lunes, 2 de febrero de 2015

Conmovedor relato de la desmemoria


Directa o indirectamente, el tema de la memoria en el cine ha sido abordado desde distintas aristas en forma y fondo.

Si pienso en la importancia y evocación del recuerdo desde el subjetivismo de la mente, he de citar lo trazado por Akira Kurosawa en una de sus obras maestras, Rashomon (1950), en donde proponía inmejorablemente la rememoración de un hecho desde puntos de vista distintos, dotando de carga moral o redimiendo actos de violación y asesinato presuntamente cometidos por un bandido (Toshirô Mifune), en el Japón del siglo XII. También retomo la complejidad laberíntica y filosófica presentada por Alain Resnais con su drama cuasi surrealista titulado El año pasado en Marienbad (1961), en un tan desconcertante como ciertamente parco relato en el que un hombre persuade a una mujer para que deje a su marido y se vaya con él, todo sustentado desde una difusa promesa que se habrían hecho los protagonistas un año antes. Ya del nuevo siglo, me vienen a la cabeza dos cintas en las que la problemática de la pérdida de los recuerdos es abordada como pivote narrativo, en ambos casos a partir de padecimiento físico neuronal: primero Memento (Christopher Nolan, 2000), en la que un hombre al que interpretaba Guy Pearce padecía de amnesia de corto plazo, situación que sirvió para dar rienda a un relato más perfilado en el thriller psicológico, descubriendo espectador y protagonista al unísono una serie de enigmas escondidos en la trama, con la particularidad de que el mencionado texto fílmico está narrado en permanente analepsis (comienza con el final); y también está la cinta argentina El hijo de la novia (Juan José Campanella, 2001), en donde la madura y encantadora pareja conformada por Héctor Alterio y Norma Aleandro ven trastornadas sus dinámicas de vida producto de que ella padece de ese infierno neurodegenerativo llamado Alzheimer, influyendo en la vida de su hijo (Ricardo Darín), quien hará lo posible por complacer algún añorado deseo de sus viejos, todo en clave de comedia (deliciosa, por cierto).

Siempre Alice

Abonando a la temática de la memoria o la falta de la misma, este año vio la luz la película Siempre Alice (Still Alice. Richard Glatzer y Wash Westmoreland; 2014), drama de esencias realistas que nos muestra la debacle de una profesora lingüista, Julianne Moore, madre de familia a quien luego de haber celebrado su 50 aniversario de vida le diagnostican Alzheimer prematuro, circunstancia que quebranta lo mismo su dinámica laboral que su rol familiar, avanzando paulatinamente la enfermedad hasta que todo lo que ella y sus allegados conocían como cotidianeidad se esfuma.

El relato está sostenido prácticamente en su totalidad por el trabajo histriónico de Moore que, como acostumbra, está más que bien, alejada de cualquier énfasis, bordando al personaje de una manera ciertamente compleja aunque apegada a toda sensatez y mesura, esto último tomando en cuenta la proclividad a potenciar lo dramático de la historia.

Aunque Moore está bien de principio a fin, es el relato el que tarda en arrancar, no en los vericuetos de la narración sino en la empatía emocional, pues el planteamiento se va sucediendo con cierta rapidez; en un abrir y cerrar de ojos ya estamos en el meollo de la problemática planteada, sin que haya habido ciertamente algún involucramiento empático con la protagonista y su familia.

Del otro lado, la principal virtud de Siempre Alice es la conseguida evasión al tópico de la superación personal, pues en algún momento nuestro personaje central se tira un discursillo que por ahí parecía que iba a caer en alguna moraleja barata, finalmente logrando evadir el encasillamiento de un posible mensaje detrás de lo que se cuenta, dejándome más bien la sensación de desasosiego en torno a ese monstruo llamado Alzheimer, que lo mismo puede ser tomado como un desafío de vida que como una inesperada mala suerte a la que sólo se tiene como esperanza el perder totalmente la razón (por parte del enfermo, claro, porque lo que son los familiares…).

Al final, Siempre Alice me conmueve, no para llegar al llanto desbordado, porque en sí es una película compacta que no pretende sacar las lágrimas, pero que en ciertos pasajes, siempre de la mano de una perfecta Julianne Moore —insisto—, me transmite sensaciones de angustia, tristeza e impotencia.

Quedo así con el pendiente de revisar la filmografía de los codirectores estadounidenses Richard Glatzer y Wash Westmoreland (Quinceañera, 2006), de quienes irresponsablemente no había visto ninguna película con anterioridad, pero que gracias  a Siempre Alice me han despertado el gusanillo de la curiosidad.

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