Cada que escribo una crítica
sobre cine de ciencia ficción comienzo por remitirme a las películas que más
amo dentro del género: Alphaville (Jean-Luc
Godard, 1965), 2001: Una odisea del
espacio (Stanley Kubrick, 1968) o Blade
Runner (Ridley Scott, 1982). Y lo hago para darme a entender sobre lo que
considero como «el mejor cine», para ir
quedando claros desde el principio.
De la ciencia ficción lo que
más aprecio no son tanto las propuestas tecnológicas ni visuales, más bien me
limito a disfrutar de lo que se cuenta, tanto en la trama como en las propuestas subyacentes de la
narración, estas segundas más ligadas al subjetivismo, a la interpretación que
uno termina haciendo del filme en cuestión. Así, por mencionar, en Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott,
1979) —obra maestra del cine— me enfoco más en el suspense de altísima calidad y en el trazo de la encantadora
protagonista a la que interpreta Sigourney Weaver, que en el diseño de la nave
espacial o del temible alienígena abordo.
Habiendo esclarecido la
línea de mi crítica que nadie me pidió aclarar, lo que sigue es hablar de un
tal Christopher Nolan.
Nolan debe ser el cineasta
más envidiado del gremio: tiene la posibilidad de filmar lo que le plazca, con
los mayores presupuestos y una distribución masiva; en otras palabras, es un
director circunscrito al llamado «cine de autor» que también es sumamente
rentable en taquilla, lo que le permite filmar con regularidad.
Mi acercamiento a su cine se
dio con la hoy considerada película de culto Memento (2000), thriller
narrativamente rupturista (contado de atrás para adelante) que seguía los pasos
de un hombre enfermo de amnesia a corto plazo, interpretado por ese buen actor
que es Guy Pearce. Pero las películas que más me gustan de la filmografía de
Nolan se titulan Insomnia (2002),
otro magnético thriller que se ajusta
a la clásica trama de la investigación criminal (gran duelo interpretativo
entre Al Pacino y Robin Williams), y El
Caballero de la Noche (2008), que supuso una insólita revisión a los
aparentemente ultra conocidos personajes de Batman y Joker (este segundo
interpretado inconmensurablemente por el difunto Heath Ledger), dotándoles de
una complejidad psicológica tan inesperada como magistral.
El acercamiento más popular
de Nolan al cine de la ciencia ficción se dio con Origen (2010), cinta que nos aproximaba al complejo mundo de los
sueños, con un grupo de personas que eran capaces de habitar en las
experiencias oníricas de terceros, poseedores de consciencia plena durante sus
inmersiones. La película, pese a estar ajustada con calzador en lo que refiere
a la consistencia del guión, me resultó muy disfrutable, en el peor de los
casos un producto hecho para las masas que se aleja de la bobería, en cierta
medida inteligente.
Interstellar
Todo lo anterior me generó
una gran expectativa para el visionado de su más reciente trabajo, Interstellar (2014), película ambientada
en un futuro cercano y apocalíptico, en donde la Tierra cada vez presenta más
dificultades para ser habitada; la alimentación prácticamente se limita a la
cosecha de maíz y el aire es invadido por ventiscas terregosas que impiden una
adecuada respiración. Y es por lo anterior que a un probado astronauta (Matthew
McConaughey) se le encomienda la tarea de encabezar la búsqueda de otro mundo
potencialmente habitable, con el ánimo de que la especie humana perdure. Sin
embargo, esto le hará al protagonista alejarse de sus pequeños hijos por un
tiempo indefinido.
El filme se va moviendo a
través del misterio, el drama y la aventura espacial, prevaleciendo una
verborrea científica que cita complejos términos como la «física cuántica» o
los «agujeros espaciales», lo que va justificando (quizá de manera gratuita) la
progresión de la trama.
Como ocurriera con Origen, el guión de Interstellar, en su osada propuesta, parece estar demasiado
ajustado, sobre todo en la concatenación del drama paterno filial latente y en la complejidad cuasi filosófica de las
variables «tiempo» y «espacio» manifiestas, lo que finalmente no arruina el
buen rato que se pasa uno al estar frente a la pantalla durante casi tres
horas.
El trabajo de McConaughey,
como nos ha acostumbrado por lo menos en
sus más recientes tres o cuatro años de labores histriónicas (sobre todo con
ese sublime personaje al que dio vida en la serie televisiva True Detective; 2014), está más que perfecto, comiéndose la pantalla en todo
momento, desarrollando de la manera más inteligente al personaje central,
transmitiendo lo mismo impotencia que perplejidad. Y, para llevar mis halagos a
su máxima expresión en materia del reparto, he de decir que aunque Jessica
Chastain aparece muy poco a cuadro, para mí esos pocos minutos son la gloria: le
considero la mejor actriz de la actualidad; cada película en la que participe
esta portentosa mujer tiene asegurada mi presencia en primera fila.
Interstellar, siendo una gran película, no termina por
alcanzar las cotas más altas de la ciencia ficción. Aunque eso ya es pedir
demasiado.

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