El perpetuo estado de crisis
del cine mexicano parece confirmarse un día sí y el otro también. En términos
industriales, basta con asomarse a las carteras comerciales de las respectivas
demarcaciones del país para advertir que las películas nacionales ocupan una
media del 10% de las proyecciones. Y son las características de las muy
limitadas producciones mexicanas las que nos llevan a un segundo elemento de
análisis, el de la calidad, pudiéndose constatar que obras respaldadas por
grandes consorcios, en casos mayoritarios, ostentan un inmerecido aparato
publicitario y de promoción, no correspondido con la calidad de su contenido.
Dos ejemplos claros de lo anterior serían las películas Nosotros los Nobles (2013) y No
se aceptan devoluciones (Eugenio Derbez, 2013), quedando en contraparte como
excepcionalidades títulos que llegan a cuentagotas a los grandes públicos como La jaula de oro (Diego Quemada-Díez,
2013) o Los insólitos peces gato (Claudia
Sainte-Luce’, 2013).
