Una de las modalidades más complicadas al momento de
adaptar una historia al cine debe ser la del biopic. Abordar las incidencias vitales de alguna figura histórica
o celebridad supone realizar un ejercicio de revisionismo que alguna postura
devela por parte de los directores y/o guionistas que la retoman.
La revisión biográfica en el cine que más me ha llenado
en últimos años está dada en clave documental: se llama Searching for Sugar Man (2012) y la dirigió el hoy difunto cineasta
sueco Malik Bendjelloul. En el filme referido se desentrañaba la atípica figura
de un músico estadounidense idolatrado en Sudáfrica y prácticamente ignorado en
occidente, Sixto Rodríguez, de quien paulatinamente se dilucidaban lo mismo
datos sobre la evaporación de su imagen que la construcción de su mito (siempre
en territorio sudafricano), mostrándonos un talante de humildad con letras
mayúsculas encaramado por el protagonista, quien menospreció el mundo de los
“rockstar” y optó con toda autenticidad por refugiarse en el anonimato.
Otros buenos relatos biográficos –estos de ficción— que
me vienen a la mente son Ed Wood (Tim
Burton, 1994) y Mar adentro (Alejandro
Amenábar, 2004), mismos que coinciden en ir a la esencia de sus protagonistas en
momentos clave de sus respectivas existencias. En el caso de la cinta de
Burton, poniendo en la primera línea de las reflexiones el amor incondicional
al arte cinematográfico (se tenga o no talento); y en el filme de Amenábar,
retratando el ímpetu de un tetrapléjico por morir dignamente, lo que supone
para el espectador plantearse toda una serie de disyuntivas morales.
Pero también están los filmes biográficos más apegados a
respetar imaginarios, a no cuestionar tales o cuales conductas, a simplemente
reforzar leyendas y a servir, en el mejor de los casos, como productos más bien
didácticos: pienso en Gandhi (Richard
Attenborough, 1982), de insuperable manufactura y engranajes precisos, aunque
carente de escrutinio ante semejante figura. También está Lincoln (Steven Spielberg, 2012), drama que camina por senderos
seguros, que en tono solemne aborda a una figura histórica sin ningún matiz. Y ambos son filmes que me agradan por
entretenidos, pero que no te hacen pensar mucho más en ellos, porque de hecho
nunca existió en ellos el interés por profundizar desde el mismo planteamiento
de las historias.
Steve Jobs
En el cierre de 2015 llegó a salas mexicanas una nueva
revisión biográfica de ese personaje tan alabado por el personal posmoderno, ‘Steve
Jobs’ (Danny Boyle), que –dicho sea— aparece tras el fracaso años antes de su
similar, la olvidada Jobs (Joshua
Michael Stern, 2013).
La más reciente cinta del cineasta británico Danny Boyle aborda
la figura de quien fuera el empresario icónico de la marca Apple, Steve Jobs (Michael
Fassbender), a quien observamos en la previa de la presentación de tres
productos significativos para el propio desarrollador, en tres momentos
distintos de las décadas de los 80 y 90. En dichos instantes de backstage, sostiene discusiones lo mismo
con su más cercana colega (Kate Winslet) que con algunos otros colaboradores,
además de su hija (interpretada de niña a joven adulta por Makenzie Moss, Ripley
Sobo y Perla Haney-Jardine, respectivamente), remitiéndonos a partir de los
diálogos y de algunas analepsis a puntos clave de su vida, particularmente
relacionados con su desarrollo profesional y su rol de padre.
Por principio de cuentas, he de decir que Boyle, como ya
lo ha demostrado en filmes previos (Slumdog
Millionaire, 2008), consigue una película que te mantiene atento a ella
durante las dos horas de su duración, algo que no es un elemento menor. Y la cinta
en cuestión tiene identidad propia, con una narrativa muy particular que
resalta en originalidad dada la condensación de una vida a partir de tres
momentos puntuales (las juntas tras bastidores que, en términos reales, duran
unos 40 minutos cada una). Seguramente mucho tendrá que ver el hecho de que el
texto fílmico esté escrito por alguien tan solvente como es el guionista Aaron
Sorkin (Cuestión de honor. Rob Reiner,
1992).
Sin embargo, es el trazado de los personajes lo que
personalmente me llega fastidiar, con un Jobs sacándose permanentemente frases
ingeniosas, dispuesto para que caiga bien a los espectadores, más allá de que
en los hechos pudiera ser cuestionable. Y aunque Michael Fassbender y Kate
Winslet se complementan de manera correcta, y de hecho ofrecen buenos trabajos,
es esa propiedad de “ir de listos” todo el tiempo lo que me llega a empalagar,
característica que me recuerda a otro biopic
escrito por el propio Sorkin, La red
social (David Fincher, 2010), en donde otro geniecillo algo enloquecido (en
ese caso el creador de Facebook) también resultaba cansino.
Aunque Steve Jobs
es un buen filme en general, con ingeniosa puesta en escena (filmada con tres
distintos tipos de cámara, de acuerdo a los diferentes años de ambientación),
no deja de resultarme estéril el hecho de que se tome a un personaje de la vida
real sólo para reafirmar lo que todo dios piensa de él, sin que haya un ímpetu
en el fondo por parte de los creadores como para mostrar alguna perspectiva que
resulte interesante; en otras palabras, quedarse en el lugar común que propicia
la complacencia, el no escudriñar o mostrar contrastes que refresquen el
concepto sobre la figura que se retoma.
De cualquier forma, Steve Jobs puede que sea un buen
referente para aquellos que no sabían nada del personaje en cuestión, a partir
de una película que –reitero— resulta entretenida.

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