tendencia a la cólera, también es cierto que muestra compasión por nuestro protagonista, a quien en más de una ocasión le tiende la mano.

Destacadísimo el trabajo en cuanto a ambientación (diseño de arte y fotografía, a cargo de Deborah Jensen y Bruno Delbonnel, respectivamente), consiguiendo trasladarnos de manera efectiva a los años 60, generando una atmósfera invernal preciosista, con un frío que se siente hasta los huesos y una sensación de ensoñación producto de que las imágenes parecen estar dispuestas bajo una fina niebla, que mucho nos dice sobre los estados de ánimo del protagonista.


Avance de la cinta Balada de un hombre común

Balada de un hombre común es un homenaje a la decadencia, una apología a los perdedores que, finalmente, son los que encumbran a los exitosos. En la cinta se escucha decir que hay dos tipos de personas: los perdedores y los arribistas; Llewyn Davis se sabe perdedor y asume su destino, más allá de que la necesidad de comer y dormir le generen dudas. Llewyn Davis nos hace ver que el trabajo arduo y la constancia bien pueden desembocar en la nada, que al parecer hay seres nacidos bajo una estrella resplandeciente y otros bajo una estrella apagada. Llewyn Davis hace música poco compleja (como se le oye también insinuar al personaje de Goodman), rudimentaria, guitarra y voz, así es el folk, pero que, sin duda alguna, sale de lo más profundo del alma, como pocas.

Nos damos cuenta en Balada de un hombre común que por cada Bob Dylan (que se hace alguna referencia sobre él en la cinta) hay algunos que otros Llewyn Davis, que por esas cuestiones del destino se quedaron en la calle, nunca asomaron su cabeza a la superficie. Balada de un hombre común es un filme pesimista, sí, pero que no te hace salir derrotado de la sala de cine, aunque tampoco te deja el mensaje facilón de que con esfuerzo todo puede mejorar.

Creo que los hermanos Coen han dado otro paso a su filmografía, separándose de la excentricidad, dando vida a una historia que se remite a una persona pero que es universal, con una depuradísima técnica cinematográfica. Sospecho que Balada de un hombre común es una de esas películas a la cual los perdedores habremos de recurrir de aquí en adelante.

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