El perpetuo estado de crisis
del cine mexicano parece confirmarse un día sí y el otro también. En términos
industriales, basta con asomarse a las carteras comerciales de las respectivas
demarcaciones del país para advertir que las películas nacionales ocupan una
media del 10% de las proyecciones. Y son las características de las muy
limitadas producciones mexicanas las que nos llevan a un segundo elemento de
análisis, el de la calidad, pudiéndose constatar que obras respaldadas por
grandes consorcios, en casos mayoritarios, ostentan un inmerecido aparato
publicitario y de promoción, no correspondido con la calidad de su contenido.
Dos ejemplos claros de lo anterior serían las películas Nosotros los Nobles (2013) y No
se aceptan devoluciones (Eugenio Derbez, 2013), quedando en contraparte como
excepcionalidades títulos que llegan a cuentagotas a los grandes públicos como La jaula de oro (Diego Quemada-Díez,
2013) o Los insólitos peces gato (Claudia
Sainte-Luce’, 2013).
Hilda
Respaldada por algún laurel
en el Festival de Cine de Morelia, este año llegó a la cartelera comercial la
ópera prima del cineasta Andrés Clariond, Hilda
(2014), presente en las salas de cine mexicanas con la bendición de Cinépolis, uno
de los gigantes de la exhibición cinematográfica a nivel mundial, cadena que le
ha dado un cuasi inédito respaldo de distribución al filme referido.
Hilda
relata la historia de una mujer aristócrata (Verónica Langer) a quien le
aquejan una serie de contradicciones que radican principalmente en su espíritu
de militancia social en pro de suprimir una serie de injusticias presentes en
el México contemporáneo, contraponiéndose a la vida de enfatizados lujos que
lleva, manifestando así un ánimo por romper con las imperantes diferencias de
clase. Su situación llega a un punto extremo cuando contrata a la empleada
doméstica de nombre Hilda (Adriana Paz), con quien crea una especie de vínculo
obsesivo, llegando incluso a poner en cautiverio a su subordinada, procurando
establecer una dinámica de igualdad entre la señora de la casa y el personal
doméstico, llevando esta condición a grados enfermizos. En la narración también
se retrata al esposo de la protagonista (Fernando Becerril), un empresario
influyente que, a diferencia de su mujer, se preocupa por reafirmar de manera
constante su posición de hegemonía socioeconómica. Complementa el relato
fílmico el hijo de los acaudalados (David Gaitán), un reciente padre que se
muestra como un fracasado en su aspiración por publicar poemas de su autoría, lo
que le lleva a sostener permanentes confrontaciones parentales.
Hilda
busca ser entendida como una comedia dramática más bien de tintes negros, que lleva
de la mano una ambición por establecer “fuertes críticas” a la clase social
dominante. Sin embargo, la construcción del relato es fallida y propicia que
uno tome distancia con lo que ahí ocurre, pues gran parte del largometraje está
lleno de situaciones que pretenden ser cómicas con un muy fallido sentido de la
ironía, sin generar sinergia en la propia consecución de la narración,
llevándose entre las piernas referencias históricas como la matanza de 1968 en
Tlatelolco, o alguna noción de las tesis de distribución de la riqueza
esgrimidas por el paradigmático filósofo y economista alemán Karl Marx.
El argumento de la obra
original, autoría de la dramaturga francesa Marie N'Diaye, se antoja
interesante sin nos basamos únicamente en la premisa del secuestro de una
empleada doméstica por parte de la matrona de una residencia, aunque decae por
completo en su traslado al texto fílmico por lo liviano del tratamiento de
todos los temas que ahí se bordan, codificándose en un tono crítico/sarcástico
muy en la línea de lo que se hace en los más burdos programas cómicos de la
televisión mexicana.
Derivado de lo anterior,
cuesta trabajo valorar lo bueno o lo malo que a uno le puedan parecer elementos
de la película en su individualidad, como la fotografía, la puesta en escena y
las actuaciones que, en términos generales, pudieran lucir como “correctas”, aunque,
en el conjunto de la obra, no hacen más que fungir como paliativos de un
proyecto fallido desde su trazado.
Con lo difícil que es
estrenar una película en el circuito comercial para los realizadores mexicanos,
resulta hasta ofensivo que sea un título como Hilda el que tenga las posibilidades del éxito servidas, pudiéndose
equiparar el filme en cuestión a un trabajo escolar bien envuelto en el tema de
los recursos, resultando muy difícil poder eclipsar la carencia de oficio por
parte de Andrés Clariond para fundamentar el recorrido de una historia que al
menos denote un sentido claro por parte del autor, al margen de la manufactura
que se ostente.
En general se exhiben pocas
películas mexicanas en cartelera pero, si del escaso contenido distribuido se
nos presentan insufribles productos como Hilda…
Y lo peor es que esto lo
escribe alguien consciente de la relevancia que tiene el hecho de acentuar el
nacionalismo en un país rendido a la primera potencia económica del mundo.
“Apoyemos al cine
mexicano”, sí, pero a costa de qué.

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