lunes, 2 de febrero de 2015

Cine cansino, discursivo y sobrevalorado


Acudí a ver la cinta Sueño de invierno (Kis uykusu, Nuri Bilge Ceylan. 2014) principalmente porque tenía como indicativo el que había obtenido la Palma de Oro en el Festival de Cannes del año pasado. Esta condición relativa al palmarés generalmente me da una suerte de estándar sobre la mínima calidad fílmica que se puede esperar de tal o cual obra, más allá de que al final te agrade en mayor o menor medida.
Haciendo un repaso breve, prácticamente todas las películas laureadas con la máxima distinción del festival de cine francés en cuestión me han parecido, de menos, muy buenas. Retrocediendo en la última década, encuentro magistrales títulos como La Vida de Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013), Amour (Michael Haneke, 2012), El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011) o Cuatro meses, tres semanas y dos días (Cristian Mungiu, 2007), quedando como gran excepción El tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas (Apichatpong Weerasethakul, 2010), película francamente insoportable.

Sumada a cierta garantía que da el que una película sea la ganadora en Cannes, también he de mencionar que alguna expectativa me genera el que la cinta en cuestión tenga una buena acogida por parte de la crítica especializada (sobre todo en títulos que llegan a México con un año de retraso y que medio mundo ya ha visto), aunque esto no llega a ser un factor determinante. Y, por lo menos en lo que se refiere a la crítica europea, parece que hubo consenso sobre el buen nivel fílmico que manejaba Sueño de invierno.

Sin embargo…

Sueño de invierno

En Sueño de invierno le seguimos la pista a un actor retirado (Haluk Bilginer), quien posee un hotel a las afueras de Anatolia, Turquía, mismo que administra y en el que vive con su esposa (Melisa Sözen), más joven que él, y su hermana (Demet Akbag). Es un lugar solitario, entre las montañas, contiguo a un pueblo; la tercia de personas en las que se centra el relato convive menudamente con gente de escalones socioeconómicos más bajos.

Básicamente estamos ante hechos de apariencia cotidiana que se van sucediendo, dándole cierta forma a la narración: desde un niño que rompe la ventana del auto en el que viaja nuestro histrión jubilado, hasta los problemas que éste último va desmenuzando y exponiendo a la luz con sus mujeres allegadas, pasando por una suerte de planteamientos abstractos que se va haciendo el propio protagonista, en lo concerniente a su relación amorosa, sobre su rol como adulto en plena madurez y alguna disyuntiva referente a la caridad.

No obstante que el filme en cuestión es poseedor de una estética visual desbordante y unas interpretaciones más que acertadas, peca a más no poder de discursivo, de enfatizar diálogos insertos en conversaciones filosóficas familiares, en una suerte de teatralidad cinematográfica que se hace cansina, máxime si consideramos sus tres horas de duración.

Nuri Bilge Ceylan hace justo lo contrario a lo que proponía el teórico y director de cine francés Robert Bresson (Pickpocket, 1959): en vez de mostrar lo que en la vida misma se escapa del ojo humano y, por tanto, es captado por la cámara de cine, en Sueño de invierno vemos un intento de reproducción íntegro de momentos de la realidad. Y es que, aunque los diálogos no dejan resoluciones concretas, las acciones tampoco se esmeran en potenciar la capacidad de sugerencia… corrección, hay ausencia de acciones, lo que abunda es la perorata; y ahí radica mi problema con esta obra.

Sueño de invierno quebranta alguna ambición que el propio Bilge Ceylan había mostrado en un título anterior de su propia filmografía, Tres monos (2008), en el cual se notaba una inquietud por parte del director en trabajar más sobre la composición y armonía de los planos, dotando a aquella cinta de una atmósfera dramática inquietante y no de tanto discurso.

Bastante inconforme salí de la proyección de Sueño de invierno, siempre esperando algún elemento que detonara el intríngulis narrativo aunque, al final, todo se redujo a una consulta constante del reloj para ver a qué hora terminaba la sobrevalorada ganadora de la Palma de Oro de Cannes 2014.

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