Casi siempre en las
premiaciones de cine se tiende a valorar en el rubro interpretativo a
personajes que se conduzcan a través trazados que les permitan exponer a los
actores una serie de aptitudes que engloben aspectos multifacéticos y de
emociones varias. Así, hemos visto cómo han resultado laureadas actuaciones que
por supuesto han sido grandes aunque, por otro lado, también son propicias a
inscribirse en el defecto de la sobreactuación. Me vienen a la mente
intérpretes glorificados como Dustin Hoffman, quien dando vida a un
genio/loco/retrasado en Rain Man (Barry
Levinson, 1988) ganó el Oscar a la mejor interpretación masculina, igual que Al
Pacino por su actuación en Perfume de
mujer (Martin Brest, 1992), encarnando a un ciego coronel retirado tendiente
al mal humor, o la híper transformada Charlize Theron de Monster (Patty Jenkins, 2003), interpretando a una lesbiana “fuera
de la ley” inmiscuida parlamente en un romance y en un crimen.
Si bien es cierto que existen
personajes a priori demandantes de todas las técnicas y métodos que proyecten
en pantalla todas las emociones y sensaciones habidas y por haber, yo estoy más
del lado de aquellos que ven mayor virtuosismo en la transmisión de la vida
íntima de los actantes ficticios a través del gesto mínimo, de la mesura
interpretativa, aquello que el cineasta francés Robert Bresson (Un condenado a muerte se ha escapado, 1956)
marcaba en sus postulados teóricos como “mirar a través de la lente
cinematográfica aquello que escapa del ojo humano”, retratando en vez de
actores a modelos que, de manera diáfana y honesta, comunicaran todo eso que
les removiera las entrañas.
La
conversación
En 1974, luego de haber dado
el gran golpe de su carrera con la cinta El
padrino (1972), Francis Ford Coppola cambió de aires y llevó a la gran pantalla
La conversación, cinta escrita,
dirigida y producida por su propia persona, acaso el proyecto fílmico más
íntimo del cineasta estadounidense.
En La conversación seguimos al experto en espionaje Harry Caul (Gene
Hackman), quien junto con un grupo de colaboradores se dispone a escuchar la
plática de una pareja en un parque de San Francisco, California. Caul es un
meticuloso investigador privado de tan tortuoso como misterioso pasado, que
queda obsesionado con el caso en cuestión, toda vez que la asignación parece
comprometer la integridad de las personas involucradas.
Siendo que considero a Gene
Hackman el gran actor del cine estadounidense por lo menos desde los años 70
del siglo pasado hasta los comienzos del nuevo siglo (en 2004 hizo su más
reciente participación en una película), creo que en La conversación da la gran actuación de su carrera, poniéndose en
los zapatos de uno de los personajes más ininteligibles que yo recuerde en la
historia del cine, mostrando una sublime contención que sólo deja escapar
momentos emotivos en instantes concretos (cólera, cuando se sabe víctima de
espionaje, por ejemplo), al tiempo que transmite un constante desasosiego que
se entremezcla con su particular fijación por merodear en la intimidad de
terceros. Hackman ejecuta su interpretación a través de un personaje
inmejorablemente trazado por Coppola, quien no necesita darnos más
explicaciones que lo que vemos; un hombre que sobrepasa los 40 años de edad,
solitario, obsesivo por su trabajo, religioso (¿ortodoxo o de doble moral?), de
difícil apertura en sus aspectos personales, que encuentra en el saxofón y en
el jazz la mejor manera de canalizar los dolores de su alma. Y gran mérito de
Hackman al entender y dejar de lado el aspecto de hombre duro y explosivo que
años antes le había dado tan buenos réditos con aquel thriller titulado Contacto en
Francia (William Friedkin, 1971), dando muestras de su versatilidad y gran
capacidad de simbiosis histriónica, de acuerdo a lo que el papel en turno le demande.
Al margen del soberbio
trabajo interpretativo, La conversación
es rica en atmósferas y vanguardia formal, siempre respondiendo a la propia
naturaleza del filme, proyectándonos una y otra vez la misma secuencia en la
que advertimos una confusa plática entre los personajes espiados, trasladando a
partir de este ejercicio reiterativo una suerte de obsesión compartida entre el
espectador y el protagonista, con ánimos de desenmascarar y encontrar claves
concretas sobre lo que en un diálogo aparentemente común se encuentra
encriptado.
Si Coppola acertó en la transgresora
narrativa de elementos repetitivos, también lo hizo en el aspecto sonoro, que
juega un papel primordial en función de la atmósfera que se genera, tanto en los
elementos inherentes a la propia banda sonora, principalmente una pieza de
piano compuesta por David Shire que dotará de estilo magnético al filme, como en
los mismos ejercicios auditivos diegéticos, que muestran las posibilidades
técnicas de la grabación y el mezclado de sonidos.
Es difícil decir que La conversación es la mejor cinta de Francis
Ford Coppola dadas las obras maestras que comprenden su filmografía
(principalmente el periodo de los años 70), aunque debo decir que para mí
supone la perfecta ejemplificación de lo que es una gran actuación, la de Gene
Hackman, personificando aquella máxima de que “menos es más”, verdad que –a mi
juicio- es muchas veces descartada dentro la industria cinematográfica, pero
que, en tanto a la expresión artística, da los mejores réditos en términos
cualitativos.

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