Ya han pasado algunos días
desde que se anunció la muerte de Philip Seymour Hoffman, actor estadounidense
de quien no tengo reparo en decir que fue el más grande en todo el mundo
durante la última década.
No sé si estoy muy sólo en
la vida o si realmente el tipo me enganchó con su manera de interpretar, pero
recuerdo con mucha tristeza ese domingo por la mañana cuando mi teléfono
celular sonó comunicándome la fatal noticia; sentí como si un amigo muy querido
hubiese perecido. Y le pone un poco de limón a la herida el hecho de que se
haya ido al otro barrio por una sobredosis de heroína; cuentan los diarios que
murió con una jeringa enterrada en el brazo. Aunque, quizá, la misma droga que
se lo llevó fue la que le permitió vivir un poco más; no lo sé.
Ya todo se ha dicho sobre
Philip Seymour Hoffman: que si fue el mejor actor de su generación, que si
estaba bien en todas las películas que hizo, que si era un perfeccionista de la
interpretación; y todo eso es cierto. Para que nos entendamos, yo a Hoffman lo
tengo como uno de los mejores actores de todos los tiempos, en la misma línea
de otros titanes del histrionismo como Charles Laughton (Testigo de cargo. Billy Wilder, 1957), Robert Mitchum (Cabo del miedo, J. Lee Thompson, 1962) o
Gene Hackman (La conversación.
Francis Ford Coppola, 1974), de aquellos que no importa en qué tipo de película
hayan participado, su grandeza trasciende las fronteras de las obras, ellos en
sí merecen ser contemplados en su particular arte.
A Philip Seymour Hoffman lo
vi por primera vez en un papel secundario, en una película que me gustaba mucho
cuando niño, Perfume de mujer (Martin
Brest, 1992), haciendo de estudiante sonsacador, que metía en problemas al protagonista
de la cinta, Chris O'Donnell, compartiendo créditos con un Al Pacino en una de
sus últimas buenas actuaciones. De sus inicios, también como actor de reparto,
recuerdo haberle visto en Tornado (Jan
de Bont, 1996), dando vida a un frenético cazador de vientos, encaramándose ya
como una cara conocida del cine estadounidense pero para nada alguien que
destacara por sí mismo. La cinta en la que realmente lo reconocí como actor
preponderante, como figura cinematográfica de primera línea, fue Capote (Bennett Miller, 2005),
encarnando a una de las figuras más carismáticas de la literatura anglosajona,
Truman Capote, periodista y literato muy peculiar, papel por el que Hoffman se
llevó el Oscar como mejor protagónico, en una interpretación que quedará como
lección para los profesionales de la actuación pues, aunque el personaje se
prestaba para la estridencia, el hombre bordó escrupulosamente la contención y exaltación
que el papel le demandaba.
Sin embargo, 2007 fue el año
en el que le di el valor real a Philip Seymour Hoffman; fue cuando pasó de ser
un «muy buen actor» a ser «el gran actor», estelarizando los filmes Antes que el diablo sepa que has muerto
(Sidney Lumet), La familia Savage
(Tamara Jenkins) y La guerra de Charlie
Wilson (Mike Nichols), tres cintas de diferentes niveles en las que da
muestras de una pronunciadísima versatilidad.
En Antes que el diablo sepa que has muerto para mí hizo su más
memorable interpretación (que no es poco), dando vida a Andy, un ejecutivo con
colmillo largo, que le plantea a su hermano menor (Ethan Hawke) llevar a cabo
un «plan perfecto» que los librará de sus problemas económicos, sin que haya
víctimas que lamentar: propone asaltar la joyería de sus padres (interpretados
por Albert Finney y Rosemary Harris). Con el personaje de Andy, Philip Seymour
Hoffman logra mostrarnos las muchas caras que puede tener un ser perverso:
desde su sufrimiento personal, hasta la deshumanización, pasando por momentos
de vacío y ensimismamiento. Desde el inicio de la cinta, Hoffman ya da muestras
de su calidad, al lado de Marisa Tomei (quien hace de su esposa), trazando ante
la cámara un acto sexual de manera tal que te convence en su realismo pero que también
te involucra, siempre poniendo en primer plano las emociones de los personajes.
Otras
dos grandes actuaciones para recordar de Philip Seymour Hoffman son las que
ejecutó en Love Liza (Todd Louiso,
2002) y en Synecdoche, New York
(Charlie Kaufman, 2008); en la primera, haciendo de un joven viudo que deambula
solo por el mundo, afectado por la muerte de su mujer a tal grado que su única
válvula de escape es inhalar gasolina; en la segunda, hace de director de
teatro, a quien un buen día la realidad lo estremece y comienza a observar la
vida como si estuviera ajeno a ella, alcanzando registros que van desde la
naturalidad histriónica hasta la lírica.
Lo que hoy sabemos fue su
etapa final como intérprete nos da muestras del nivel al que había llegado como
actor y de lo que pudo haber sido de no haber fallecido tan prematuramente, a
los 46 años. En La duda (John Patrick
Shanley, 2008), daba vida a un sacerdote todo complejidad, en un mano a mano
histriónico al lado de quizá la mejor actriz angloparlante de la actualidad,
Meryl Streep, con quien se come la pantalla en cada plano. The Master (Paul Thomas Anderson, 2012), aunque es una película que
terminó por no engancharme como obra en su totalidad, sin duda tiene una de las
actuaciones más explosivas de Philip Seymour Hoffman, haciendo de un líder
religioso convincente pero con un halo de charlatanería, sutilmente malicioso.
Y en El último concierto (Yaron
Zilberman, 2012) Hoffman ya estaba en otro nivel, demostrando perspicacia,
templanza y autenticidad con cada expresión, cada risa y cada llanto, en una
pequeña obra maestra en la que se encuentra con la mejor versión de otros
estelares de la actuación como son Catherine Keener y Christopher Walken,
derrochando lo mismo estilo que elegancia al momento de plantarse frente a la
cámara.
También están las películas
que nos presentaron a Philip Seymour Hoffman como secundario de lujo, en las que casi siempre, por su calidad, eclipsaba a
los protagónicos: Happiness (Todd
Solondz, 1998), Magnolia (Paul Thomas
Anderson, 1999), El talentoso Sr. Ripley
(Anthony Minghella, 1999), La última
noche (Spike Lee, 2002), Poder y
traición (George Clooney, 2011), y tantas que se me escapan o que no he
visto pero que seguro merecen la pena simplemente por su magnética presencia.
Alguien le decía a Philip
Seymour Hoffman en Synecdoche, New York
que pasamos más tiempo no nacidos y muertos que vivos, que por eso hay que
aprovechar la vida; creo que Seymour Hoffman, en menos de medio siglo de existencia,
dejó una huella indeleble, una carrera artística que trascenderá la historia,
que lo pondrá en el mismo pedestal de los mejores actores que ha dado el arte
del cinematógrafo desde que fue creado.



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