martes, 18 de noviembre de 2014

David Fincher: el confirmado heredero de Hitchcock


No es un desvarío que la crítica y el propio cineasta David Fincher relacionen su trabajo con el cine del mítico Alfred Hitchcock. Ambos directores son representantes de una cinematografía que combina inmejorablemente historias interesantes para el público masivo con un trabajo técnico altamente profesional, escondiendo bajo esa solvencia superficial (que no es poca cosa) turbadores entramados que demandan al espectador un gozoso ejercicio en el descubrimiento de significantes implícitos.

Hitchcock estaba plenamente circunscrito al suspense (y cómo no, si fue el gran maestro del género), desarrollando notables ejercicios narrativos en un tipo de cine que, aparte de todo, le dejaba bueno réditos a la industria; sólo un genio de su grandeza pudo hacer comercialmente atractivas historias tan retorcidas y formalmente experimentales como las magníficas La soga (1948) o Psicosis (1960), situación que parecería imposible de replicar en el Hollywood de hoy. Alguien diría que se requiere de gran talento y pericia para poder sobrevivir a las variables de la oferta y de la demanda a las que están sujetos los grandes productores y exhibidores del presente, y es cierto, por lo que sólo una persona que combine oficio y habilidad puede perdurar al mercado fílmico: esa figura en la actualidad responde al nombre de David Fincher.

Fincher ha hecho un poco de todo, llegando a su punto más alto con un par de thrillers que son ya clásicos del género en la cinematografía contemporánea: la inquietante Seven (1995) y la hipnótica Zodiac (2007). Incluso en sus ejercicios fílmicos más cuestionables (vamos, los que menos me gustan) se puede percibir su personal atmósfera de enrarecimiento de los relatos, de la mano de una muy depurada y oscura composición visual, en títulos como la sobrevalorada El club de la pelea (1999) y en la fallida —que no aburrida— La habitación del pánico (2002). Por estas razones, uno cuando ve que se estrena una película de Fincher tiene impostergablemente que acudir a la sala de cine pues, más allá de los alcances de la obra que nos presente el cineasta oriundo de Denver, Colorado (EU), es garantía de que, a lo peor, se terminará viendo simplemente una buena película.

Perdida

Este año Fincher regresó a la gran pantalla con la cinta Perdida (Gone Girl, 2014), tras su muy productivo paso por el mundo de las series con la magnífica House of Cards (2013). La película es un thriller a dos bandas que muestra la historia de un matrimonio en aparente curva descendente, que llega a su punto de resquebrajamiento cuando el hombre (Ben Affleck) reporta la misteriosa desaparición de su esposa (Rosamund Pike), destapándose las posibles motivaciones de un lado y del otro para que este hecho se suscite, planteando un gozoso juego de puntos de vista sobre una compleja relación (¿y qué relación no es compleja?).

Fincher no se rasga las vestiduras por hacer enfáticas las vueltas de tuerca en la narración (que las tiene) sino que se concentra en la creación de ese personal halo de progresivo enturbiamiento de la trama, con una caligrafía fílmica que no da respiro. Sin embargo, Perdida no alcanza la perfección debido a que la historia base (adaptación del best seller homónimo, escrito por Gillian Flynn, quien también funge como guionista de la cinta) es ciertamente imperfecta, sobrándole esa socialmente necesaria pero tópica crítica hacia los medios de comunicación, concretamente a la televisión, que pueden hacer o deshacer la imagen pública de una persona, en este caso la del protagonista masculino, en detrimento del desahogo legal del quebranto conyugal. Y es que ese elemento mediático supone un descanso al inquietante y modélicamente conseguido ritmo narrativo que, con paso semilento, llena de encanto a la película.

Personalmente le agradezco a Fincher que me rescate a esa muy buena actriz que es Kim Dickens, alguien a quien rara vez veo en cine y que me enamoró en esa cruda cuan fastuosa serie televisiva llamada Deadwood (2004), y que dentro de la película hace el papel de la detective Boney, dotando de cierto humorcillo negro a la búsqueda que el casi siempre inexpresivo pero ahora histriónicamente bien explotado Ben Affleck hace sobre el misterioso extravío de su mujer.

Reconociendo la maestría de David Fincher, creo que se pasó dos pueblos al comparar en una entrevista a su filme Perdida con Vértigo (1958) de Hitchcock; es posible que las tramas, en su revisión literal, puedan ser similarmente de complejas, pero es que el lirismo, la necrofilia latente, las inmensas presencias a cuadro de Kim Novak y James Stewart, más la inigualable banda sonora compuesta por Bernard Herman son sencillamente inalcanzables. Vamos, que confrontar cualquier obra con Vértigo es en sí un acto arriesgado; sospecho que la autoestima de Fincher debe ser muy grande. Y ojo, que yo a David Fincher le considero un heredero del cine de Hitchcock, un director que con cada una de sus películas dignifica el cine de género, pero habrá que ir midiendo los comentarios.

Igual Perdida me parece muy buena película, de lo mejor que he visto este año.

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