Mucho se dice sobre la
presunta pérdida de creatividad del cineasta neoyorkino Woody Allen a partir de
la década del 90; que si se le acabó la pólvora, que si ya se secó su cerebro,
que si ya no ha filmado obras maestras… Incluso, el propio Allen en alguna entrevista
ha declarado que, como le ocurre a la hora de comer, cuando dice que ha dejado
de comer por placer y que lo hace por una cuestión de salud, así también —según
él— ha seguido filmando una película al año simplemente para mantenerse vivo.
Seguramente a la cuasi octogenaria vida de Allen ya le llegó el invierno, eso
ya es cosa de él, pero lo que sí refuto es que en torno a su obra se ponga en
duda la calidad del artista que, terminantemente lo digo, es incuestionable.
Nada más, para darnos una
idea, en los últimos 20 años la filmografía de Allen contempla títulos que me
parecen de lo mejor que ha dado el cine en ese periodo: Balas sobre Broadway (1994), Deconstructing
Harry (1997), La maldición del
escorpión de jade (2001), Match Point
(2005) o Medianoche en París (2011),
por mencionar, películas de una gran manufactura (grandes guiones, grandes
interpretaciones, estupenda dirección), incluso pareciéndome algunos de estos títulos incontestables obras
maestras.
Jazmín
Azul
Este año, Woody Allen volvió
a tomar distancia del género que lo ha inmortalizado, la comedia, para
ofrecernos una tragicomedia de tormentosas esencias.
Jazmín
Azul
nos centra en la historia de una mujer, Jasmine (Cate Blanchett), que se muda a
vivir con su hermana (Sally Hawkins), luego de experimentar un colapso
económico y sentimental en su matrimonio. Con su esposo (Alec Baldwin), Jasmine
tenía una vida llena de lujos, era parte de la aristocracia neoyorquina, pero
lo perdió todo (marido y lujos), de una forma estrepitosa, por lo que el hecho
de mudarse a un barrio trabajador de San Francisco con su hermana le provoca un
desconsuelo psicológico y existencial. A su nueva y miserable vida también se
le suma el tener que lidiar con su cuñado (Bobby Cannavale), alguien con quien no congenia
en absoluto, muy en el tono de la obra Un
tranvía llamado deseo (Tennessee Williams, 1948), en donde hay un choque
social y de egos entre Stanley Kowalski y Blanche DuBois.
Sólo puedo calificar como
soberbia esta nueva película de Woody Allen. La cinta se inscribe en un punto
medio entre la comedia y la tragedia que no recuerdo haberle visto al director.
Sin duda, juega más del lado de obras como ese portento dramático titulado Interiores (1978) —mi cinta favorita de
Allen—, o del nostálgico filme Otra mujer
(1988), pero éstos no tienen ese humor negro que de manera permanente va
destilando Jazmín Azul.
Más allá de todo, la película
se sostiene a partir del trazo y la ejecución del personaje principal,
interpretado en cada gesto, palabra y movimiento de manera pasmosa por una Cate
Blanchett que, para mí, da la actuación de su vida, considerándola de antemano
una actriz muy solvente (nada más recordar que en 2007 dio vida a Bob Dylan en I'm Not There), pero que aquí, bajo la
guía de Allen, es exprimida y nos muestra algo tan complejo como ponernos de su
lado y encantarnos pese a dar vida a un personaje enfermo, convenenciero,
limitado, banal y no muchas veces bienintencionado.
Woody Allen retrata a ese
tipo de personas que, con tal de conservar los beneficios de su clase social
acomodada, omiten todos los desfiguros que causan a la sociedad; es
sórdidamente crítico con un tipo de gente con la que seguramente ha convivido en
más de una ocasión.
Avance cinematográfico de Jazmín Azul
Jazmín
Azul
es una obra de las grandes en la filmografía de Allen, principalmente por la
complejidad moral que propone; asusta tener compasión e incluso identificarse
con una protagonista tan despreciable. La película se va sosteniendo con un
humor tan turbio como gozoso, pero en definitiva termina con más melancólica y amargura que otra cosa.
Notable también el empleo narrativo del tiempo, mostrándonos en paralelo presente y pasado, en completa
armonía con el tono de la cinta.
Quizá mi opinión deba
tomarse con cierta reserva pues yo ya estaba aplaudiendo desde que aparecieron
los clásicos créditos iniciales de las películas de Allen (letras blancas,
fondo negro), con el siempre delicioso jazz al sonido.


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