martes, 18 de noviembre de 2014

El goce de un buen drama judicial


Los dramas judiciales son sinónimo del buen cine norteamericano ya que la industria hollywoodense, como ninguna otra, ha aportado las mejores películas al género.

Hago un repaso histórico y salen a la luz inmensos clásicos que uno atesora como verdaderas joyas. Destacaría en primera instancia esa intriga filmada por el maestro Billy Wilder, adaptando a una grande del misterio literario como es Agatha Christie con Testigo de cargo (1957), filme que de la mano de un abogado experimentado y quejumbroso, memorablemente interpretado por el gran Charles Laughton, tiene que defender a una turbadora pareja (Marlene Dietrich y Tyrone Power) inculpada de haber confabulado el asesinato de una mujer acaudalada, en un ejercicio de vueltas de tuerca que termina por coronar un majestuoso relato. Quizás el clásico judicial más renombrado sea la ópera prima de Sidney Lumet, 12 hombres en pugna (1957), con un soberbio Henry Fonda que aparece como miembro de un jurado que, en principio, está convencido de la culpabilidad de un chico tras aparentemente haber asesinado a su padre aunque, paulatinamente, cambiando de parecer, tratando así de convencer a sus compañeros de juzgado, exponiéndose el convencimiento que progresivamente va ejerciendo el protagonista sobre la inocencia del implicado, desarrollándose prácticamente el total de la acción fílmica en la sala de un tribunal. Y otro de los clásicos que conminaría a visualizar es ¿Cómo matar a un ruiseñor? (Robert Mulligan, 1962), en donde al abogado Atticus Finch (Gregory Peck) le toca defender a un hombre acusado de violación, alguien a quien todo un pueblo quiere ver sentenciado, dando el jurista una muestra de rectitud y sobriedad, en una historia que se encarama casi como un cuento infantil de oscuro trasfondo, pues todo es contado desde el punto de vista de los hijos del propio Atticus.
Así, son muchas las perspectivas que se pueden abordar dentro del género judicial, temática que, por cierto, me parece que ha sido un tanto dejada de lado, pues no me vienen a la memoria títulos que en los últimos años se hayan rodado, hecho que encuentro lamentable.

Sin embargo, desde el cine europeo, este 2014 ha aparecido un título procedente de los Países Bajos (nación de la cual me puedo jactar que soy un completo ignorante sobre su historia cinematográfica): Lucía de B. (Paula van der Oest, 2014).

Lucía de B.

Basada en hechos reales, Lucía de B. es un thriller psicológico que sigue a una hermética enfermera, Lucía de Berk (Ariane Schluter), quien muestra una particular fijación con el cuidado de los recién nacidos y de los adultos mayores. Sin embargo, la misteriosa muerte de un bebé pone en el centro de las dudas al personaje en cuestión, siendo señalada como la principal sospechosa toda vez que se van destapando casos previos de muertes infantiles en los cuales habría estado implicada la trabajadora de la salud. De manera paralela, vemos cómo una agente de la procuraduría (Sallie Harmsen) hace hasta lo imposible por condenar a Lucía, consiguiendo finalmente su propósito. Sin embargo, tras ser condenada la enfermera a cadena perpetua, la agente se va encontrando con elementos que podrían revertir la resolución del caso, cambiando diametralmente su perspectiva sobre la inculpada, al tiempo que se presentan al espectador ciertos rasgos que matizan las apreciaciones que en una primera instancia se percibían sobre el personaje de Lucía.

Lucía de B. está rodada con nervio, con el pulso cinematográfico de los mejores thrillers. La directora Paula van der Oest (Zus & Zo, 2001) logra conseguir atmósferas de sofisticada intriga que a ratos me recordaron al mejor David Fincher (Zodiaco, 2007), así como cierta lírica contenida que me hizo rememorar por momentos a Michael Mann (El dilema, 1999), atrapándome la historia que en principio parecía más bien lineal, simple y efectiva, pero en una última instancia terminando por rozar lo sublime. Es una película a la cual únicamente le reprocharía el uso de la analepsis (flashback), misma de la cual directora echó mano con el objetivo de reforzar la configuración psicológica de la protagonista, elemento que terminó por ser sobrante, innecesario.

Todo el reparto de Lucía de B. hace su trabajo de manera inmejorable, destacando desde luego Schluter, trazando a una protagonista que, desde la contención, va mostrando rasgos de humanidad incomprendida, incluso transmitiendo a partir de la mesura cierta impotencia al saberse presa injustamente. El trabajo de la actriz Harmsen también es brillante, dando vida a una joven jurista que se quiere comer al mundo, sobrecalificada en su profesión, pero que muestra también sensibilidad con respecto a la acusada.

La principal virtud que encuentro en Lucía de B. es la capacidad de la cineasta van der Oest para ponernos siempre desde la perspectiva del cuerpo de la justicia, orillando al espectador a cambiar de opinión sobre el la culpabilidad o no de la juzgada, llegando al punto en el que se revierten en su totalidad los papeles que nominalmente juegan los distintos actantes en los procesos judiciales: la prisionera, representando al bien, y la justicia, al mal (¿en dónde he visto eso?).

Sin duda Lucía de B. es una de las mejores películas del año, que refresca un género, el judicial, tradicionalmente estadounidense, con una Paula van der Oest a la que le seguiré la pista toda vez que con esta entrega ha demostrado tremendo oficio para plantarse detrás de la cámara, desenvolviéndose como los mejores.

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