Leer el nombre de Alejandro González Iñárritu en la cartelera me
significa una sensación de pesadez, de saber que me van a tratar de impresionar
de una manera tan ostentosa como inocua.
Mi primer acercamiento al cine del director mexicano se dio con su ópera
prima Amores perros (2000), cinta que me dejó algo
impresionado por su entrecruzada narrativa y por ese retrato realista de los
dramas urbanos que son expuestos; aunque bien vale aclarar que cuando la vi,
por la edad que tenía (era un púber), cualquier cosa que se saliera mínimamente
del lugar común me podía sorprender. Así pues, con el pasar de los años, he
notado cierto discurso comodino y un afán protagónico por parte del director en
el filme en cuestión.
Posteriormente llegó 21 Gramos (2003), película
acertada en la que se repitió la fórmula de juntar historias, mostrando de
manera consistente un ímpetu por sobrevivir a las distintas adversidades por
parte de los protagonistas (padecimientos físicos, reintegración social),
soportada la trama por un plantel de actores de primera línea: Sean Penn, Naomi
Watts y Benicio Del Toro.
Fue hasta Babel (2006) cuando manifesté un claro
desencanto por el cine de Iñárritu, obra que además supuso su ruptura con el
guionista Guillermo Arriaga (quien le había escrito los guiones previos), en
otra conjugación de historias, esta vez sensibleras y maniqueas, que ni la
presencia de gente como Cate Blanchett o Brad Pitt pudieron salvar; claro, esto
en mi muy personal opinión, porque el jurado del Festival de Cannes de aquel
año (presidido por mi amado Wong kar-wai) otorgó el premio de la mejor
dirección a esta cinta (incluso fue una contendiente fuerte para llevarse el
Oscar ese año).
Y la hecatombe total llegó con el filme Biutiful (2010),
en el cual Iñárritu pretendió alcanzar cotas de profundidad espiritual al
estilo Dreyer (Ordet. La palabra, 1955), terminando por ser un
bochornoso retrato de un enfermo terminal que hablaba con fantasmas, bordado de
la mejor manera posible (aunque insuficiente para rescatar a la película) por
ese buen actor que es Javier Bardem.
Birdman (o la inesperada virtud de la
ignorancia)
Alejandro González Iñárritu presentó en el Festival de Venecia de 2014
la cinta Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), obra
que le valió una marejada de halagos por parte de la crítica, aunque no así por
los miembros del jurado que no le brindaron ninguna distinción.
El filme nos ubica en un teatro neoyorkino, en donde una vieja gloria
del cine de superhéroes (Michael Keaton) busca separarse de la etiqueta de
actor comercial para trascender a la élite de los histriones, protagonizando un
drama en el cual comparte escena con otros intérpretes algo desquiciados
(Edward Norton y Naomi Watts). Sin embargo, el protagonista padece algún tipo
de paranoia, manifestándose en repetidas ocasiones su alter ego (el hombre
pájaro al cual interpretó en el pasado), invitándolo permanentemente a que tire
la toalla en su ambición teatral para que vuelva a estelarizar películas en la
gran pantalla.
Birdman (para abreviar) está rodada casi en su totalidad en un aparente
gran plano secuencia (que en realidad son una serie de planos largos
sucedidos), manifestándose las destrezas del prodigioso cinefotógrafo que es
Emmanuel Lubezki (El árbol de la vida, 2011), internándose en pasillos,
camerinos y escenarios de teatro, con toda la dificultad que debe suponer
filmar así en espacios cerrados. Sin embargo, en términos connotativos, este
ejercicio técnico no termina más que suponer una suerte de presunción por parte
del director, intentando llenar el ojo a los sesudos estudiosos del cine, pero
que en nada abona a una trama que, por otra parte, está inscrita en un intento
de comedia absurda, fallida en sus tentativas de trascendencia, de abordar
todos los tópicos habidos y por haber (incomprensión social, vocación
artística, crítica a la propia crítica, confrontación de lo vacuo con lo
profundo, disfunción familiar…).
Y sí, la interpretación de Michael Keaton es correcta (hasta sorpresiva)
pero, como ocurriera con Biutiful, no pudo salvar a esa marejada de
impostura que supone la obra en su totalidad.
Ya sé que al final Birdman va a cosechar muchos
reconocimientos, porque, de hecho, me parece que esa es una de sus finalidades
(forma y fondo la delatan); también soy consciente de que Iñárritu es por
muchos calificado como la «prima donna» del cine mexicano; en lo que a mí
respecta, no se me termina por quitar esa manía particular que le tengo a su
cine. Pero no me hagan caso, el que está mal soy yo (y algún otro cinéfilo que
coincide conmigo): que disfrute la película el respetable, especialmente
esnobs, modernos y progres.

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