Muchos son los cineastas que a lo largo de la historia han centrado su
atención en diseccionar orígenes, prácticas y consecuencias referentes a la
violencia. De hecho, me atrevo a decir que es uno de los componentes más
referenciados por los guionistas a la hora de construir las historias contadas
en pantalla (junto con el amor).
Si me dicen «violencia en el cine», inmediatamente me vienen a la cabeza
nombres como los de Roman Polanski (Repulsión, 1965), quien acudía a esa
temática de forma tangencial y sicológica; Martin Scorsese (Taxi Driver,
1976), llevándola al primer plano como fenómeno psicosocial; Quentin Tarantino
(Perros de reserva, 1992), en un tono más de regocijo personal, lleno de
ironía; Michael Haneke (Funny Games, 1997), a manera de trastorno
individual, una parábola sobre los límites de la perversidad humana; o Park
Chan-wook (Señora venganza, 2005), en una suerte de ejercicio
conductista en el que el acto violento pasa a ser una consecuencia ante un
estímulo profundo. Sin embargo, también hablar de violencia en el cine es
remitirse al grueso de películas de acción más comerciales producidas por la
industria fílmica mundial, principalmente procedentes de la cinematografía
estadounidense más burda.
