lunes, 2 de febrero de 2015

Un buen periplo espacial


Cada que escribo una crítica sobre cine de ciencia ficción comienzo por remitirme a las películas que más amo dentro del género: Alphaville (Jean-Luc Godard, 1965), 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968) o Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Y lo hago para darme a entender sobre lo que considero como «el mejor cine»,  para ir quedando claros desde el principio.

De la ciencia ficción lo que más aprecio no son tanto las propuestas tecnológicas ni visuales, más bien me limito a disfrutar de lo que se cuenta, tanto en la  trama como en las propuestas subyacentes de la narración, estas segundas más ligadas al subjetivismo, a la interpretación que uno termina haciendo del filme en cuestión. Así, por mencionar, en Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979) —obra maestra del cine— me enfoco más en el suspense de altísima calidad y en el trazo de la encantadora protagonista a la que interpreta Sigourney Weaver, que en el diseño de la nave espacial o del temible alienígena abordo.

Habiendo esclarecido la línea de mi crítica que nadie me pidió aclarar, lo que sigue es hablar de un tal Christopher Nolan.

Nolan debe ser el cineasta más envidiado del gremio: tiene la posibilidad de filmar lo que le plazca, con los mayores presupuestos y una distribución masiva; en otras palabras, es un director circunscrito al llamado «cine de autor» que también es sumamente rentable en taquilla, lo que le permite filmar con regularidad.

Mi acercamiento a su cine se dio con la hoy considerada película de culto Memento (2000), thriller narrativamente rupturista (contado de atrás para adelante) que seguía los pasos de un hombre enfermo de amnesia a corto plazo, interpretado por ese buen actor que es Guy Pearce. Pero las películas que más me gustan de la filmografía de Nolan se titulan Insomnia (2002), otro magnético thriller que se ajusta a la clásica trama de la investigación criminal (gran duelo interpretativo entre Al Pacino y Robin Williams), y El Caballero de la Noche (2008), que supuso una insólita revisión a los aparentemente ultra conocidos personajes de Batman y Joker (este segundo interpretado inconmensurablemente por el difunto Heath Ledger), dotándoles de una complejidad psicológica tan inesperada como magistral.

El acercamiento más popular de Nolan al cine de la ciencia ficción se dio con Origen (2010), cinta que nos aproximaba al complejo mundo de los sueños, con un grupo de personas que eran capaces de habitar en las experiencias oníricas de terceros, poseedores de consciencia plena durante sus inmersiones. La película, pese a estar ajustada con calzador en lo que refiere a la consistencia del guión, me resultó muy disfrutable, en el peor de los casos un producto hecho para las masas que se aleja de la bobería, en cierta medida inteligente.

Interstellar

Todo lo anterior me generó una gran expectativa para el visionado de su más reciente trabajo, Interstellar (2014), película ambientada en un futuro cercano y apocalíptico, en donde la Tierra cada vez presenta más dificultades para ser habitada; la alimentación prácticamente se limita a la cosecha de maíz y el aire es invadido por ventiscas terregosas que impiden una adecuada respiración. Y es por lo anterior que a un probado astronauta (Matthew McConaughey) se le encomienda la tarea de encabezar la búsqueda de otro mundo potencialmente habitable, con el ánimo de que la especie humana perdure. Sin embargo, esto le hará al protagonista alejarse de sus pequeños hijos por un tiempo indefinido.

El filme se va moviendo a través del misterio, el drama y la aventura espacial, prevaleciendo una verborrea científica que cita complejos términos como la «física cuántica» o los «agujeros espaciales», lo que va justificando (quizá de manera gratuita) la progresión de la trama.  

Como ocurriera con Origen, el guión de Interstellar, en su osada propuesta, parece estar demasiado ajustado, sobre todo en la concatenación del drama paterno filial latente y  en la complejidad cuasi filosófica de las variables «tiempo» y «espacio» manifiestas, lo que finalmente no arruina el buen rato que se pasa uno al estar frente a la pantalla durante casi tres horas.

El trabajo de McConaughey, como nos  ha acostumbrado por lo menos en sus más recientes tres o cuatro años de labores histriónicas (sobre todo con ese sublime personaje al que dio vida en la serie televisiva True Detective; 2014), está más que perfecto, comiéndose la pantalla en todo momento, desarrollando de la manera más inteligente al personaje central, transmitiendo lo mismo impotencia que perplejidad. Y, para llevar mis halagos a su máxima expresión en materia del reparto, he de decir que aunque Jessica Chastain aparece muy poco a cuadro, para mí esos pocos minutos son la gloria: le considero la mejor actriz de la actualidad; cada película en la que participe esta portentosa mujer tiene asegurada mi presencia en primera fila.

Interstellar, siendo una gran película, no termina por alcanzar las cotas más altas de la ciencia ficción. Aunque eso ya es pedir demasiado.

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