viernes, 11 de septiembre de 2015

El mejor ejemplo de una actuación perfecta


Casi siempre en las premiaciones de cine se tiende a valorar en el rubro interpretativo a personajes que se conduzcan a través trazados que les permitan exponer a los actores una serie de aptitudes que engloben aspectos multifacéticos y de emociones varias. Así, hemos visto cómo han resultado laureadas actuaciones que por supuesto han sido grandes aunque, por otro lado, también son propicias a inscribirse en el defecto de la sobreactuación. Me vienen a la mente intérpretes glorificados como Dustin Hoffman, quien dando vida a un genio/loco/retrasado en Rain Man (Barry Levinson, 1988) ganó el Oscar a la mejor interpretación masculina, igual que Al Pacino por su actuación en Perfume de mujer (Martin Brest, 1992), encarnando a un ciego coronel retirado tendiente al mal humor, o la híper transformada Charlize Theron de Monster (Patty Jenkins, 2003), interpretando a una lesbiana “fuera de la ley” inmiscuida parlamente en un romance y en un crimen.
Si bien es cierto que existen personajes a priori demandantes de todas las técnicas y métodos que proyecten en pantalla todas las emociones y sensaciones habidas y por haber, yo estoy más del lado de aquellos que ven mayor virtuosismo en la transmisión de la vida íntima de los actantes ficticios a través del gesto mínimo, de la mesura interpretativa, aquello que el cineasta francés Robert Bresson (Un condenado a muerte se ha escapado, 1956) marcaba en sus postulados teóricos como “mirar a través de la lente cinematográfica aquello que escapa del ojo humano”, retratando en vez de actores a modelos que, de manera diáfana y honesta, comunicaran todo eso que les removiera las entrañas.

La conversación

En 1974, luego de haber dado el gran golpe de su carrera con la cinta El padrino (1972), Francis Ford Coppola cambió de aires y llevó a la gran pantalla La conversación, cinta escrita, dirigida y producida por su propia persona, acaso el proyecto fílmico más íntimo del cineasta estadounidense.

En La conversación seguimos al experto en espionaje Harry Caul (Gene Hackman), quien junto con un grupo de colaboradores se dispone a escuchar la plática de una pareja en un parque de San Francisco, California. Caul es un meticuloso investigador privado de tan tortuoso como misterioso pasado, que queda obsesionado con el caso en cuestión, toda vez que la asignación parece comprometer la integridad de las personas involucradas.

Siendo que considero a Gene Hackman el gran actor del cine estadounidense por lo menos desde los años 70 del siglo pasado hasta los comienzos del nuevo siglo (en 2004 hizo su más reciente participación en una película), creo que en La conversación da la gran actuación de su carrera, poniéndose en los zapatos de uno de los personajes más ininteligibles que yo recuerde en la historia del cine, mostrando una sublime contención que sólo deja escapar momentos emotivos en instantes concretos (cólera, cuando se sabe víctima de espionaje, por ejemplo), al tiempo que transmite un constante desasosiego que se entremezcla con su particular fijación por merodear en la intimidad de terceros. Hackman ejecuta su interpretación a través de un personaje inmejorablemente trazado por Coppola, quien no necesita darnos más explicaciones que lo que vemos; un hombre que sobrepasa los 40 años de edad, solitario, obsesivo por su trabajo, religioso (¿ortodoxo o de doble moral?), de difícil apertura en sus aspectos personales, que encuentra en el saxofón y en el jazz la mejor manera de canalizar los dolores de su alma. Y gran mérito de Hackman al entender y dejar de lado el aspecto de hombre duro y explosivo que años antes le había dado tan buenos réditos con aquel thriller titulado Contacto en Francia (William Friedkin, 1971), dando muestras de su versatilidad y gran capacidad de simbiosis histriónica, de acuerdo a lo que el papel en turno le demande.

Al margen del soberbio trabajo interpretativo, La conversación es rica en atmósferas y vanguardia formal, siempre respondiendo a la propia naturaleza del filme, proyectándonos una y otra vez la misma secuencia en la que advertimos una confusa plática entre los personajes espiados, trasladando a partir de este ejercicio reiterativo una suerte de obsesión compartida entre el espectador y el protagonista, con ánimos de desenmascarar y encontrar claves concretas sobre lo que en un diálogo aparentemente común se encuentra encriptado.

Si Coppola acertó en la transgresora narrativa de elementos repetitivos, también lo hizo en el aspecto sonoro, que juega un papel primordial en función de la atmósfera que se genera, tanto en los elementos inherentes a la propia banda sonora, principalmente una pieza de piano compuesta por David Shire que dotará de estilo magnético al filme, como en los mismos ejercicios auditivos diegéticos, que muestran las posibilidades técnicas de la grabación y el mezclado de sonidos.

Es difícil decir que La conversación es la mejor cinta de Francis Ford Coppola dadas las obras maestras que comprenden su filmografía (principalmente el periodo de los años 70), aunque debo decir que para mí supone la perfecta ejemplificación de lo que es una gran actuación, la de Gene Hackman, personificando aquella máxima de que “menos es más”, verdad que –a mi juicio- es muchas veces descartada dentro la industria cinematográfica, pero que, en tanto a la expresión artística, da los mejores réditos en términos cualitativos.

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