martes, 10 de noviembre de 2015

Burda y pueril comedia negra mexicana


El perpetuo estado de crisis del cine mexicano parece confirmarse un día sí y el otro también. En términos industriales, basta con asomarse a las carteras comerciales de las respectivas demarcaciones del país para advertir que las películas nacionales ocupan una media del 10% de las proyecciones. Y son las características de las muy limitadas producciones mexicanas las que nos llevan a un segundo elemento de análisis, el de la calidad, pudiéndose constatar que obras respaldadas por grandes consorcios, en casos mayoritarios, ostentan un inmerecido aparato publicitario y de promoción, no correspondido con la calidad de su contenido. Dos ejemplos claros de lo anterior serían las películas Nosotros los Nobles (2013) y No se aceptan devoluciones (Eugenio Derbez, 2013), quedando en contraparte como excepcionalidades títulos que llegan a cuentagotas a los grandes públicos como La jaula de oro (Diego Quemada-Díez, 2013) o Los insólitos peces gato (Claudia Sainte-Luce’, 2013).
Hilda

Respaldada por algún laurel en el Festival de Cine de Morelia, este año llegó a la cartelera comercial la ópera prima del cineasta Andrés Clariond, Hilda (2014), presente en las salas de cine mexicanas con la bendición de Cinépolis, uno de los gigantes de la exhibición cinematográfica a nivel mundial, cadena que le ha dado un cuasi inédito respaldo de distribución al filme referido.

Hilda relata la historia de una mujer aristócrata (Verónica Langer) a quien le aquejan una serie de contradicciones que radican principalmente en su espíritu de militancia social en pro de suprimir una serie de injusticias presentes en el México contemporáneo, contraponiéndose a la vida de enfatizados lujos que lleva, manifestando así un ánimo por romper con las imperantes diferencias de clase. Su situación llega a un punto extremo cuando contrata a la empleada doméstica de nombre Hilda (Adriana Paz), con quien crea una especie de vínculo obsesivo, llegando incluso a poner en cautiverio a su subordinada, procurando establecer una dinámica de igualdad entre la señora de la casa y el personal doméstico, llevando esta condición a grados enfermizos. En la narración también se retrata al esposo de la protagonista (Fernando Becerril), un empresario influyente que, a diferencia de su mujer, se preocupa por reafirmar de manera constante su posición de hegemonía socioeconómica. Complementa el relato fílmico el hijo de los acaudalados (David Gaitán), un reciente padre que se muestra como un fracasado en su aspiración por publicar poemas de su autoría, lo que le lleva a sostener permanentes confrontaciones parentales.

Hilda busca ser entendida como una comedia dramática más bien de tintes negros, que lleva de la mano una ambición por establecer “fuertes críticas” a la clase social dominante. Sin embargo, la construcción del relato es fallida y propicia que uno tome distancia con lo que ahí ocurre, pues gran parte del largometraje está lleno de situaciones que pretenden ser cómicas con un muy fallido sentido de la ironía, sin generar sinergia en la propia consecución de la narración, llevándose entre las piernas referencias históricas como la matanza de 1968 en Tlatelolco, o alguna noción de las tesis de distribución de la riqueza esgrimidas por el paradigmático filósofo y economista alemán Karl Marx.

El argumento de la obra original, autoría de la dramaturga francesa Marie N'Diaye, se antoja interesante sin nos basamos únicamente en la premisa del secuestro de una empleada doméstica por parte de la matrona de una residencia, aunque decae por completo en su traslado al texto fílmico por lo liviano del tratamiento de todos los temas que ahí se bordan, codificándose en un tono crítico/sarcástico muy en la línea de lo que se hace en los más burdos programas cómicos de la televisión mexicana.

Derivado de lo anterior, cuesta trabajo valorar lo bueno o lo malo que a uno le puedan parecer elementos de la película en su individualidad, como la fotografía, la puesta en escena y las actuaciones que, en términos generales, pudieran lucir como “correctas”, aunque, en el conjunto de la obra, no hacen más que fungir como paliativos de un proyecto fallido desde su trazado.

Con lo difícil que es estrenar una película en el circuito comercial para los realizadores mexicanos, resulta hasta ofensivo que sea un título como Hilda el que tenga las posibilidades del éxito servidas, pudiéndose equiparar el filme en cuestión a un trabajo escolar bien envuelto en el tema de los recursos, resultando muy difícil poder eclipsar la carencia de oficio por parte de Andrés Clariond para fundamentar el recorrido de una historia que al menos denote un sentido claro por parte del autor, al margen de la manufactura que se ostente.

En general se exhiben pocas películas mexicanas en cartelera pero, si del escaso contenido distribuido se nos presentan insufribles productos como Hilda

Y lo peor es que esto lo escribe alguien consciente de la relevancia que tiene el hecho de acentuar el nacionalismo en un país rendido a la primera potencia económica del mundo.

“Apoyemos al cine mexicano”, sí, pero a costa de qué.

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