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lunes, 2 de febrero de 2015

Traspasando los límites del «súper yo»


Muchos son los cineastas que a lo largo de la historia han centrado su atención en diseccionar orígenes, prácticas y consecuencias referentes a la violencia. De hecho, me atrevo a decir que es uno de los componentes más referenciados por los guionistas a la hora de construir las historias contadas en pantalla (junto con el amor).

Si me dicen «violencia en el cine», inmediatamente me vienen a la cabeza nombres como los de Roman Polanski (Repulsión, 1965), quien acudía a esa temática de forma tangencial y sicológica; Martin Scorsese (Taxi Driver, 1976), llevándola al primer plano como fenómeno psicosocial; Quentin Tarantino (Perros de reserva, 1992), en un tono más de regocijo personal, lleno de ironía; Michael Haneke (Funny Games, 1997), a manera de trastorno individual, una parábola sobre los límites de la perversidad humana; o Park Chan-wook (Señora venganza, 2005), en una suerte de ejercicio conductista en el que el acto violento pasa a ser una consecuencia ante un estímulo profundo. Sin embargo, también hablar de violencia en el cine es remitirse al grueso de películas de acción más comerciales producidas por la industria fílmica mundial, principalmente procedentes de la cinematografía estadounidense más burda.