No es un desvarío que la
crítica y el propio cineasta David Fincher relacionen su trabajo con el cine
del mítico Alfred Hitchcock. Ambos directores son representantes de una cinematografía
que combina inmejorablemente historias interesantes para el público masivo con
un trabajo técnico altamente profesional, escondiendo bajo esa solvencia
superficial (que no es poca cosa) turbadores entramados que demandan al
espectador un gozoso ejercicio en el descubrimiento de significantes implícitos.
Hitchcock estaba plenamente
circunscrito al suspense (y cómo no,
si fue el gran maestro del género), desarrollando notables ejercicios
narrativos en un tipo de cine que, aparte de todo, le dejaba bueno réditos a la
industria; sólo un genio de su grandeza pudo hacer comercialmente atractivas
historias tan retorcidas y formalmente experimentales como las magníficas La soga (1948) o Psicosis (1960), situación que parecería imposible de replicar en
el Hollywood de hoy. Alguien diría que se requiere de gran talento y pericia
para poder sobrevivir a las variables de la oferta y de la demanda a las que
están sujetos los grandes productores y exhibidores del presente, y es cierto,
por lo que sólo una persona que combine oficio y habilidad puede perdurar al
mercado fílmico: esa figura en la actualidad responde al nombre de David
Fincher.
Fincher ha hecho un poco de
todo, llegando a su punto más alto con un par de thrillers que son ya clásicos del género en la cinematografía
contemporánea: la inquietante Seven
(1995) y la hipnótica Zodiac (2007).
Incluso en sus ejercicios fílmicos más cuestionables (vamos, los que menos me
gustan) se puede percibir su personal atmósfera de enrarecimiento de los
relatos, de la mano de una muy depurada y oscura composición visual, en títulos
como la sobrevalorada El club de la pelea
(1999) y en la fallida —que no aburrida— La
habitación del pánico (2002). Por estas razones, uno cuando ve que se
estrena una película de Fincher tiene impostergablemente que acudir a la sala
de cine pues, más allá de los alcances de la obra que nos presente el cineasta
oriundo de Denver, Colorado (EU), es garantía de que, a lo peor, se terminará viendo
simplemente una buena película.
Perdida
Este año Fincher regresó a
la gran pantalla con la cinta Perdida
(Gone Girl, 2014), tras su muy
productivo paso por el mundo de las series con la magnífica House of Cards (2013). La película es un
thriller a dos bandas que muestra la
historia de un matrimonio en aparente curva descendente, que llega a su punto
de resquebrajamiento cuando el hombre (Ben Affleck) reporta la misteriosa
desaparición de su esposa (Rosamund Pike), destapándose las posibles
motivaciones de un lado y del otro para que este hecho se suscite, planteando
un gozoso juego de puntos de vista sobre una compleja relación (¿y qué relación
no es compleja?).
Fincher no se rasga las
vestiduras por hacer enfáticas las vueltas de tuerca en la narración (que las
tiene) sino que se concentra en la creación de ese personal halo de progresivo
enturbiamiento de la trama, con una caligrafía fílmica que no da respiro. Sin
embargo, Perdida no alcanza la
perfección debido a que la historia base (adaptación del best seller homónimo, escrito por Gillian Flynn, quien también
funge como guionista de la cinta) es ciertamente imperfecta, sobrándole esa
socialmente necesaria pero tópica crítica hacia los medios de comunicación,
concretamente a la televisión, que pueden hacer o deshacer la imagen pública de
una persona, en este caso la del protagonista masculino, en detrimento del
desahogo legal del quebranto conyugal. Y es que ese elemento mediático supone
un descanso al inquietante y modélicamente conseguido ritmo narrativo que, con
paso semilento, llena de encanto a la película.
Personalmente le agradezco a
Fincher que me rescate a esa muy buena actriz que es Kim Dickens, alguien a quien
rara vez veo en cine y que me enamoró en esa cruda cuan fastuosa serie
televisiva llamada Deadwood (2004), y
que dentro de la película hace el papel de la detective Boney, dotando de
cierto humorcillo negro a la búsqueda que el casi siempre inexpresivo pero
ahora histriónicamente bien explotado Ben Affleck hace sobre el misterioso extravío
de su mujer.
Reconociendo la maestría de
David Fincher, creo que se pasó dos pueblos al comparar en una entrevista a su
filme Perdida con Vértigo (1958) de Hitchcock; es posible
que las tramas, en su revisión literal, puedan ser similarmente de complejas,
pero es que el lirismo, la necrofilia latente, las inmensas presencias a cuadro
de Kim Novak y James Stewart, más la inigualable banda sonora compuesta por
Bernard Herman son sencillamente inalcanzables. Vamos, que confrontar cualquier
obra con Vértigo es en sí un acto
arriesgado; sospecho que la autoestima de Fincher debe ser muy grande. Y ojo,
que yo a David Fincher le considero un heredero del cine de Hitchcock, un
director que con cada una de sus películas dignifica el cine de género, pero
habrá que ir midiendo los comentarios.
Igual Perdida me parece muy buena película, de lo mejor que he visto este
año.

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