Muchos son los cineastas que a lo largo de la historia han centrado su
atención en diseccionar orígenes, prácticas y consecuencias referentes a la
violencia. De hecho, me atrevo a decir que es uno de los componentes más
referenciados por los guionistas a la hora de construir las historias contadas
en pantalla (junto con el amor).
Si me dicen «violencia en el cine», inmediatamente me vienen a la cabeza
nombres como los de Roman Polanski (Repulsión, 1965), quien acudía a esa
temática de forma tangencial y sicológica; Martin Scorsese (Taxi Driver,
1976), llevándola al primer plano como fenómeno psicosocial; Quentin Tarantino
(Perros de reserva, 1992), en un tono más de regocijo personal, lleno de
ironía; Michael Haneke (Funny Games, 1997), a manera de trastorno
individual, una parábola sobre los límites de la perversidad humana; o Park
Chan-wook (Señora venganza, 2005), en una suerte de ejercicio
conductista en el que el acto violento pasa a ser una consecuencia ante un
estímulo profundo. Sin embargo, también hablar de violencia en el cine es
remitirse al grueso de películas de acción más comerciales producidas por la
industria fílmica mundial, principalmente procedentes de la cinematografía
estadounidense más burda.
Relatos salvajes
En el Festival de Cannes 2014 se presentó la cinta argentina Relatos
salvajes (Damián Szifrón), título que uno no relacionaría con ese
evento fílmico, pues casi siempre las obras que ahí se presentan tienen que ver
con propuestas de autores sesudos, desde auténticas obras maestras hasta
onanismos mentales incomprensibles para la especie humana. Y es que el filme en
cuestión es más bien una cinta que no ostenta propuestas de profundidad ni
énfasis formal, al contrario, simplemente es una obra que, sin omitir su noción
esencial, conecta al instante con el espectador; te trae todo el rato
interesado, risa tras risa.
En Relatos salvajes estamos ante seis historias cortas
en las que se exponen personajes relativamente comunes y corrientes ante
situaciones límite, en eventos puntuales que provocan la salida de sus
respectivos aspectos más feroces, siendo la venganza una constante, todo
contado en clave de comedia negra (negrísima).
Los cuentos nos remiten desde el pánico y la “casualidad” experimentada
al interior de un avión, hasta una caótica fiesta de bodas, pasando por un
intento de impulsivo resarcimiento en contra de un político, la pelea entre dos
automovilistas en medio de una carretera, el punto límite de un hombre ante los
injustos cuan interminables trámites burocráticos, o el intento por dejar
impune un delito a través de esa habitual práctica de la realidad que es el
soborno. En todos los episodios vemos el terror que puede presentarse en lo cotidiano,
la materialización de esas sádicas pulsiones que muchas de las personas hemos
fraguado pero que, por cuestiones del «súper yo» (diría Freud), no salen a la
luz.
Aprecio virtuosismo en Relatos salvajes desde su
consistencia narrativa: el nunca decaer en interés, el focalizar
permanentemente el discurso del relato en lo que al director y guionista
(Szifrón) le interesa contar, el retratar las historias con el mayor de los
oficios técnicos siempre mostrando respeto por la narración, sin perderse en la
formalidad; y, por supuesto, está el inmejorable reparto, con gente como mi
encumbrado Ricardo Darín (El secreto de sus ojos, 2009), que dota
de empaque a lo que se nos está contando.
Siendo muy rigorista, tengo que decir que, como en toda obra compuesta
por historias independientes (que no heterogéneas en su totalidad), hay algunas
mejores que otras. Por ejemplo, el arranque me pareció tan brillante como
original, cuando en el primero de los relatos todos los pasajeros a bordo de
una aeronave advierten que, en algún momento de sus vidas, conocieron a un tipo
de apellido Pasternak, en contraposición a la última de las historias
proyectadas, en la que la que una mujer, en plena fiesta de bodas, se da cuenta
de que una de las invitadas es amante de su marido, pareciéndome que la
configuración de esta trama peca de estridencia, desbordándose del vaso la
malaleche que, por otro lado, y en términos generales, es muy bien manejada
durante la mayor parte del metraje.
Bien valdría preguntarse uno como espectador por qué se hace tan gozoso
disfrutar y soltar tanta carcajada al visionar una cinta en la que,
esencialmente, se proyectan tantos actos de barbarie. Por lo pronto, en
términos estrictamente fílmicos, he de decir que me la pasé muy bien con Relatos
salvajes. Lo otro se lo dejo a mi analista.

No hay comentarios:
Publicar un comentario