A manera de regalo de fin de
año, en estos días me complací viendo la película que considero (al igual que
muchos especialistas) la obra maestra del cineasta británico Alfred Hitchcock: Vértigo (Vertigo, 1958).
Mi primer acercamiento al
cine de Hitchcock se dio cuando era un niño y pasaban con frecuencia en la
televisión el título Los pájaros (The Birds, 1963), una cinta que me
revelaba un universo particular en donde el desconcierto y la intriga eran las
constantes, sumándose a la originalidad de la historia en la cual, de pronto,
un pueblo de California es atacado sin explicación por distintas aves. Ya
después me fui enterando de los aspectos metafóricos de aquella trama. La
identificación de Hitchcock como creador cinematográfico y mi gusto por sus películas
se dio con los títulos La ventana
indiscreta (Rear Window, 1954) y Psicosis (Psycho, 1960), dos icónicos del director, sobre los cuales se
pueden hacer tratados y llenar libros con puras alabanzas. En particular, la
película que me indicó que el «maestro del suspense» era un genio inigualable
fue el título La soga (Rope, 1948), un filme que vi con un ojo
más educado cinematográficamente hablando, que desde luego es técnicamente
distintivo, pero que a mí me llena por completo debido a la sapiencia que
Hitchcock tuvo para mantener al espectador cautivo, en permanente alerta, en
una trama que se desarrolla por completo al interior de un apartamento; cinta
memorable.
