lunes, 2 de febrero de 2015

La manía confirmada que me provoca el cine de Iñárritu


Leer el nombre de Alejandro González Iñárritu en la cartelera me significa una sensación de pesadez, de saber que me van a tratar de impresionar de una manera tan ostentosa como inocua.

Mi primer acercamiento al cine del director mexicano se dio con su ópera prima Amores perros (2000), cinta que me dejó algo impresionado por su entrecruzada narrativa y por ese retrato realista de los dramas urbanos que son expuestos; aunque bien vale aclarar que cuando la vi, por la edad que tenía (era un púber), cualquier cosa que se saliera mínimamente del lugar común me podía sorprender. Así pues, con el pasar de los años, he notado cierto discurso comodino y un afán protagónico por parte del director en el filme en cuestión.
Posteriormente llegó 21 Gramos (2003), película acertada en la que se repitió la fórmula de juntar historias, mostrando de manera consistente un ímpetu por sobrevivir a las distintas adversidades por parte de los protagonistas (padecimientos físicos, reintegración social), soportada la trama por un plantel de actores de primera línea: Sean Penn, Naomi Watts y Benicio Del Toro.

Fue hasta Babel (2006) cuando manifesté un claro desencanto por el cine de Iñárritu, obra que además supuso su ruptura con el guionista Guillermo Arriaga (quien le había escrito los guiones previos), en otra conjugación de historias, esta vez sensibleras y maniqueas, que ni la presencia de gente como Cate Blanchett o Brad Pitt pudieron salvar; claro, esto en mi muy personal opinión, porque el jurado del Festival de Cannes de aquel año (presidido por mi amado Wong kar-wai) otorgó el premio de la mejor dirección a esta cinta (incluso fue una contendiente fuerte para llevarse el Oscar ese año).

Y la hecatombe total llegó con el filme Biutiful (2010), en el cual Iñárritu pretendió alcanzar cotas de profundidad espiritual al estilo Dreyer (Ordet. La palabra, 1955), terminando por ser un bochornoso retrato de un enfermo terminal que hablaba con fantasmas, bordado de la mejor manera posible (aunque insuficiente para rescatar a la película) por ese buen actor que es Javier Bardem.

Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia)

Alejandro González Iñárritu presentó en el Festival de Venecia de 2014 la cinta Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), obra que le valió una marejada de halagos por parte de la crítica, aunque no así por los miembros del jurado que no le brindaron ninguna distinción.

El filme nos ubica en un teatro neoyorkino, en donde una vieja gloria del cine de superhéroes (Michael Keaton) busca separarse de la etiqueta de actor comercial para trascender a la élite de los histriones, protagonizando un drama en el cual comparte escena con otros intérpretes algo desquiciados (Edward Norton y Naomi Watts). Sin embargo, el protagonista padece algún tipo de paranoia, manifestándose en repetidas ocasiones su alter ego (el hombre pájaro al cual interpretó en el pasado), invitándolo permanentemente a que tire la toalla en su ambición teatral para que vuelva a estelarizar películas en la gran pantalla.

Birdman (para abreviar) está rodada casi en su totalidad en un aparente gran plano secuencia (que en realidad son una serie de planos largos sucedidos), manifestándose las destrezas del prodigioso cinefotógrafo que es Emmanuel Lubezki (El árbol de la vida, 2011), internándose en pasillos, camerinos y escenarios de teatro, con toda la dificultad que debe suponer filmar así en espacios cerrados. Sin embargo, en términos connotativos, este ejercicio técnico no termina más que suponer una suerte de presunción por parte del director, intentando llenar el ojo a los sesudos estudiosos del cine, pero que en nada abona a una trama que, por otra parte, está inscrita en un intento de comedia absurda, fallida en sus tentativas de trascendencia, de abordar todos los tópicos habidos y por haber (incomprensión social, vocación artística, crítica a la propia crítica, confrontación de lo vacuo con lo profundo, disfunción familiar…).

Y sí, la interpretación de Michael Keaton es correcta (hasta sorpresiva) pero, como ocurriera con Biutiful, no pudo salvar a esa marejada de impostura que supone la obra en su totalidad.

Ya sé que al final Birdman va a cosechar muchos reconocimientos, porque, de hecho, me parece que esa es una de sus finalidades (forma y fondo la delatan); también soy consciente de que Iñárritu es por muchos calificado como la «prima donna» del cine mexicano; en lo que a mí respecta, no se me termina por quitar esa manía particular que le tengo a su cine. Pero no me hagan caso, el que está mal soy yo (y algún otro cinéfilo que coincide conmigo): que disfrute la película el respetable, especialmente esnobs, modernos y progres.

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