viernes, 27 de diciembre de 2013

Un sueño, un poema; belleza y necrofilia


A manera de regalo de fin de año, en estos días me complací viendo la película que considero (al igual que muchos especialistas) la obra maestra del cineasta británico Alfred Hitchcock: Vértigo (Vertigo, 1958).

Mi primer acercamiento al cine de Hitchcock se dio cuando era un niño y pasaban con frecuencia en la televisión el título Los pájaros (The Birds, 1963), una cinta que me revelaba un universo particular en donde el desconcierto y la intriga eran las constantes, sumándose a la originalidad de la historia en la cual, de pronto, un pueblo de California es atacado sin explicación por distintas aves. Ya después me fui enterando de los aspectos metafóricos de aquella trama. La identificación de Hitchcock como creador cinematográfico y mi gusto por sus películas se dio con los títulos La ventana indiscreta (Rear Window, 1954) y Psicosis (Psycho, 1960), dos icónicos del director, sobre los cuales se pueden hacer tratados y llenar libros con puras alabanzas. En particular, la película que me indicó que el «maestro del suspense» era un genio inigualable fue el título La soga (Rope, 1948), un filme que vi con un ojo más educado cinematográficamente hablando, que desde luego es técnicamente distintivo, pero que a mí me llena por completo debido a la sapiencia que Hitchcock tuvo para mantener al espectador cautivo, en permanente alerta, en una trama que se desarrolla por completo al interior de un apartamento; cinta memorable.
Vértigo: la apoteosis

Si bien Vértigo es de los primeros títulos que uno divisa cuando se acerca a la filmografía de Alfred Hitchcock, recuerdo que la primera vez que observé esta película efectivamente me gustó, aunque prevaleció en mí una sensación de desconcierto apabullador. No obstante, en mi segundo visionado, se disipó cualquier duda de saber que estaba ante una de las cintas que más me habían gustado en la historia del cine; luego la vi por tercera, cuarta, quinta vez, dándome cuenta de que Vértigo es una de mis tres o cuatro películas favoritas de todos los tiempos (junto con El séptimo sello y El apartamento).


La historia de Vértigo se centra en el personaje del detective retirado John Scottie Ferguson (James Stewart), un solterón que padece de acrofobia (miedo a las alturas), a quien le es encomendado un último trabajo, el de seguir a la esposa de un viejo amigo, Madeleine Elster (Kim Novak), una mujer que aparentemente es poseída por el espíritu de un muerto, que deambula solitaria por la ciudad de San Francisco. Es trabajo del detective seguirla y tratar de descifrar lo que le ocurre. Sin embargo, ciertos hechos hacen que Scottie vaya teniendo sensaciones de enamoramiento obsesivo hacia esta enfermiza mujer.

Luego de que tienen comunicación y contacto directo, Scottie y Madeleine abiertamente se declaran el amor, aunque la cosa se complica cuando ella vuelve a experimentar uno de sus trances de poseída y, sin más, se tira desde la torre de una iglesia.

Tiempo después de la muerte de Madeleine, con un Scottie invadido por sentimientos de culpa, el detective se encuentra circunstancialmente con otra mujer que le recuerda a la fallecida, de nombre Judy Barton, hecho que se convierte en una obsesión para nuestro protagonista pues trata de materializar a la muerta que tanto ama a través de esta «nueva» mujer.

Vértigo es el equivalente a un raro sueño: de pronto disfrutas con el lirismo que aparece en pantalla, luego te desconcierta la trama, después compartes la obsesión del detective y más adelante te surgen sensaciones de frustración; en fin, tantas cosas.

Hay lapsos de la película en los que todo es imágenes junto con la maravillosa música compuesta por Bernard Herrmann, sin ningún diálogo, sobre todo esas escenas en donde Scottie está siguiendo a Madeleine por la ciudad, poniéndonos como espectadores en los ojos de ese voyeur, en medio de una atmósfera que destila onirismo.

En la entrevista que el crítico y cineasta francés François Truffaut le hizo a Hitchcock a mediados de los años 60, a propósito de su obra cinematográfica (El cine según Hitchcock), el director británico nos reveló sobre Vértigo el hecho de que la parte en la que el detective trata de revivir a la fallecida Madelaine a través de Judy no era más que una metáfora de un hombre afectado por la necrofilia, circunstancia que encubiertamente se percibe en la película.

Desde los turbadores y psicodélicos títulos de crédito, obra del diseñador Saul Bass, te das cuenta de que Vértigo no será una película más de Hitchcock; esta obra contiene todos los elementos que definen al cineasta como el más grande creador de suspenso que ha dado el cine. Quizás el culmen de Vértigo, lo que la define como la gran obra de Hitchcock, es el hecho de que se hace patente lo que al maestro más le gustaba: generar intriga en el espectador más que efectismos de susto. Vértigo es la adaptación al cine de la novela Vértigo: de entre los muertos (Sueurs froides: d'entre les morts; Pierre Boileau y Thomas Narcejac. 1954), sobre la cual Hitchcock comenta que alteró (junto con los guionistas Alec Coppel y Samuel Taylor, y su esposa Alma Reville) su resolución, pues en la novela te revelan hasta el final el misterio del personaje de Judy, siendo que en la película esta circunstancia es metida a medio metraje; según Hitchcock, lo que en el libro representaba un final sorpresivo (efectista), en el filme es tomado un elemento clave para generar suspenso, para llevarnos como espectadores al goce que supone la intriga: y lo consigue con creces.


Hay un momento en Vértigo que me parece define la elegancia y la belleza como nunca se ha vuelto a hacer en el cine: cuando James Stewart va al restaurante Ernie's para conocer al personaje que interpreta Kim Novak; él la observa, desde la barra del bar, y ella camina por el lugar, con un vestido negro del cual sobresale su portentosa presencia, su incontestable beldad. Y qué decir cuando Madelaine y Scottie se encuentran en el departamento del segundo, luego de que ella se intentara suicidar en la Bahía de San Francisco: la mujer despierta con una bata de él, sin saber realmente qué ha ocurrido, con su ropa secándose en la cocina, dándose cuenta de que el tipo (hasta ese momento un desconocido) ha visto su cuerpo desnudo; es el puro morbo, la sugerencia inmejorablemente rodada.

Vértigo es la película más lírica que he visto en mi vida. La seguiré disfrutando hasta que muera.

No hay comentarios:

Publicar un comentario