viernes, 14 de febrero de 2014

El más grande actor de la última década: Philip Seymour Hoffman


Ya han pasado algunos días desde que se anunció la muerte de Philip Seymour Hoffman, actor estadounidense de quien no tengo reparo en decir que fue el más grande en todo el mundo durante la última década.

No sé si estoy muy sólo en la vida o si realmente el tipo me enganchó con su manera de interpretar, pero recuerdo con mucha tristeza ese domingo por la mañana cuando mi teléfono celular sonó comunicándome la fatal noticia; sentí como si un amigo muy querido hubiese perecido. Y le pone un poco de limón a la herida el hecho de que se haya ido al otro barrio por una sobredosis de heroína; cuentan los diarios que murió con una jeringa enterrada en el brazo. Aunque, quizá, la misma droga que se lo llevó fue la que le permitió vivir un poco más; no lo sé.
Ya todo se ha dicho sobre Philip Seymour Hoffman: que si fue el mejor actor de su generación, que si estaba bien en todas las películas que hizo, que si era un perfeccionista de la interpretación; y todo eso es cierto. Para que nos entendamos, yo a Hoffman lo tengo como uno de los mejores actores de todos los tiempos, en la misma línea de otros titanes del histrionismo como Charles Laughton (Testigo de cargo. Billy Wilder, 1957), Robert Mitchum (Cabo del miedo, J. Lee Thompson, 1962) o Gene Hackman (La conversación. Francis Ford Coppola, 1974), de aquellos que no importa en qué tipo de película hayan participado, su grandeza trasciende las fronteras de las obras, ellos en sí merecen ser contemplados en su particular arte.

A Philip Seymour Hoffman lo vi por primera vez en un papel secundario, en una película que me gustaba mucho cuando niño, Perfume de mujer (Martin Brest, 1992), haciendo de estudiante sonsacador, que metía en problemas al protagonista de la cinta, Chris O'Donnell, compartiendo créditos con un Al Pacino en una de sus últimas buenas actuaciones. De sus inicios, también como actor de reparto, recuerdo haberle visto en Tornado (Jan de Bont, 1996), dando vida a un frenético cazador de vientos, encaramándose ya como una cara conocida del cine estadounidense pero para nada alguien que destacara por sí mismo. La cinta en la que realmente lo reconocí como actor preponderante, como figura cinematográfica de primera línea, fue Capote (Bennett Miller, 2005), encarnando a una de las figuras más carismáticas de la literatura anglosajona, Truman Capote, periodista y literato muy peculiar, papel por el que Hoffman se llevó el Oscar como mejor protagónico, en una interpretación que quedará como lección para los profesionales de la actuación pues, aunque el personaje se prestaba para la estridencia, el hombre bordó escrupulosamente la contención y exaltación que el papel le demandaba.


Sin embargo, 2007 fue el año en el que le di el valor real a Philip Seymour Hoffman; fue cuando pasó de ser un «muy buen actor» a ser «el gran actor», estelarizando los filmes Antes que el diablo sepa que has muerto (Sidney Lumet), La familia Savage (Tamara Jenkins) y La guerra de Charlie Wilson (Mike Nichols), tres cintas de diferentes niveles en las que da muestras de una pronunciadísima versatilidad.

En Antes que el diablo sepa que has muerto para mí hizo su más memorable interpretación (que no es poco), dando vida a Andy, un ejecutivo con colmillo largo, que le plantea a su hermano menor (Ethan Hawke) llevar a cabo un «plan perfecto» que los librará de sus problemas económicos, sin que haya víctimas que lamentar: propone asaltar la joyería de sus padres (interpretados por Albert Finney y Rosemary Harris). Con el personaje de Andy, Philip Seymour Hoffman logra mostrarnos las muchas caras que puede tener un ser perverso: desde su sufrimiento personal, hasta la deshumanización, pasando por momentos de vacío y ensimismamiento. Desde el inicio de la cinta, Hoffman ya da muestras de su calidad, al lado de Marisa Tomei (quien hace de su esposa), trazando ante la cámara un acto sexual de manera tal que te convence en su realismo pero que también te involucra, siempre poniendo en primer plano las emociones de los personajes.

Otras dos grandes actuaciones para recordar de Philip Seymour Hoffman son las que ejecutó en Love Liza (Todd Louiso, 2002) y en Synecdoche, New York (Charlie Kaufman, 2008); en la primera, haciendo de un joven viudo que deambula solo por el mundo, afectado por la muerte de su mujer a tal grado que su única válvula de escape es inhalar gasolina; en la segunda, hace de director de teatro, a quien un buen día la realidad lo estremece y comienza a observar la vida como si estuviera ajeno a ella, alcanzando registros que van desde la naturalidad histriónica hasta la lírica.


Lo que hoy sabemos fue su etapa final como intérprete nos da muestras del nivel al que había llegado como actor y de lo que pudo haber sido de no haber fallecido tan prematuramente, a los 46 años. En La duda (John Patrick Shanley, 2008), daba vida a un sacerdote todo complejidad, en un mano a mano histriónico al lado de quizá la mejor actriz angloparlante de la actualidad, Meryl Streep, con quien se come la pantalla en cada plano. The Master (Paul Thomas Anderson, 2012), aunque es una película que terminó por no engancharme como obra en su totalidad, sin duda tiene una de las actuaciones más explosivas de Philip Seymour Hoffman, haciendo de un líder religioso convincente pero con un halo de charlatanería, sutilmente malicioso. Y en El último concierto (Yaron Zilberman, 2012) Hoffman ya estaba en otro nivel, demostrando perspicacia, templanza y autenticidad con cada expresión, cada risa y cada llanto, en una pequeña obra maestra en la que se encuentra con la mejor versión de otros estelares de la actuación como son Catherine Keener y Christopher Walken, derrochando lo mismo estilo que elegancia al momento de plantarse frente a la cámara.

También están las películas que nos presentaron a Philip Seymour Hoffman como secundario de lujo, en las  que casi siempre, por su calidad, eclipsaba a los protagónicos: Happiness (Todd Solondz, 1998), Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999), El talentoso Sr. Ripley (Anthony Minghella, 1999), La última noche (Spike Lee, 2002), Poder y traición (George Clooney, 2011), y tantas que se me escapan o que no he visto pero que seguro merecen la pena simplemente por su magnética presencia.

Alguien le decía a Philip Seymour Hoffman en Synecdoche, New York que pasamos más tiempo no nacidos y muertos que vivos, que por eso hay que aprovechar la vida; creo que Seymour Hoffman, en menos de medio siglo de existencia, dejó una huella indeleble, una carrera artística que trascenderá la historia, que lo pondrá en el mismo pedestal de los mejores actores que ha dado el arte del cinematógrafo desde que fue creado.

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