Ahora sé que mi
acercamiento al cine de Richard Linklater ha sido injustamente limitado. Y es
que, de entrada, me percato mientras redacto este texto de que sólo he visto
una tercia de películas realizadas bajo su autoría, de muy diverso registro,
algo que me hacía pensar que el cineasta en cuestión fuera alguien en quien no
necesariamente debía ocupar mi tiempo e interés.
Mi acercamiento a la
obra de Linklater se da con títulos de disímil calado, como la pueril e
insufrible Escuela de rock (2003), relato al que nunca le
encontré la gracia, interpretado por ese comediante que casi siempre me resulta
pasadito, Jack Black. Luego divisé y quedé totalmente perplejo con esa rareza
de aires independientes y vanguardistas que fue Waking Life (2001),
un ensayo de animación superpuesta a personas y escenarios reales, en donde lo
mismo se hace una crítica voraz al statu quo que se formulan
planteamientos filosóficos sobre la esencia de la vida y los sueños que la
forjan. Finalmente, de manera irresponsable, me aventuré a contemplar la última
parte de la trilogía amorosa del director y guionista estadounidense, Antes
del anochecer (2013), relato que describe un nuevo encuentro tras casi
20 años entre un hombre y una mujer que ya se han declarado su amor en el
pasado pero que la formalización y prolongación del mismo les resulta
circunstancialmente imposible, todo resuelto a partir de un realismo de
palabrería que, he de reconocer, me llevó hasta los ronquidos.
Boyhood
Sin embargo, desde la
Berlinale realizada en 2014 llegaron críticas y comentarios de la gente de cine
referentes al más reciente trabajo de Linklater, Boyhood, una cinta
cuya carta de presentación era el hecho de que al protagonista, Ellar Coltrane,
le habían filmado en un periodo que abarca un total de 12 años, en un ejercicio
apriorísticamente seductor.
Boyhood da seguimiento
al desarrollo de la vida de Mason (Coltrane), de los seis a los 18 años de
edad, en un relato en el que se aprecian las vicisitudes latentes y evidentes
dentro de su quebrantado seno familiar, compuesto por su madre (Patricia
Arquette) y su hermana (Lorelei Linklater), sumado a las ocasionales visitas
del padre (Ethan Hawke).
Contada en clave
realista, Boyhood nos muestra anverso y reverso en la
transición de niño a joven de nuestro protagonista, con todos los altibajos,
claroscuros y sinsabores que la misma vida conlleva. Ahí están, por mencionar,
los cambios de pareja de la madre, quien permanentemente busca su rumbo,
teniendo que lidiar con esa sensación de brindarles lo mejor a los hijos; o la
hermana, quien no obstante atravesar la difícil etapa de la adolescencia,
siempre funge como un incondicional apoyo para Mason; y el padre, que, tras
inicialmente presentarse como el más irresponsable, paulatinamente va
encontrado un acomodo que, desde luego, jamás le regresará el tiempo perdido pero
que, al menos, normalizará una compleja pero no poco común configuración
familiar a distancia. Desde luego que con Mason es con quien principalmente se
genera empatía, pues las dos horas 45 minutos de metraje están dedicadas
principalmente a desmenuzar el universo de un chico que lo mismo se
desconcierta con las circunstancias parentales, los periplos a los que es
orillada su familia y el lidiar con reemplazos paternos, disfrutando algunos
momentos de liberación con hermana, amigos, padres y, desde luego, el despertar
que supone la ruptura de la infancia evolucionada en juventud.
Prodigiosa me resulta
la naturalidad y carencia de inflexión que Ellar Coltrane despliega en la nada
sencilla tarea de pararse enfrente de la cámara de Linklater en sesiones de
filmación que se extendieron hasta más de una década (una treintena de días efectivos
de rodaje), esgrimiendo en mirada, sonrisas y actitud una interpretación que,
sin imitar, da una idea fidedigna sobre lo que es la vida misma. Y si la
actuación de Coltrane la califico de genial, el trabajo que hizo la muchas
veces subvalorada Patricia Arquette (Carretera perdida, 1997) me resultó
harto entrañable, llevándome en algún momento a la lágrima más sentida; «¿Sabes
qué empiezo a entender? Que mi vida se va a ir así; casarme, tener hijos,
divorciarme (...) enviarte a la universidad. ¿Y sabes qué viene después? ¡Mi
maldito funeral!», se le escucha expresar a una desconsolada madre que da una
puntada casi final al (sin) sentido de la vida, a lo efímero pero profundo de
la misma; así de fácil, así de difícil, diría el clásico.
Richard Linklater no
solamente hizo un ejercicio experimental de una década; lo inusitado del caso
es que se mandó una gran película, monumental por la afrenta que supusieron las
características de su filmación pero virtuosa en cristalizar ese dicho de
«menos es más», al poner la cámara en los pequeños detalles, por supuesto
dándole vía al desarrollo de la trama pero enfatizando los momentos de los que
la existencia se nutre, ni siquiera necesitando establecer un drama de tintes
trágicos para conmover; simplemente coloca en pantalla una suerte de espejo
(con sus variaciones) que nos muestra lo hermoso y lo horrible que supone el
transcurrir del tiempo, el pasar de una etapa vital a otra, lidiar con lo
cotidiano y las sorpresas que de pronto aparecen.
Sin más, Boyhood es
una obra maestra de la complejidad que se esconde la sencillez, filme al que,
desde ya, habré de recurrir (necesariamente) con bastante frecuencia, una cinta
que me sube a un pedestal mayor a ese director tan injustamente descartado por
mi persona llamado Richard Linklater.

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