martes, 8 de marzo de 2016

Biopic entretenido, ingenioso y complaciente


Una de las modalidades más complicadas al momento de adaptar una historia al cine debe ser la del biopic. Abordar las incidencias vitales de alguna figura histórica o celebridad supone realizar un ejercicio de revisionismo que alguna postura devela por parte de los directores y/o guionistas que la retoman.

La revisión biográfica en el cine que más me ha llenado en últimos años está dada en clave documental: se llama Searching for Sugar Man (2012) y la dirigió el hoy difunto cineasta sueco Malik Bendjelloul. En el filme referido se desentrañaba la atípica figura de un músico estadounidense idolatrado en Sudáfrica y prácticamente ignorado en occidente, Sixto Rodríguez, de quien paulatinamente se dilucidaban lo mismo datos sobre la evaporación de su imagen que la construcción de su mito (siempre en territorio sudafricano), mostrándonos un talante de humildad con letras mayúsculas encaramado por el protagonista, quien menospreció el mundo de los “rockstar” y optó con toda autenticidad por refugiarse en el anonimato.

Otros buenos relatos biográficos –estos de ficción— que me vienen a la mente son Ed Wood (Tim Burton, 1994) y Mar adentro (Alejandro Amenábar, 2004), mismos que coinciden en ir a la esencia de sus protagonistas en momentos clave de sus respectivas existencias. En el caso de la cinta de Burton, poniendo en la primera línea de las reflexiones el amor incondicional al arte cinematográfico (se tenga o no talento); y en el filme de Amenábar, retratando el ímpetu de un tetrapléjico por morir dignamente, lo que supone para el espectador plantearse toda una serie de disyuntivas morales.
Pero también están los filmes biográficos más apegados a respetar imaginarios, a no cuestionar tales o cuales conductas, a simplemente reforzar leyendas y a servir, en el mejor de los casos, como productos más bien didácticos: pienso en Gandhi (Richard Attenborough, 1982), de insuperable manufactura y engranajes precisos, aunque carente de escrutinio ante semejante figura. También está Lincoln (Steven Spielberg, 2012), drama que camina por senderos seguros, que en tono solemne aborda a una figura histórica sin ningún matiz.  Y ambos son filmes que me agradan por entretenidos, pero que no te hacen pensar mucho más en ellos, porque de hecho nunca existió en ellos el interés por profundizar desde el mismo planteamiento de las historias.

Steve Jobs

En el cierre de 2015 llegó a salas mexicanas una nueva revisión biográfica de ese personaje tan alabado por el personal posmoderno, ‘Steve Jobs’ (Danny Boyle), que –dicho sea— aparece tras el fracaso años antes de su similar, la olvidada Jobs (Joshua Michael Stern, 2013).

La más reciente cinta del cineasta británico Danny Boyle aborda la figura de quien fuera el empresario icónico de la marca Apple, Steve Jobs (Michael Fassbender), a quien observamos en la previa de la presentación de tres productos significativos para el propio desarrollador, en tres momentos distintos de las décadas de los 80 y 90. En dichos instantes de backstage, sostiene discusiones lo mismo con su más cercana colega (Kate Winslet) que con algunos otros colaboradores, además de su hija (interpretada de niña a joven adulta por Makenzie Moss, Ripley Sobo y Perla Haney-Jardine, respectivamente), remitiéndonos a partir de los diálogos y de algunas analepsis a puntos clave de su vida, particularmente relacionados con su desarrollo profesional y su rol de padre.

Por principio de cuentas, he de decir que Boyle, como ya lo ha demostrado en filmes previos (Slumdog Millionaire, 2008), consigue una película que te mantiene atento a ella durante las dos horas de su duración, algo que no es un elemento menor. Y la cinta en cuestión tiene identidad propia, con una narrativa muy particular que resalta en originalidad dada la condensación de una vida a partir de tres momentos puntuales (las juntas tras bastidores que, en términos reales, duran unos 40 minutos cada una). Seguramente mucho tendrá que ver el hecho de que el texto fílmico esté escrito por alguien tan solvente como es el guionista Aaron Sorkin (Cuestión de honor. Rob Reiner, 1992).

Sin embargo, es el trazado de los personajes lo que personalmente me llega fastidiar, con un Jobs sacándose permanentemente frases ingeniosas, dispuesto para que caiga bien a los espectadores, más allá de que en los hechos pudiera ser cuestionable. Y aunque Michael Fassbender y Kate Winslet se complementan de manera correcta, y de hecho ofrecen buenos trabajos, es esa propiedad de “ir de listos” todo el tiempo lo que me llega a empalagar, característica que me recuerda a otro biopic escrito por el propio Sorkin, La red social (David Fincher, 2010), en donde otro geniecillo algo enloquecido (en ese caso el creador de Facebook) también resultaba cansino.

Aunque Steve Jobs es un buen filme en general, con ingeniosa puesta en escena (filmada con tres distintos tipos de cámara, de acuerdo a los diferentes años de ambientación), no deja de resultarme estéril el hecho de que se tome a un personaje de la vida real sólo para reafirmar lo que todo dios piensa de él, sin que haya un ímpetu en el fondo por parte de los creadores como para mostrar alguna perspectiva que resulte interesante; en otras palabras, quedarse en el lugar común que propicia la complacencia, el no escudriñar o mostrar contrastes que refresquen el concepto sobre la figura que se retoma.
De cualquier forma, Steve Jobs puede que sea un buen referente para aquellos que no sabían nada del personaje en cuestión, a partir de una película que –reitero— resulta entretenida.

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