lunes, 2 de febrero de 2015

El paso del tiempo y la complejidad que se esconde en la sencillez


Ahora sé que mi acercamiento al cine de Richard Linklater ha sido injustamente limitado. Y es que, de entrada, me percato mientras redacto este texto de que sólo he visto una tercia de películas realizadas bajo su autoría, de muy diverso registro, algo que me hacía pensar que el cineasta en cuestión fuera alguien en quien no necesariamente debía ocupar mi tiempo e interés.
Mi acercamiento a la obra de Linklater se da con títulos de disímil calado, como la pueril e insufrible Escuela de rock (2003), relato al que nunca le encontré la gracia, interpretado por ese comediante que casi siempre me resulta pasadito, Jack Black. Luego divisé y quedé totalmente perplejo con esa rareza de aires independientes y vanguardistas que fue Waking Life (2001), un ensayo de animación superpuesta a personas y escenarios reales, en donde lo mismo se hace una crítica voraz al statu quo que se formulan planteamientos filosóficos sobre la esencia de la vida y los sueños que la forjan. Finalmente, de manera irresponsable, me aventuré a contemplar la última parte de la trilogía amorosa del director y guionista estadounidense, Antes del anochecer (2013), relato que describe un nuevo encuentro tras casi 20 años entre un hombre y una mujer que ya se han declarado su amor en el pasado pero que la formalización y prolongación del mismo les resulta circunstancialmente imposible, todo resuelto a partir de un realismo de palabrería que, he de reconocer, me llevó hasta los ronquidos.

Boyhood

Sin embargo, desde la Berlinale realizada en 2014 llegaron críticas y comentarios de la gente de cine referentes al más reciente trabajo de Linklater, Boyhood, una cinta cuya carta de presentación era el hecho de que al protagonista, Ellar Coltrane, le habían filmado en un periodo que abarca un total de 12 años, en un ejercicio apriorísticamente seductor.

Boyhood da seguimiento al desarrollo de la vida de Mason (Coltrane), de los seis a los 18 años de edad, en un relato en el que se aprecian las vicisitudes latentes y evidentes dentro de su quebrantado seno familiar, compuesto por su madre (Patricia Arquette) y su hermana (Lorelei Linklater), sumado a las ocasionales visitas del padre (Ethan Hawke).

Contada en clave realista, Boyhood nos muestra anverso y reverso en la transición de niño a joven de nuestro protagonista, con todos los altibajos, claroscuros y sinsabores que la misma vida conlleva. Ahí están, por mencionar, los cambios de pareja de la madre, quien permanentemente busca su rumbo, teniendo que lidiar con esa sensación de brindarles lo mejor a los hijos; o la hermana, quien no obstante atravesar la difícil etapa de la adolescencia, siempre funge como un incondicional apoyo para Mason; y el padre, que, tras inicialmente presentarse como el más irresponsable, paulatinamente va encontrado un acomodo que, desde luego, jamás le regresará el tiempo perdido pero que, al menos, normalizará una compleja pero no poco común configuración familiar a distancia. Desde luego que con Mason es con quien principalmente se genera empatía, pues las dos horas 45 minutos de metraje están dedicadas principalmente a desmenuzar el universo de un chico que lo mismo se desconcierta con las circunstancias parentales, los periplos a los que es orillada su familia y el lidiar con reemplazos paternos, disfrutando algunos momentos de liberación con hermana, amigos, padres y, desde luego, el despertar que supone la ruptura de la infancia evolucionada en juventud.

Prodigiosa me resulta la naturalidad y carencia de inflexión que Ellar Coltrane despliega en la nada sencilla tarea de pararse enfrente de la cámara de Linklater en sesiones de filmación que se extendieron hasta más de una década (una treintena de días efectivos de rodaje), esgrimiendo en mirada, sonrisas y actitud una interpretación que, sin imitar, da una idea fidedigna sobre lo que es la vida misma. Y si la actuación de Coltrane la califico de genial, el trabajo que hizo la muchas veces subvalorada Patricia Arquette (Carretera perdida, 1997) me resultó harto entrañable, llevándome en algún momento a la lágrima más sentida; «¿Sabes qué empiezo a entender? Que mi vida se va a ir así; casarme, tener hijos, divorciarme (...) enviarte a la universidad. ¿Y sabes qué viene después? ¡Mi maldito funeral!», se le escucha expresar a una desconsolada madre que da una puntada casi final al (sin) sentido de la vida, a lo efímero pero profundo de la misma; así de fácil, así de difícil, diría el clásico.

Richard Linklater no solamente hizo un ejercicio experimental de una década; lo inusitado del caso es que se mandó una gran película, monumental por la afrenta que supusieron las características de su filmación pero virtuosa en cristalizar ese dicho de «menos es más», al poner la cámara en los pequeños detalles, por supuesto dándole vía al desarrollo de la trama pero enfatizando los momentos de los que la existencia se nutre, ni siquiera necesitando establecer un drama de tintes trágicos para conmover; simplemente coloca en pantalla una suerte de espejo (con sus variaciones) que nos muestra lo hermoso y lo horrible que supone el transcurrir del tiempo, el pasar de una etapa vital a otra, lidiar con lo cotidiano y las sorpresas que de pronto aparecen. 

Sin más, Boyhood es una obra maestra de la complejidad que se esconde la sencillez, filme al que, desde ya, habré de recurrir (necesariamente) con bastante frecuencia, una cinta que me sube a un pedestal mayor a ese director tan injustamente descartado por mi persona llamado Richard Linklater.

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