lunes, 30 de diciembre de 2013

La comedia más amarga de Woody Allen


Mucho se dice sobre la presunta pérdida de creatividad del cineasta neoyorkino Woody Allen a partir de la década del 90; que si se le acabó la pólvora, que si ya se secó su cerebro, que si ya no ha filmado obras maestras… Incluso, el propio Allen en alguna entrevista ha declarado que, como le ocurre a la hora de comer, cuando dice que ha dejado de comer por placer y que lo hace por una cuestión de salud, así también —según él— ha seguido filmando una película al año simplemente para mantenerse vivo. Seguramente a la cuasi octogenaria vida de Allen ya le llegó el invierno, eso ya es cosa de él, pero lo que sí refuto es que en torno a su obra se ponga en duda la calidad del artista que, terminantemente lo digo, es incuestionable.
Nada más, para darnos una idea, en los últimos 20 años la filmografía de Allen contempla títulos que me parecen de lo mejor que ha dado el cine en ese periodo: Balas sobre Broadway (1994), Deconstructing Harry (1997), La maldición del escorpión de jade (2001), Match Point (2005) o Medianoche en París (2011), por mencionar, películas de una gran manufactura (grandes guiones, grandes interpretaciones, estupenda dirección), incluso pareciéndome algunos de estos títulos incontestables obras maestras.

Jazmín Azul

Este año, Woody Allen volvió a tomar distancia del género que lo ha inmortalizado, la comedia, para ofrecernos una tragicomedia de tormentosas esencias.

Jazmín Azul nos centra en la historia de una mujer, Jasmine (Cate Blanchett), que se muda a vivir con su hermana (Sally Hawkins), luego de experimentar un colapso económico y sentimental en su matrimonio. Con su esposo (Alec Baldwin), Jasmine tenía una vida llena de lujos, era parte de la aristocracia neoyorquina, pero lo perdió todo (marido y lujos), de una forma estrepitosa, por lo que el hecho de mudarse a un barrio trabajador de San Francisco con su hermana le provoca un desconsuelo psicológico y existencial. A su nueva y miserable vida también se le suma el tener que lidiar con su cuñado (Bobby Cannavale), alguien con quien no congenia en absoluto, muy en el tono de la obra Un tranvía llamado deseo (Tennessee Williams, 1948), en donde hay un choque social y de egos entre Stanley Kowalski y Blanche DuBois.


Sólo puedo calificar como soberbia esta nueva película de Woody Allen. La cinta se inscribe en un punto medio entre la comedia y la tragedia que no recuerdo haberle visto al director. Sin duda, juega más del lado de obras como ese portento dramático titulado Interiores (1978) —mi cinta favorita de Allen—, o del nostálgico filme Otra mujer (1988), pero éstos no tienen ese humor negro que de manera permanente va destilando Jazmín Azul.

Más allá de todo, la película se sostiene a partir del trazo y la ejecución del personaje principal, interpretado en cada gesto, palabra y movimiento de manera pasmosa por una Cate Blanchett que, para mí, da la actuación de su vida, considerándola de antemano una actriz muy solvente (nada más recordar que en 2007 dio vida a Bob Dylan en I'm Not There), pero que aquí, bajo la guía de Allen, es exprimida y nos muestra algo tan complejo como ponernos de su lado y encantarnos pese a dar vida a un personaje enfermo, convenenciero, limitado, banal y no muchas veces bienintencionado.

Woody Allen retrata a ese tipo de personas que, con tal de conservar los beneficios de su clase social acomodada, omiten todos los desfiguros que causan a la sociedad; es sórdidamente crítico con un tipo de gente con la que seguramente ha convivido en más de una ocasión.


Avance cinematográfico de Jazmín Azul

Jazmín Azul es una obra de las grandes en la filmografía de Allen, principalmente por la complejidad moral que propone; asusta tener compasión e incluso identificarse con una protagonista tan despreciable. La película se va sosteniendo con un humor tan turbio como gozoso, pero en definitiva termina con más melancólica y amargura que otra cosa.

Notable también el empleo narrativo del tiempo, mostrándonos en paralelo presente y pasado, en completa armonía con el tono de la cinta.


Quizá mi opinión deba tomarse con cierta reserva pues yo ya estaba aplaudiendo desde que aparecieron los clásicos créditos iniciales de las películas de Allen (letras blancas, fondo negro), con el siempre delicioso jazz al sonido.

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