Los dramas judiciales son
sinónimo del buen cine norteamericano ya que la industria hollywoodense, como
ninguna otra, ha aportado las mejores películas al género.
Hago un repaso histórico y
salen a la luz inmensos clásicos que uno atesora como verdaderas joyas.
Destacaría en primera instancia esa intriga filmada por el maestro Billy
Wilder, adaptando a una grande del misterio literario como es Agatha Christie
con Testigo de cargo (1957), filme
que de la mano de un abogado experimentado y quejumbroso, memorablemente
interpretado por el gran Charles Laughton, tiene que defender a una turbadora
pareja (Marlene Dietrich y Tyrone Power) inculpada de haber confabulado el
asesinato de una mujer acaudalada, en un ejercicio de vueltas de tuerca que
termina por coronar un majestuoso relato. Quizás el clásico judicial más renombrado
sea la ópera prima de Sidney Lumet, 12
hombres en pugna (1957), con un soberbio Henry Fonda que aparece como
miembro de un jurado que, en principio, está convencido de la culpabilidad de
un chico tras aparentemente haber asesinado a su padre aunque, paulatinamente,
cambiando de parecer, tratando así de convencer a sus compañeros de juzgado, exponiéndose
el convencimiento que progresivamente va ejerciendo el protagonista sobre la
inocencia del implicado, desarrollándose prácticamente el total de la acción
fílmica en la sala de un tribunal. Y otro de los clásicos que conminaría a
visualizar es ¿Cómo matar a un ruiseñor?
(Robert Mulligan, 1962), en donde al abogado Atticus Finch (Gregory Peck) le
toca defender a un hombre acusado de violación, alguien a quien todo un pueblo
quiere ver sentenciado, dando el jurista una muestra de rectitud y sobriedad,
en una historia que se encarama casi como un cuento infantil de oscuro
trasfondo, pues todo es contado desde el punto de vista de los hijos del propio
Atticus.
Así, son muchas las
perspectivas que se pueden abordar dentro del género judicial, temática que,
por cierto, me parece que ha sido un tanto dejada de lado, pues no me vienen a
la memoria títulos que en los últimos años se hayan rodado, hecho que encuentro
lamentable.
Sin embargo, desde el cine
europeo, este 2014 ha aparecido un título procedente de los Países Bajos (nación
de la cual me puedo jactar que soy un completo ignorante sobre su historia
cinematográfica): Lucía de B. (Paula
van der Oest, 2014).
Lucía
de B.
Basada en hechos reales, Lucía de B. es un thriller psicológico
que sigue a una hermética enfermera, Lucía de Berk (Ariane Schluter), quien muestra
una particular fijación con el cuidado de los recién nacidos y de los adultos
mayores. Sin embargo, la misteriosa muerte de un bebé pone en el centro de las
dudas al personaje en cuestión, siendo señalada como la principal sospechosa
toda vez que se van destapando casos previos de muertes infantiles en los
cuales habría estado implicada la trabajadora de la salud. De manera paralela,
vemos cómo una agente de la procuraduría (Sallie Harmsen) hace hasta lo
imposible por condenar a Lucía, consiguiendo finalmente su propósito. Sin
embargo, tras ser condenada la enfermera a cadena perpetua, la agente se va
encontrando con elementos que podrían revertir la resolución del caso,
cambiando diametralmente su perspectiva sobre la inculpada, al tiempo que se
presentan al espectador ciertos rasgos que matizan las apreciaciones que en una
primera instancia se percibían sobre el personaje de Lucía.
Lucía
de B. está rodada con nervio, con el pulso cinematográfico de
los mejores thrillers. La directora Paula van der Oest (Zus & Zo, 2001) logra conseguir atmósferas de sofisticada
intriga que a ratos me recordaron al mejor David Fincher (Zodiaco, 2007), así como cierta lírica contenida que me hizo
rememorar por momentos a Michael Mann (El
dilema, 1999), atrapándome la historia que en principio parecía más bien
lineal, simple y efectiva, pero en una última instancia terminando por rozar lo
sublime. Es una película a la cual únicamente le reprocharía el uso de la analepsis
(flashback), misma de la cual directora echó mano con el objetivo de reforzar
la configuración psicológica de la protagonista, elemento que terminó por ser
sobrante, innecesario.
Todo el reparto de Lucía de B. hace su trabajo de manera
inmejorable, destacando desde luego Schluter, trazando a una protagonista que,
desde la contención, va mostrando rasgos de humanidad incomprendida, incluso
transmitiendo a partir de la mesura cierta impotencia al saberse presa injustamente.
El trabajo de la actriz Harmsen también es brillante, dando vida a una joven
jurista que se quiere comer al mundo, sobrecalificada en su profesión, pero que
muestra también sensibilidad con respecto a la acusada.
La principal virtud que
encuentro en Lucía de B. es la
capacidad de la cineasta van der Oest para ponernos siempre desde la
perspectiva del cuerpo de la justicia, orillando al espectador a cambiar de
opinión sobre el la culpabilidad o no de la juzgada, llegando al punto en el
que se revierten en su totalidad los papeles que nominalmente juegan los
distintos actantes en los procesos judiciales: la prisionera, representando al
bien, y la justicia, al mal (¿en dónde he visto eso?).
Sin duda Lucía de B. es una de las mejores
películas del año, que refresca un género, el judicial, tradicionalmente
estadounidense, con una Paula van der Oest a la que le seguiré la pista toda
vez que con esta entrega ha demostrado tremendo oficio para plantarse detrás de
la cámara, desenvolviéndose como los mejores.

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