Casi siempre en las
premiaciones de cine se tiende a valorar en el rubro interpretativo a
personajes que se conduzcan a través trazados que les permitan exponer a los
actores una serie de aptitudes que engloben aspectos multifacéticos y de
emociones varias. Así, hemos visto cómo han resultado laureadas actuaciones que
por supuesto han sido grandes aunque, por otro lado, también son propicias a
inscribirse en el defecto de la sobreactuación. Me vienen a la mente
intérpretes glorificados como Dustin Hoffman, quien dando vida a un
genio/loco/retrasado en Rain Man (Barry
Levinson, 1988) ganó el Oscar a la mejor interpretación masculina, igual que Al
Pacino por su actuación en Perfume de
mujer (Martin Brest, 1992), encarnando a un ciego coronel retirado tendiente
al mal humor, o la híper transformada Charlize Theron de Monster (Patty Jenkins, 2003), interpretando a una lesbiana “fuera
de la ley” inmiscuida parlamente en un romance y en un crimen.
